23 de December de 2009 00:00

“Para Elisa” de Beethoven, gracias a dos artesanos ecuatorianos

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Olga Imbaquingo, Corresponsal en Nueva York

Desde la cítara, haciendo escala en el monocordio de Pitágoras y más tarde el salterio y el dulcimer, hasta llegar al piano de Bartolomeo Cristófori, allá por la segunda mitad del siglo 15. Desde entonces siempre ha habido grandes y pequeños Cristóforis.

Las herramientas que se utilizan en ese taller son las mismas que los artesanos del piano utilizaban hace 100 años, como formones, cepillos de mano y destornilladores.

Son cuatro equipos que trabajan en tres o cuatro pianos al mismo tiempo. Los afinadores de sonido son contratados para el último proceso, donde Cajas también participa.

Es un negocio que comenzaron hace cinco años y varios miembros de la familia trabajan como cepilladores, como es el caso de Eladio Macancela, quien también a través de los pianos quiere tener su sueño americano.

Sin hacer una revolución en el concepto de este instrumento, los artesanos del piano lo han ido mejorando en apariencia, tamaño y sonido. Dos de ellos son ecuatorianos: Carlos Macancela y Luis Cajas.

Viven en Nueva York y son dueños desde hace cinco años de Cantabile, uno de los talleres más grandes de fabricación y restauración de pianos del área metropolitana.

Cajas y Macancela son hijos de la perfección y el prestigio de Faust Harrison Pianos, ellos trabajaron allí 11 años cepillando, lacando y lo más importante perfeccionando el sonido de los famosos pianos Steinway.

Ellos que llegaron muy jóvenes dejando atrás la pobreza en el pueblo de Bayas, Cañar, con una cándida mirada de ojos responden un no, cuando se les pregunta si antes de ésta experiencia habían oído hablar de Beethoven, Mozart y Chopin.

“Comencé como casi todos, lavando platos. Llegué sin graduarme del bachillerato hace más de 20 años. Unos amigos me llevaron a una tienda en Manhattan, así empecé a desarmar, sacar la pintura y lijarlos hasta que quede la madera cruda de los pianos”, cuenta Macancela.

Se hizo taxista. “No me fue bien, y volví a los pianos. Era el destino. ¿Verdad Luis?”. Cajas también lavó platos y luego fue cocinero antes de convertirse en uno de los mejores restauradores de pianos, sin publicidad ni agente de ventas, solo de boca en boca.

En Faust descubrieron que sí tenían la resistencia y la tenacidad para después de un trabajo que puede llevar meses poner frente a un cliente un piano que puede costar más de USD 100 000. Cajas tiene más de 1 000 pianos reconstruidos en su experiencia.

“No éramos muy conocidos entre los pianistas ni en las escuelas de piano de Nueva York, pero tenemos un gran equipo y el convencimiento que cada piano es un reto a ganar”, agrega Cajas, quien no sabe tocar piano pero sabe cuándo el sonido es impecable.

Ellos aprendieron a los pianos, como a la comida, hay que meterle al cliente por los ojos. El acabado tiene que ser atractivo, pero no hay que engañarse tanto, “un piano con color y brillo magnífico no sirve de mucho si al pianista no lo convence el sonido”, insiste Cajas.

Comenzaron con tres pianos y ahora las escuelas más famosas de Nueva York se cuentan entre sus clientes. Más de 150 pianos Steinway en distintas etapas están en el inmenso tercer piso de una antigua factoría, pero en total son 250 pianos Mason y Hamlin y algunos Bosendofer.

“Desde el 2003 usamos los servicios de Cantabile y siempre estamos muy satisfechos con el trabajo de ellos. Son meticulosos, responsables y sus destrezas son las de las mejores que se pueden encontrar”, dice Masaru Tsumita, jefe de de técnicos de piano de Juilliard School, una de las más prestigiosas de la ciudad.

Esos pianos que Juilliard School compra a Macancela y Cajas tocan en el famoso Carnegie Hall, además sus pianos viajan para California, Europa y hasta Japón donde tienen clientes que quieren tener un piano vertical o de cola por las maderas muy antiguas con las que fabrican y por las piezas que directamente importan desde Alemania.

“Al principio no sabíamos el potencial que teníamos, pero ofrecemos calidad y esa es mi obsesión, hacer el mejor piano del mundo sin la necesidad de transformar lo que empezó Steinway en 1853”.

Luis con su obsesión por el sonido y Carlos el perfeccionista en lo visual quieren que sus hijos aprendan piano. Esa responsabilidad la tiene el profesor de música Édison Quezada, quien por esta vez cierra el telón con Para Elisa de Beethoven, mientras una silenciosa audiencia de esqueletos de pianos está a la espera que de los Cristóforis ecuatorianos los devuelvan a la vida.

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