17 de julio de 2015 13:12

¿Por qué Europa muestra su corazón de piedra ante la inmigración?

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Diario El Tiempo de Colombia
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El ser humano no escoge donde nacer, simplemente nace, pero en el mundo actual, más que en cualquier otra época de la historia, el lugar de su nacimiento está determinando, en buena parte, su futuro.

La muy reciente crisis humanitaria en el Mediterráneo es un recordatorio de ello. En buena parte de la costa norte del Mare Nostrum hay prosperidad, riqueza, empleo, tranquilidad. En la sur, el hambre, la miseria y la guerra han simplemente borrado toda línea de organización estatal. La vida es un albur. La diferencia entre nacer en Europa Occidental y hacerlo en África, Oriente Próximo o, si se quiere, en muchas regiones de nuestra América Latina, es abismal. Puede significar la diferencia entre ser un ciudadano aportante a la riqueza de una potencia como Alemania o ser uno más que ve como su casa es destruida por bombardeos o demoliciones en Palestina.

El dinero, la raza y la religión abren un mar de intolerancia más grande que el Mediterráneo. Incluso el idioma. La Unión Europea, aunque destina más de 56 200 millones de euros anuales a programas de ayuda humanitaria hacia el exterior, políticamente tiende a querer cerrar los ojos ante los graves problemas humanitarios en su periferia, dejándole la solución a los Estados que directamente reciben el impacto de forma más directa.

Esto no es reciente. En la década de los 80, los países de la entonces Comunidad Económica Europea veían cómo millones de etíopes caían como moscas muriéndose de hambre y la única reacción era arrojar víveres desde aviones, mientras millones de toneladas de trigo eran guardadas en sus silos.

En una famosa conversación en 1985, la ‘Dama de Hierro’ Margaret Thatcher le dijo al activista político y músico Bob Geldof que, en la ayuda humanitaria destinada al África subsahariana era poco lo que se podía hacer y que ya las ONG, como Oxfam y Care, se estaban ocupando de ello. Geldof creó Band Aid, lanzó un sencillo con el tema “Do They Know Its Christmas Time?”, organizó los conciertos Live Aid, y con todo el dinero recaudado logró salvar muchas vidas en las sabanas del cuerno de África. Aún hoy en día, Band Aid recolecta más de cuatro millones de euros al año para combatir la pobreza y el sida en África. Sí se puede hacer más.

Pero siempre hay más mares que puentes, y generalmente son los políticos, una especie de gestores modernos de la vida pública, los que destruyen los segundos, en nombre de banderas, consignas, razones de Estado, de las cuales sabemos que pueden ser verdades a medias.

El sentido común indica que un solo acto de humanidad solidaria puede hacer la diferencia al menos para salvar la vida de una persona, que es como hacerlo con el mundo entero, tal como lo reza el Talmud judío. Pero otro capítulo en la pelea entre las razones de Estado y las razones humanitarias se acabó de ver esta semana.

La canciller alemana, Ángela Merkel, prácticamente destruyó las ilusiones de Reem, una joven refugiada palestina de 14 años a quien es muy probable que no se le otorgue asilo en el país germano. Tras cuatro años de plena integración en la sociedad germana, a Reem y su familia les podría aguardar el retorno a uno de los tantos campos para refugiados palestinos en el Líbano.

Alemania no puede admitir a cuantos refugiados llegan pidiendo asilo y debes ceñirte a la regulación vigente para la admisión de las solicitudes”, señaló la canciller en el programa televisivo regional en el que se dio el encuentro con Reem, quien no tuvo más reacción que la de ponerse a llorar.

Si algo ha hecho a Alemania lo que es, una potencia, es el apego a la rigidez de las leyes y la disciplina, algo que han interiorizado muy bien sus cancilleres, férreos guardianes del poderío alemán hacia el exterior.

Pero siempre hay pequeños momentos en los que una excepción puede hacer que todo cambie, al menos, para uno solo en el mundo. Las razones de Estado no son leyes en piedra, ya que son esgrimidas por imperfectos y errantes seres humanos. A veces son acomodadas, mitos fundacionales o mentiras enteras. No lo explican todo y sirven, en determinadas ocasiones, como instrumento de un inmovilismo político cobarde e irracional.

Esa famosa frase de la voluntad política siempre cabe y, si realmente se tiene, podría hacer del mundo un lugar mejor por corto tiempo, así sea para uno solo.

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