20 de septiembre de 2014 17:04

Un escenario desolador en Los Cabos mexicanos tras devastador huracán

Los destrozos a la infraestructura turística propiciados por el paso de huracán Odile en México. Foto: EFE

Los destrozos a la infraestructura turística propiciados por el paso de huracán Odile en México. Foto: EFE

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AFP

Sin luz, sin agua, casi sin comida ni dinero y algunos, incluso, sin casa, habitantes del turístico balneario de Los Cabos (noroeste de México) tratan de salir adelante con ingenio tras el devastador huracán Odile, mientras el sábado, 20 de septiembre, se acercaba la tormenta tropical Polo.

Las imágenes de chozas derruidas, de lujosos hoteles y edificios con muros levantados, de almacenes y pequeñas tiendas desvalijadas por saqueos o de carreteras con más postes de electricidad y palmeras caídas que en pie contrastan con el paraíso que da fama mundial a Los Cabos, uno de los destinos favoritos de los estadounidenses.

Cerca de cumplirse una semana del azote del huracán Odile, que dejó tres muertos y cuantiosos daños materiales, unos 18 000 de los 30 000 turistas que se encontraban en el lugar fueron evacuados, según el último reporte de la secretaría de Turismo.

A la crítica situación se suma la aproximación de la tormenta tropical Polo, que el sábado se encontraba 240 kilómetros al sursureste de Cabo San Lucas (68.000 habitantes) .

De acuerdo con el último informe de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) , Polo avanzaba con un vientos máximos de 75 km/hr y rachas de hasta 95 km/hr. El organismo recomendó mantener la alerta por los fuertes vientos y el oleaje elevado que traerá.

Más miedo por huracán humano

Ahora el reto del gobierno -que mandó 8.000 militares y policías a la zona- es ayudar a quienes viven y seguirán padeciendo los daños del que consideran el peor huracán que hayan vivido.

Muchos previsores se abastecieron de agua y comida, pero tras seis días sin servicios, señal telefónica, cajeros bancarios y tiendas que vendan alimentos, salir de Los Cabos empieza a ser una alternativa viable.

Improvisadas barricadas de vecinos levantadas ante la posibilidad de que los violentos saqueos de comercios se extienden a las casas.

“Es más miedo al huracán humano que al huracán que ya pasó”, expresa José Antonio Cota, un vecino de 42 años de Cabo San Lucas que decidió enviar preventivamente a sus dos hijos adolescentes con su hermana a Querétaro (centro) en uno de los pocos puentes aéreos gubernamentales que salen del semidestruido aeropuerto local.

Ciudad de México y Guadalajara (oeste) son los principales destinos a donde los lugareños tratan de emigrar. Otra opción son las tres horas de carretera hacia La Paz, capital estatal, en busca de comida que incluso ahí empieza a escasear.

“Mientras menos bocas y agua gastemos, mejor”, argumenta José Antonio junto a decenas de habitantes de Los Cabos que esperaban el sábado un avión para escapar por unas semanas de su otrora apacible pueblo.

De hecho, Cabo San Lucas es hoy un pueblo fantasmagórico, con casas y comercios parcialmente en el suelo, sin casi vecinos en las calles ni militares desplegados en el terreno.

El drama de los nuevos sin techo 

Quienes mantienen su casa en pie pueden darse por contentos porque hay barrios enteros destruidos, como el de Juan Carlos Ortigaza, que duerme desde hace días bajo una mesa recuperada de los escombros de su rudimentaria casa de madera.

“Aquí no hemos recibido ayuda. Que venga el gobierno, que aquí no nos quedó nada”, pide este electricista de 54 años originario de Veracruz (este), que no tiene familiares y cuida como un tesoro sus pocas pertenencias.

El gobierno, que envió el viernes un buque con toneladas de comida a La Paz y reforzó la seguridad, ha ido otorgando víveres en algunas comunidades que, según los lugareños, no son las más necesitadas.

Trueque, racionamiento y colas 

Ante la lenta reposición de servicios básicos, el día a día en Los Cabos se ha tornado un infierno: conseguir un máximo de 22 dólares de gasolina para el carro o las plantas de electricidad puede suponer colas de más de dos horas en las pocas estaciones abiertas, tiempo que algunos aprovechan para planear trueque de productos.

“Aquí se está haciendo mucho eso ahorita, andar cambalacheando (intercambiando). Tiene que ingeniárselas uno, ¿no? ¿Qué hacemos, si no? ” , expresa Miguel González, padre de tres hijos y quien intercambia su agua potable por latas de atún mientras en la noche se turna con sus vecinos para proteger las casas de eventuales asaltos.

Grandes almacenes de comida saqueados limpiaban el desastre de rapiñas esperando poder reabrir en unas tres semanas, explicaba Valeria Robles, gerente de un gran almacén.

Las autoridades han anunciado que a finales de octubre Los Cabos volverá a lucir como aparece en los comerciales televisivos, una promesa difícil de creer ante el actual estado del balneario.

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