29 de mayo de 2016 00:00

La alta demanda de los estudiantes alargó el uso de aulas temporales en Ecuador

Los robos afectan al campamento Pedro Vicente Maldonado, en Socio Vivienda 2. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.

Los robos afectan al campamento Pedro Vicente Maldonado, en Socio Vivienda 2. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.

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Elena Paucar
Redactora (I)
epaucar@elcomercio.com

Solo una pared los divide. De un lado está el campamento Manuel Rendón Seminario, de aulas metálicas descoloridas y algo deterioradas. Del otro, el moderno colegio réplica Vicente Rocafuerte, con amplios patios, canchas y laboratorios.

Ese contraste marca Socio Vivienda 1, plan habitacional del noroeste de Guayaquil, donde vive Bárbara Márquez. Sus dos hijos estudian en el lado opaco donde -como cuenta-, hay baños, paredes y pisos en mal estado. “Le falta mantenimiento. La escuela funciona desde el 2011, cuando llegamos a vivir aquí. Mi esperanza es que algún día pasen al réplica”.

Los primeros campamentos escolares se levantaron en Guayaquil tras los desalojos en Monte Sinaí. Inicialmente funcionaron bajo carpas, hasta que la extinta Dirección de Servicios Educativos implementó las aulas prefabricadas.

Antes del 2011, en ese sector solo había planteles particulares, que no tenían permisos del Ministerio de Educación. 21 fueron cerrados por las autoridades y en su reemplazo aparecieron los campamentos.

Pero el tiempo y el uso intenso -la mayoría funciona en doble jornada-, a más de la inseguridad de ciertos sectores, han dejado huellas de deterioro en varias estructuras, propuestas por el Régimen como soluciones temporales.

“Con el tiempo, estas unidades provisionales pasarán a ser Unidades Educativas del Milenio (UEM)”, explica Valentina Rivadeneira, subsecretaria de Educación de la Zona 8 (que abarca Guayaquil, Durán y Samborondón).

Algunos, como el Manuel Rendón Seminario, ya tienen seis años funcionando. Según datos de la Subsecretaría de Administración Escolar, “los campamentos tienen una garantía técnica de cinco años”. Pero Rivadeneira afirma que pueden durar hasta 25 años.

La arquitecta prefiere denominarlos “unidades educativas prefabricadas provisionales”. Y hace una diferenciación entre las construidas antes y después del 2013, cuando la matrícula fiscal se elevó tras la apertura del sistema de inscripciones por cupos.
Rivadeneira explica que las unidades más antiguas eran parte de un proyecto anterior, con materiales poco adecuados como madera en los pisos. Las más recientes, dice, tienen paneles tipo sánduche, con poliestireno interno para el confort climático; losetas de cemento en el piso, con capacidad para 570 y 1 140 niños.

En el país hay 97 campamentos. Su montaje, que incluye aulas y baterías sanitarias, demandó USD 43,7 millones. Por ahora se construyen 25 en las zonas afectadas por el sismo.

Algunos lucen impecables, como el Agustín Guerrero L., que funciona desde hace cinco años en la Sergio Toral 1. En sus 12 aulas prefabricadas, adornadas con murales, estudian
1 200 alumnos en doble jornada -hasta 56 por salón-.

“Muchos dirán que estos campamentos son muy sencillos, pero cubren la necesidad del sector. Y, si bien están asentados en estas zonas, eso no significa que sean establecimientos deprimidos”, cuenta la directora Jacqueline España.

Para la Subsecretaria, mantener este tipo de infraestructura depende la colaboración de la comunidad. “Es mínimo el mantenimiento; básicamente, está en la limpieza diaria”. Y aclara que cada año asignan fondos para su mejoramiento.

Sin embargo, hay zonas en las que ese cuidado va más allá de la limpieza. El campamento Pedro Vicente Maldonado es uno de los más grandes. Está en Socio Vivienda 2 y tiene 76 aulas para 5 218 alumnos.

Los grafitis cubren unos paneles externos y otros están torcidos. “Cuidamos adentro, pero el exterior se escapa de nuestras manos”, dice un maestro, que ríe nerviosamente cuando le preguntan si han sufrido robos, pese a que hay una Unidad de Policía cerca.

“Los robos son parte de la historia del plantel -se abrió en 2014-. Hace dos semanas rompieron paredes para ver qué sacaban, pero las cosas de valor las dejamos con los vecinos”.

Solo en la Zona 8 hay 33 campamentos, en su mayoría ubicados en sectores populares. Acogen a unos 22 960 estudiantes (el 4,5% de los 500 000 alumnos de esa zona).

Rivadeneira dice que entre fines de este año e inicios del siguiente algunos pasarán a las cinco UEM que se construye en la zona. Una de ellas estará en Las Marías, Monte Sinaí.

Allí, por ahora, funciona el campamento Clara León. Una reja permite ver el patio polvoriento, las jardineras marchitas y las paredes metálicas de las aulas raspadas y rayadas.

A pocos metros, la maquinaria empezó a preparar la tierra para la nueva edificación. Hasta el 9 de mayo había 63 UEM en funcionamiento en el país; otras 51 están en construcción (USD 208, 7 millones, sin IVA).

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