13 de January de 2010 00:00

Educar para la libertad

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Benjamín Fernández B.

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Nada se repite tanto en el discurso como esas dos palabras: libertad y educación, a las que generalmente se agrega otra: cambio. Sin embargo, en varias partes de nuestra América Latina de aquello que se presume  en el discurso es de lo que  se carece. Si no invirtiéramos tan poco en educación no necesitaríamos tratar mal a nuestros pueblos ante la oferta informativa amplia, variada, distinta, conflictiva, seria o irresponsable con una ley donde el Estado se constituya en la muleta donde se apoye un pueblo que al carecer de capacidad de discernir termina   siendo “víctima de la manipulación irresponsable de los medios”.

Si la inversión en educación fuera más del 10% del PIB (que estamos lejos) nadie se atrevería a enseñar libertad a cambio de censura y de restricciones. No haría falta. La gente sabría quién miente o quién manipula y lo castigaría con su repudio de no leerlo, escucharlo o verlo en TV. La libertad se perfecciona en la educación que permite escoger incluso entre ofertas buenas y muy malas, porque básicamente no hay posibilidad de ser libre sin opciones, sin capacidad de escoger, sin que  el propio Estado nos trate de minusválidos a los que solo alguien desde arriba puede ayudarlo a entender algo  cuando en realidad con ello se le coarta su libertad.

Discutimos tanto de la ley que nos hemos olvidado de las personas que la cumplen o implementan.

No vale tanta palabrería ni articulados cuando una sociedad madura conoce sus derechos y obligaciones. Incluso puede vivir sin constituciones como   Inglaterra, dejando a sus jueces que sienten jurisprudencia con sus fallos.

Hemos insistido de manera equivocada a lo largo de nuestros 200 años  de vida independiente en creer que con solo enunciar derechos y obligaciones,  por arte de magia, se convertían en rectoras del buen hacer y el proceder correcto. No hay norma que se conozca ni se demande sin educación. Y es ahí donde el Estado debe centrar su  lucha. Esa que redime y se redime. Esa que alumbrando permite a todos otear un mejor destino. Nadie requiere una ley para cobrarse una revancha tardía y tampoco construye desde ella el espacio de libertad que se nutre solo en el disenso, la discusión y  la polémica. La libertad no puede definirse sino como un conjunto de valores sociales que permiten que el ciudadano conozca en el otro su verdadera dimensión humana.

Se equivocan quienes dicen representar el cambio y echan mano a normas restrictivas de la libertad porque en realidad saben   que no la desean, pues  ella les reclamará más educación, compromiso y responsabilidad. Debemos acabar con esta adolescencia de 200 años que nos hace caminar en círculos buscando por cualquier atajo detener la madurez que nuestros pueblos en realidad reclaman de sus gobiernos con urgencia.

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