13 de febrero de 2016 00:00

El quiteño perdió el apego a las esculturas de la ciudad

La Insidia (1913) de Antonio Salgado, uno de los monumentos icónicos de la urbe, fue restaurada en julio del 2015. Foto: Pavel Calahorrano / EL COMERCIO

La Insidia (1913) de Antonio Salgado, uno de los monumentos icónicos de la urbe, fue restaurada en julio del 2015. Foto: Pavel Calahorrano / EL COMERCIO

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Érika Guarachi

Grafitis con colores chillones que afean la estatua. Resquebrajaduras que demuestran que el monumento ha sido abandonado. Y peor aún, la indiferencia del peatón, del quiteño que ya no sabe, o no quiere saber, por qué ese monumento está ahí.

Quito no ha recuperado el gran ritmo de producción de arte público que tuvo entre 1992 y 1998, cuando se crearon y colocaron 122 esculturas y 51 murales en el Distrito. En total, hay 380 esculturas distribuidas en la capital, de las 100 están en reparación, según la Unidad de Espacio Público.

La última obra se entregó en enero, en el bulevar de La Carolina. Son 13 esculturas.

Aunque el Municipio anuncia la entrega de nuevas obras para este año, el urbanista Hernán Orbea considera que hay una crisis en la producción de monumentos que además se expresa en la manera en la que las personas se apropian de esos objetos.

Monumento viene del latín ‘monumentum’ y evoca al recuerdo.
“La sociedad debe sentirse identificada con lo monumental y es probable que en la actualidad al ciudadano le resulte más atractivo celebrar lo cotidiano, porque lo siente más suyo, más próximo de imaginar y alcanzar”, expresó Orbea el referirse al daño en los monumentos.

Grafitis afectan a los monumentos como El Labrador. Pavel Calahorrano / EL COMERCIO

La interacción y la identidad con el monumento son la razón de ser de esos objetos. Orbea plantea como referente a Medellín. En esta ciudad se construyó un estanque y se colocaron peces; cada uno representa a las víctimas de la violencia. La importancia de este sitio y por donde se debería replantear a la monumentalidad es la apropiación del espacio público por parte de las personas. “Lo que se debería hacer con los monumentos es construir nuevos mensajes para que los ciudadanos se identifiquen con la ciudad; este es un proceso de negociación de los símbolos”.

El arquitecto Jaime Andrade Heyman explica que hay monumentos que ya no funcionan, como aquel que resalta costumbres y tradiciones porque no cumple su función y se limita a un folclorismo. “Se deberían buscar condiciones especiales en el espacio urbano para colocarlos”.

El arquitecto Fernando Flores sostiene que la importancia de la colocación de un monumento en un lugar adecuado y pensado para los ciudadanos, pues también es un referente de orientación. De ahí su importancia en que sean concebidas con criterio.

Marcia Vásconez, creadora de las esculturas de Las Bañistas, El Florón, el Homenaje a la Madre, La Ronda y La Niña Azul, retornó a sus obras (Las Bañistas y El Florón) para darles mantenimiento por pedido de la Unidad de Espacio Público del Municipio.

Marcia Vásconez trabaja en la reposición de un busto. Érika Guarachi/ EL COMERCIO


Su último trabajo para esta entidad no fue la producción de una nueva obra sino la reposición del busto de Gandhi, que estaba en la Plaza de la India y que fue robado.

Su esposo, Gabriel García Karolys, escultor, también tiene obras en el espacio público, su última fue en 1995 y está en el parque Argentina.

Karolys lamenta el descenso en la producción de obras porque el arte permite interactuar a las personas con un espacio, les invita a la reflexión mientras transitan por la ciudad y genera una identidad. Para estos artistas, la importancia de las esculturas para una sociedad es la posibilidad de la interacción con el arte urbano.

Urbanismo  

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