18 de febrero de 2018 00:05

Estados Unidos pierde su guerra contra las drogas

Mike (22 años), un adicto a la heroína desde los 13 años, se alista para inyectarse droga en un paso subterráneo de Filadelfia.

Mike (22 años), un adicto a la heroína desde los 13 años, se alista para inyectarse droga en un paso subterráneo de Filadelfia. Foto: Agencia AFP

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Agustín Eusse
Editor (O)

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Hace 10 años, el estreno en Estados Unidos de la serie de televisión ‘Breaking Bad’ reveló, con enorme dramatismo, la cruda realidad de la producción y consumo de drogas en esta nación de 326 millones de habitantes. Una década después, el impacto de esta narrativa cinematográfica no se ha borrado del imaginario colectivo estadounidense y sigue más vigente que nunca.

¿Por qué? Ya no son las matanzas a manos de gente perturbada que ingresa a una escuela con un rifle de asalto AR-15 y acaba con la vida de 17 inocentes lo que más inquieta a este gendarme planetario. ¡No! El país está lidiando con la peor crisis de drogas desde la expansión del sida, en los años 80. Y en parte se entiende por qué el desenfrenado presidente Donald Trump se empecina en construir el muro en la frontera con México. Una decisión que, sin duda, no acabará con el monstruo del narcotráfico.

Las sobredosis de heroína y de opiáceos de laboratorio legales e ilegales, mezclados en cocteles de una potencia aniquiladora, son ahora la causa principal de muertes no intencionales en el país. Más gente fallece por el abuso en el consumo de estupefacientes que por homicidios con armas o por accidentes de tránsito. El año pasado, las drogas mataron a 65 000 personas; es decir, más americanos que en los 16 años de la guerra de Vietnam. Es una cifra que continúa en escalada desde los 47 000 muertos del 2014, los 52 400 del 2015 y los 59 700 del 2016. La epidemia alcanza niveles desmesurados y ataca por igual a zonas rurales y urbanas; también, al contrario de lo que ocurría hace años -cuando los afroamericanos estaban entre los principales consumidores- el fenómeno toca a diferentes grupos sociales.

Muchas muertes están relacionadas con una prescripción indebida de medicamentos opiáceos y el uso de derivados sintéticos de estos. Más de un millón de ciudadanos tomó heroína el 2016 y 11 millones abusaron de opiáceos prescritos por médicos.

La Casa Blanca calculó que la crisis se había comido en un año más de 500 000 millones de dólares, el equivalente a casi la mitad de todo el PIB anual de España, por las muertes, los gastos médicos y la pérdida de horas trabajadas. Pero también supone un lastre para el crecimiento en sí mismo. Un informe de Bloomberg señala que EE.UU. suma un 5% de la población mundial, pero consume el 80% del mercado global de opiáceos farmacológicos.

Para enfrentar el problema, Trump declaró en octubre pasado la emergencia sanitaria y ordenó al Servicio Postal y al Departamento de Seguridad Nacional fortalecer las inspecciones de los paquetes que ingresan al país, para atacar el comercio de fentanilo barato, un opiáceo sintético fabricado en China y que es 50 veces más fuerte que la heroína. Pero eso no es todo. Informes periodísticos han denunciado la complicidad del Estado con el ‘lobby’ de las poderosas empresas farmacéuticas, que buscan impedir trabas en su negocio.

“La industria farmacéutica ha alentado por años el uso excesivo de los analgésicos adictivos”, afirmó el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, quien promueve una nueva campaña para doblegar la adicción. La epidemia nacional de sobredosis de opioides está abrumando a los hospitales. El Gobierno muestra que en un solo año hubo 1,27 millones de visitas a salas de emergencia e ingresos en hospitales por el consumo indebido. La epidemia de opiáceos comenzó silenciosamente, con recetas de oxicodona, hidrocodona o fentanilo escritas de buena fe contra el dolor.

En medio de la crisis, muchos estados han cambiado sus normas para limitar la circulación de estas sustancias que causan miles de muertes por sobredosis accidentales al año. El narcotráfico lo convirtió en una oportunidad de negocios: aumentó la venta de heroína, o una mezcla de heroína y opiáceos de prescripción médica. “Los carteles mexicanos y colombianos y las mafias de las grandes ciudades han capitalizado el cambio”, explica un artículo de Bloomberg Businessweek. Extendieron las redes de venta por todo el país e inundaron el mercado con heroína barata.

Según cifras oficiales, en 2010 había 2,4 millones de adictos a los opiáceos recetados. Pero los expertos lo consideran una estimación baja. Desde que en 1996 comenzó la venta masiva de oxicodona, los adictos aumentaron más del 225% en ocho años. De 76 millones de recetas en 1991 se pasó a 300 millones en el 2016, de las cuales se estima que el 60% es para abuso. “Los carteles han comenzado a mezclar heroína con opiáceos sintéticos, incluido el fentanilo, lo cual hace que una dosis sea más adictiva y más barata”. El fentanilo es la medicación que causó la sobredosis letal al músico Prince.

El fenómeno de las drogas en EE.UU. revela una paradoja: vivir en una nación extremadamente rica y tener los más elevados estándares de bienestar social aumenta las probabilidades de morir a causa de adicciones. Y a esto la primera potencia mundial no le encuentra solución, desde que en 1971 el entonces presidente Richard Nixon declaró la “guerra contra las drogas”.

George Shultz, exsecretario de Estado, lo admite: la lucha ha sido un fracaso que ha arruinado vidas, ha abarrotado las cárceles y ha costado una fortuna.

“Esta guerra no ha tenido ni fin ni victoria, pero lo nuevo en este capítulo de los opioides es que el enemigo no nos llega desde los campos cocaleros de Sudamérica, o de amapola en Afganistán y nada tiene que ver con los narcotraficantes de un infame cartel, sino con la industria farmacéutica nacional y ejecutivos de cuello blanco en Connecticut o Manhattan”, sostiene el analista político Jorge Dávila Miguel, en un artículo en El Nuevo Herald.

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