21 de abril de 2016 00:00

Las edificaciones empezaron a ser demolidas

En la zona comercial y hotelera de Tarqui, una persona observa el trabajo de demolición de un edificio. Foto: Pavel Calahorrano / EL COMERCIO

En la zona comercial y hotelera de Tarqui, una persona observa el trabajo de demolición de un edificio. Foto: Pavel Calahorrano / EL COMERCIO

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Mónica Orozco

Con lentos movimientos, dos retroexcavadoras demuelen paredes, losas y columnas, de lo que un día fuera el populoso centro comercial Felipe Navarrete, en la parroquia Tarqui, en Manta.

En este sector empezaron ayer las tareas de demolición de edificaciones afectadas por el terremoto que azotó el sábado pasado a Manabí y a una parte de Esmeraldas.

Cada vez que las pinzas de la maquinaria se acercaban a los escombros, los ojos de Luis Mero se estremecían.

El día del “desastre” este manabita estaba de guardia en el local llamado Todo Papelería, ubicado en este centro comercial. El almacén de tres pisos se encontraba lleno porque la gente había aprovechado que era quincena y cobraron utilidades para adquirir los útiles escolares. “No había dónde poner un pie”.

El hombre dice que se salvó porque estaba en el primer piso y alcanzó a salir a tiempo. En el sitio, sin contar con clientes, había 70 empleados de esa papelería y otros comercios. Solo 15 pudieron escapar antes de que el edificio se viniera abajo.

En temporadas como esta, el local abría hasta las 20:00. La papelería era uno de los sitios de venta de útiles escolares más grandes de Manabí.

Mero laboraba en este comercio desde que abrió sus puertas hace 18 años. El manabita, de 42 años, sufrió un duro golpe en la cabeza, espalda y mano derecha.

Desde que empezaron las tareas de rescate acude al sector con la esperanza de que alguno de sus compañeros de trabajo y amigos aún esté con vida.

La llegada de bomberos y canes abre una esperanza en su rostro, pero a medida que pasan las horas las probabilidades son cada vez más escasas.

Las tareas de rescate empiezan con la búsqueda y localización de víctimas, luego viene la recuperación de los sobrevivientes o fallecidos y finalmente la demolición de las edificaciones.

En esta última fase la posibilidad de salvar vidas se reduce al 5%. Los hoteles, las ferreterías y los centros de comercio entraron a esta última etapa en este sector, luego de que los canes y los equipos sonoros ya no detectaron la existencia de más personas con vida.

“Pero nunca perdemos la esperanza de hallar sobrevivientes, por eso las tareas de demolición se desarrollan con mucha técnica”, comenta el teniente Enrique Hurtado, jefe de Siniestros de los Bomberos de Quito, que lleva varias horas de arduo trabajo.
Un equipo de 48 bomberos a su cargo está en la parroquia.

Hurtado dice que hasta ayer rescataron a ocho personas en esta zona y encontraron a otras 83 sin vida. Relata que lograron hallar a una persona que estuvo 36 horas entre los escombros y logró sobrevivir. El hombre que fue rescatado estuvo arrastrándose por horas en un espacio de 50 centímetros de alto.

El panorama en la zona es desolador. Dos calles más abajo, otra retroexcavadora derrumba un hotel donde se cree que ya no hay sobrevivientes.

Carlos Giler sostiene a su esposa, que destrozada observa las tareas. Buscan a su hermana que trabajaba como empleada en ese lugar.

Una patrulla de unos 15 miembros del Grupo de Intervención y Rescate (GIR) realiza rondas entre los edificios aún en búsqueda de sobrevivientes.

“Nosotros ya hemos determinado que no es posible que haya gente con vida, de todos modos seguimos buscando personas”.

Los recorridos siguen con la ayuda de canes y equipos sonoros. “Estaremos hasta que la autoridad nos disponga, los días que hagan falta”, recalca el mayor Roberto Pástor, a cargo de esta unidad.

Es tarde, pero Mero no quiere irse. Un amigo le dice que no saca nada quedándose, pero él le increpa: “Espera, solo unos minutos más”.

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