10 de septiembre de 2017 00:00

El ELN sigue activo en cuatro poblados de la frontera norte

En las paredes de Ricaurte hay frases del ELN. Los guerrilleros llegan al poblado para abastecerse de comida. Foto: otos: Vicente Costales / EL COMERCIO

En las paredes de Ricaurte hay frases del ELN. Los guerrilleros llegan al poblado para abastecerse de comida. Fotos: Vicente Costales / EL COMERCIO

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Fernando Medina

Tallambi es un pueblo colombiano, con casas de madera y sin ventanas. Allí solo habitan 140 familias y la mayoría se dedica a la agricultura y ganadería. Desde hace 21 años, este sitio, asentado en medio de la selva y fronterizo con Ecuador, es visitado por hombres armados, con botas y uniforme camuflaje. Los campesinos dicen que son subversivos del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla que queda en Colombia.

Militares de esa nación saben que la guerrilla usa este poblado como punto de descanso. Soldados ecuatorianos tienen la misma información.

A pesar de que solo un puente de madera, de 25 metros de largo, separa ese pueblo de Ecuador, el acceso a Tallambi es restringido a los extraños.

Un equipo de EL COMERCIO entró el jueves, horas después de que un ‘comandante’ de esa zona autorizara la visita. Para llegar hay que caminar por un sendero de piedra y tierra. Lo primero que se divisa es una cancha de fútbol. En la mitad está la bandera de Colombia y a un costado hay otro camino que lleva a la montaña.

Los moradores dicen que por ahí llegan los guerrilleros. No hay policías ni militares. La última vez que el Ejército llegó a Tallambi fue hace un año. Por eso, los “elenos”, como los pobladores conocen a los guerrilleros del ELN, dicen que este es su territorio.
El jueves, desde las 06:00, los habitantes salían de sus casas, pintadas de amarillo, rosado o verde, y montaban caballos. Se ponían sombreros de paja y se adentraban en la montaña para cuidar sus cultivos que están en todo el límite con Carchi.

En esta semana, este Diario recorrió otras cuatro localidades similares, levantadas entre las montañas colombianas.
En el monte se divisan sembríos de papaya, maíz, caña y también de hoja de coca. La gente de Tallambi no habla de esos cultivos. Tampoco lo hacen de los ‘elenos’. Su miedo aflora cuando se les pregunta sobre los insurgentes.

Un puente de madera divide Ecuador  de Tallambi. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Un puente de madera divide Ecuador de Tallambi. 


Un hombre comenta, en voz baja, que cargan fusiles. Otro joven, que viste un buzo negro y tiene corte militar, cuenta “que a los guerros les enoja que la gente esté de sapa”.

Por eso evitan hablar de ellos. Así han logrado que en los últimos tres años ninguna persona de la comunidad sea asesinada, secuestrada o extorsionada. Estas prácticas son comunes en el ELN desde sus inicios, en los años sesenta.

El observatorio del Centro de Memoria de Colombia atribuye a esta guerrilla más de 9 000 afectados en los últimos 37 años. En esas cifras se incluyen cerca de 7 000 secuestros.

Ahora, con más de 1 500 miembros y con 26 frentes rurales, sus ramificaciones han dejado secuelas graves en poblaciones de origen indígena, pese a que su poder es menor al que tenían las FARC.

Según militares de ese país, entre 1996 y 2011 se sintió la injerencia más fuerte del ELN.

Rosario es una de las víctimas. Guerrilleros del ELN mataron a tres de sus hermanos y también secuestraron a su hermana menor. Nunca más la volvió a ver.

Ahora, la mujer de 42 años vive en el Edén, un poblado que está en el municipio de Ricaurte, otro lugar en donde el ELN tiene presencia. Allí habitan unas 200 familias, todas desplazadas por el conflicto.

En las noches, los pobladores hacen turnos para custodiar sus propiedades. “Ya no queremos perder todo nuevamente”, dice Pablo, el líder de la comunidad. Él es desplazado y el jueves recordó que los ‘elenos’ atacaron su pueblo en el 2000. Arrojaron bombas, sembraron minas y reclutaron a jóvenes. Así se llevaron a su hermano de 21 años, a quien tampoco ha vuelto a ver.

Luego de huir de Magui, una comunidad indígena al sur de Nariño, se refugiaron en Ricaurte, que es una ciudad colombiana donde actualmente habitan 19 000 personas; el 50% son desplazados. Aunque dicen sentirse seguros, aún tienen miedo de la guerrilla, porque luego de que las FARC dejaron ese territorio, en junio pasado, en las paredes del poblado empezó a parecer la frase ‘ELN presente’.

Inteligencia militar de Colombia confirma que en esa zona ahora tiene presencia de esta guerrilla. Por eso, el Gobierno agilita los diálogos de paz con sus representantes. Ese proceso se lleva a cabo en Ecuador y el lunes pasado (4 de septiembre) se anunció el cese el fuego bilateral hasta el 12 de enero del 2018.

Hasta el miércoles pasado, esa noticia no era conocida en poblaciones fronterizas de Colombia. En Chiles, la gente aún está nerviosa por el último ataque que sufrieron en junio por parte del ELN. El ruido de las balas los despertó a las 03:00.

El retén de Policía fue atacado por los subversivos. Dos oficiales fueron heridos y a uno le robaron el fusil. Ahora, otros agentes custodian el lugar.

En los poblados fronterizos, la Policía ha modificado sus retenes para protegerse. En todos hay trincheras con quintales de arena, para protegerse del impacto de las balas.

Eduardo Valenzuela, alcalde del Cumbal, otro municipio en el sur de Colombia, relata que las estaciones de la Policía son los blancos de los guerrilleros del ELN. En esa población, en los últimos 15 años, los grupos armados han cobrado la vida de 19 agentes. Los pobladores de esa localidad, ubicada a dos horas de Ecuador, dicen que a finales de los noventa, el ELN atacó la alcaldía.

Entonces, las bombas y la ráfaga de balas se oían todas las semanas. Cuando el combate era intenso, el Ejército enviaba un avión para rastrear desde el aire a los subversivos. Ahora, Raúl, un campesino del lugar, dice que cada mes ve a los armados. “Pasan por mi finca, a veces me piden dinero o si no se llevan comida”.

Cuando escuchan del proceso de paz, los pobladores tienen dudas, pues dicen que no todos se someterán y dejarán las armas. Eso lo están viviendo con disidentes de las FARC.

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