23 de marzo de 2015 19:42

Una familia se quedó sin nada luego de los deslizamientos en la vía Alóag- Santo Domingo

La familia Rosero esperaba ayuda en las afuera de un local de melcochas en la parroquia Alluriquín, en Santo Domingo de los Tsáchilas. Foto: Bolívar Velasco/ El Comercio

La familia Rosero esperaba ayuda en las afuera de un local de melcochas en la parroquia Alluriquín, en Santo Domingo de los Tsáchilas. Foto: Bolívar Velasco/ El Comercio

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Bolívar Velasco

No saben a dónde ir, peregrinan por las calles y van de casa en casa en busca de comida y refugio temporal. El drama de la familia Rosero empezó la noche del jueves 19 de marzo del 2015 cuando un derrumbe destruyó su vivienda en la parroquia Alluriquín, en la vía Alóag- Santo Domingo.

Su casa estaba construida sobre una ladera y la acumulación de agua provocó la bajada de una gran cantidad de tierra que la sepultó por completo.

Marley Rosero, una de las 10 integrantes del hogar, sufrió golpes en su espalda por efecto de la caída de un fragmento de una pared. Su salud mejoró un poco, pero aún no supera el susto de aquella noche de lluvia y estruendo. En los alojamientos temporales en los que le dan posada no puede dormir tranquila.

La noche del domingo 22 de marzo del 2015, su padre Alfredo Rosero escuchó que ella se quejaba mientras descansaba en la sala de la casa de una vecina. Tuvo que quitarle la sábana porque sudaba mucho, tenía fiebre y a ratos convulsionaba.

La mañana de este lunes 23 de marzo del 2015, Marley contó que la noche anterior soñó que se caía de una elevación y que una persona con una sotana blanca la rescataba de una tragedia. Tiene 25 años y cree que esos sueños son una causa del miedo que tiene de seguir viviendo en Alluriquín, una parroquia de la provincia de Santo Domingo de los Tsáchilas, en el occidente de Ecuador.

Junto a sus padres y hermanas fija su mirada hacia una de las lomas de la parroquia que se muestra inmóvil tal y cual como la vieron cuando hace cinco años llegaron a Alluriquín, para vivir.

Son originarios de Colombia y en el 2010 vinieron a Ecuador en busca de una oportunidad para vivir en mejores condiciones.

En el barrio Libertad, con el dinero que juntaron de trabajos eventuales, levantaron una pequeña casa. Pero el fruto de sus ahorros se lo llevó la naturaleza al igual que sus pocas pertenencias, ropa y documentos personales.

Los escombros dejaron bajo tierra sus carnet de refugiados y las cédulas con la ciudadanía ecuatoriana. Están indocumentados y creen que salir de estas sería un tedioso problema, pues el trámite para recuperar sus documentos es largo, costoso y solo lo pueden hacer en Quito.

Alfredo Rosero no sabe que existen albergues temporales para los damnificados, tampoco conoce a que autoridad acudir para solicitar ayuda. Las autoridades no han identificado los casos de las familias que se quedaron sin vivienda y en la nada.

Hasta este lunes 23 de marzo no había una cifra oficial porque las personas que llegan a los refugios- en el coliseo Tsáchila y al de Alluriquín- pasan la noche y luego se van a casas de familiares en Santo Domingo. Mauro Tapia, director Provincial del Ministerio de Inclusión Económica y Social, señaló que en las próximas horas se realizará un censo en conjunto con el jefe político de Alluriquín.

El objetivo de esta medida es tener datos reales para en lo posterior tomar decisiones. Esta entidad tiene registros de la cantidad de evacuados: en total 281 familias y 69 atendidas en los albergues.

La primera noche de la tragedia, los Rosero fueron a dormir al recinto El Esfuerzo y como si el nombre de este lugar hubiese aparecido para asemejarse a su peregrinación, emprendieron un duro camino de dos horas para pedir refugio en una hacienda.

En Alluriquín les dijeron que la zona corría peligro por nuevos derrumbes, así que hicieron caso y salieron solo con la ropa que llevaban puesta.

Sentados en las afueras de un local de melcochas cuentan que este lunes tuvieron que ir a una vertiente de agua para lavar al menos la camisa y las blusas. ​

Restregaron la ropa en minga tal y como lo hacían cuando vivían en el barrio Libertad donde también había una suerte de cascada que aprovechaban para los quehaceres diarios.

En medio de las tareas, el celular de Alfredo Rosero suena y él cree que se trata de una de las personas a las que les dio su número para que ayudaran a su familia.

En el alta voz se escucha a un hombre que le dice que esta noche vaya a su local de melcochas para que descanse con sus hijas. El número de este padre de familia es el 099 02 75 422. En el momento necesitan ropa y comida para aplacar su difícil situación.

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