18 de junio de 2014 06:40

Felipe VI confrontado al desafío de construir una España 'unida y diversa'

Don Felipe posa con los expresidentes del Gobierno Felipe González (i), José María Aznar (2d) y José Luis Rodríguez Zapatero (d), a su llegada hoy a la reunión del Patronato del Instituto Elcano, último acto que ha presidido como Príncipe de Asturias. EFE

Don Felipe posa con los expresidentes del Gobierno Felipe González (i), José María Aznar (2d) y José Luis Rodríguez Zapatero (d), a su llegada hoy a la reunión del Patronato del Instituto Elcano, último acto que ha presidido como Príncipe de Asturias. Foto: EFE

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AFP
Madrid

El príncipe Felipe habló, tras el anuncio de la abdicación de su padre, de una España "unida y diversa", que sonó como un llamado a actualizar el modelo liderado por el rey Juan Carlos para dar cabida a regiones con identidades fuertes, como Cataluña y el País Vasco, en la construcción de una democracia moderna.

"Lo único que os pido, Alteza, es que preservéis la unidad de España", le suplicó en su lecho de muerte Francisco Franco a Juan Carlos, que subió al trono en 1975 y encabezó una delicada y exitosa Transición, que para muchos ha llegado sin embargo a su punto de agotamiento.

El discurso del príncipe borbón, que el jueves (19 de junio del 2014) se convertirá en Felipe VI, es "una mano tendida" hacia las regiones "que tienen una cultura diferente, como una lengua propia o un derecho civil propio", señaló el catedrático en derecho constitucional Antonio Torres del Moral.

También para Fermín Bouza, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, Felipe quiso indicar que "el tema de fondo de todos los problemas que tiene España es no solo la crisis económica, sino la crisis identitaria, la crisis estructural, que es muy fuerte".

España, con 48 millones de habitantes, está dividida en 17 Comunidades Autónomas, tres de las cuales -Cataluña, País Vasco y Galicia- tienen su propio idioma.

Todas funcionan con el mismo esquema que el del poder central (con un Ejecutivo, una Asamblea legislativa y tribunales autonómicos) y tienen prerrogativas más o menos amplias, en materias de educación y salud y algunas tienen cuerpos policiales propios.

Ese modelo fue el resultado de la Constitución de 1978 y de diversos pactos, que supusieron un giro de 180 grados respecto a la política centralizadora del régimen anterior, cuyo lema era "España, una, grande y libre".

Café para todos o tabla de quesos

En ese momento se oponían dos modelos, apodados "café para todos" (con idénticos derechos para cada región) o "tabla de quesos" (en la que cada cual se serviría a su gusto) y se impuso el primero, aunque admitiendo algunas diferencias, ilustra Torres del Moral.

Pero ahora hay mayor presión para "que se reconozcan más diferencias (...). Todo no puede ser lo mismo. Unas comunidades autónomas pueden tener autonomía administrativa y otras autonomía política", y por eso los españoles deben "repensar el modelo del café para todos y servirse más de la tabla de quesos", agrega.

La discusión sobre la noción de "nacionalidad" cobra a veces, para los no iniciados, un carácter más teológico que culinario.

Varias tiendas del centro de Madrid comienzan hoy la venta de souvenirs de los nuevos reyes de España. Foto: EFE

Varias tiendas del centro de Madrid comienzan hoy la venta de souvenirs de los nuevos reyes de España. Foto: EFE


La Constitución de 1978 proclama "la indisoluble unidad de la Nación española", pero "reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas".

Lo cual no impidió al Tribunal Constitucional rechazar en 2010 importantes aspectos del Estatuto de Autonomía de Cataluña, alegando que carecían de sustancia jurídica las referencias a "Cataluña como nación" y a "la realidad nacional de Cataluña".

Ese fallo dio fuste a las reivindicaciones nacionalistas. Centenares de miles de personas reclamaron la independencia en Cataluña en septiembre del año pasado y el presidente catalán, Artur Mas, un nacionalista moderado, convocó a un referéndum para el próximo 9 de noviembre, al que Madrid le niega cualquier validez.

Los reclamos prenden además en el País vasco, donde unas 100 000 personas, según los organizadores, formaron el pasado 8 de junio una cadena humana para pedir la autodeterminación.

Fermín Bouza cree que la decisión del Constitucional fue "un error" y que ahora se están "pagando las consecuencias".

Descarta que bajo Felipe VI se vuelva a reflotar el Estatuto de Cataluña, aunque piensa que el nuevo monarca puede tener cierto margen de acción para desminar el terreno.

"Siempre aquí los reyes, aunque no entran en política estrictamente, tienen un margen de trabajo, porque finalmente se convierten en un excelente apoyo del Ministerio de Asunto Exteriores y además mantienen tradicionalmente unas relaciones con los poderes fácticos, ya sean de dinero, ya sean las armas.


Por tanto, su posición es ideal para que los políticos se sienten a hablar", destaca. "Creo que el tema catalán es estrictamente un tema en el que no ha habido un intercambio mínimo de palabras", indica.

El presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, "es persona de pocas palabras y no se ha preocupado más que de decir grandes citas de la Constitución, pero el problema continúa por mucho que cites la Constitución y cada día se hace más conflictivo. Por tanto ahí tiene [Felipe VI] posibilidades de decir: 'Bueno, vamos a sentarnos todos', o 'siéntense ustedes, yo pongo la mesa, las sillas, el bolígrafo'", expone.

¿Una segunda transición?

Los llamamientos a una "Segunda Transición" se hacen sentir con fuerza. "La España de las Autonomías es una fórmula agotada, incapaz de encajar ese país de 'nacionalidades y regiones' del que habla la Constitución, un eufemismo con que se quiere emboscar la realidad de un Estado plurinacional.

La monarquía está tocada", sostenía ya antes de la abdicación Ignacio Escolar, director de la publicación online eldiario.es, en un número especial titulado precisamente "El fin de la España de la transición".

Un modelo que toca a su fin de manera coincidente con una crisis económica que dejó a un cuarto de la población sin trabajo y que provocó el desborde de los partidos políticos tradicionales por nuevas fuerzas alternativas.

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