22 de November de 2009 00:00

Ecuatorianos que viven en armonía con la naturaleza

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Redacción Siete Días, Cuenca y Guayaquil

En las laderas del Ilaló, sobre la parroquia de Tumbaco, hay una pequeña casita de madera que deslumbra entre las hojas de los inmensos árboles que la rodean. Aquella ‘casita feliz’, como la bautizaron los seis jóvenes que la habitan, funciona con una lógica cotidiana que anuncia, en forma de felicidad, la armonía que ha logrado el individuo con el entorno que lo rodea.

Consejos para una vida ‘verde’   

Usar bolsas de tela para el supermercado o ir a mercados o ferias agroecológicas.

Usar productos biodegradables y artesanales (jabones, detergentes).

Usar productos reutilizables (pañales y toallas sanitarias).
Usar focos ahorradores y apagar la luz.

Consumir productos nacionales y de preferencia locales.

Separar la basura, como mínimo, en orgánico e inorgánico, vidrios y plásticos.

Hacer compostaje urbano con la basura orgánica.

Seguir las cinco eres: respetar, reutilizar, reparar, reciclar, reducir el consumo.

Andar en bicicleta.

Por los amplios ventanales entra la luz del sol que mantiene bien iluminado este hogar. Además, el sol abriga las paredes y el piso de madera. ¡Una suerte!, pues al ingresar a esta morada hay que quitarse los zapatos. Una forma práctica de mantener la limpieza de la casa.

Esta casa es una suerte de confluencia de ideas y propósitos ambientales. Y aunque no necesariamente quienes la habitan tienen una profesión relacionada con la naturaleza, todos sí comparten la misma preocupación por el medioambiente. La vida en aquel lugar responde a un proceso cíclico, como parte de una lógica fundamental.

Paulina Lasso es una de las jóvenes que viven allí. “Hay que vivir simplemente, para que otros simplemente puedan vivir”, dice recordando a Gandhi. Y en esa frase resume su forma de ver el mundo.

La casa que comparte en el barrio de Rumihuaico responde a esta filosofía de espiral. El techo ‘vivo’, los basureros para cada tipo de desecho, el secador de fruta, el baño seco, la compostera, el pan hecho en casa... “Hay que pensar en dónde acaba lo que uno comienza”. Ella se refiere al tipo de baño de la casa (más bien en el patio exterior), en el cual los desechos van a un balde con aserrín que elimina el mal olor. Eso pasa después a la compostera, donde se descompone el desecho en abono que sirve para fertilizar su huerta.

No se necesita ir al campo para vivir de una manera más consciente. “Cuando comienzas a hacer estas cosas la naturaleza te retribuye con una vida mucho más cómoda”.

Con el grupo de mujeres de Tumbaco Lunas Bioabsorbentes hacen toallas sanitarias de tela de algodón que venden al público. “Estas no contaminan, al contrario de las toallas desechables que tardan más de 100 años en degradarse”. Aparte de los puntos de distribución fijos que tienen, Paulina llega junto a Camila Dávila y Geneviéve Rajoy a la Feria Agroecológica de La Carolina, donde 60 productores ofrecen una vez al mes sus productos sanos y su asesoría técnica.

Allí también llega Fernanda Meneses a ofrecer sus jabones artesanales. Ella vive en el norte de Tumbaco, junto a su esposo Javier Carrera. Ambos integran la Red de Guardianes de Semillas, una organización encargada de preservar la memoria y la soberanía alimentaria.

Fernanda fabrica en su casa jabón artesanal, mezclando alguna sustancia muy alcalina con cualquier grasa natural, como aceite de oliva, de aguacate o de girasol. Los disuelve con agua y los mezcla con páprika, semillas de amapola, semillas de linaza o con chocolate.

Para ella, “hacer jabones es como hornear un pastel, cuando está listo, luego de curarse alrededor de dos meses el molde lo corto en barras”.  Otros los mezcla con cerveza y clavo de olor o sangre de drago. Los miércoles los vende en la cooperativa de consumos sanos Zapallo verde, ubicada en La Floresta, en Quito o en el centro La Elvirita en Tumbaco.  Cada jabón que ella hace es un universo individual, con un olor y un aroma específicos, casi personalizados. Es un jabón que no es hecho con derivados de petróleo.

Su casa está dentro de una comuna con otras tres hechas de adobe. Ellos utilizan paneles solares para calentar el agua. Tiene huertos, animales, un panal de abejas para sacar miel, cera y propóleo (un antibiótico natural). Además, tienen un horno para hacer su propio pan.

Cada uno aporta  para que puedan vivir una vida completa en comunidad. Allí, la pareja formada por Fernanda y Javier logró una vida en armonía con la naturaleza.

Así también lo logró la pareja formada por  Willy García y Lori Wrenn. Cuando ellas salen a limpiar las calles de su barrio, ubicado en Misicata (al sur de Cuenca), no pasa más de un minuto hasta que tras ellos se forma una columna de pequeños voluntarios. Junto a la pareja, los niños recogen los desechos plásticos y papeles que están en la vía y que no se degradarán.

Los pequeños corren junto a la pareja y antes de arrojar la basura en la bolsa la muestran a uno de los esposos. Un rápido gesto de asentimiento es la señal… lo reciben, depositan el desecho y corren en busca de otro.  Su idea es organizar, junto a un grupo de amigos, una suerte de aldea ecológica y autosustentable. Mientras tanto hace lo que puede y ensaya ese tipo de vida en su hogar junto a su esposa. Un huerto de 24 metros cuadrados es su principal fuente de provisiones. Allí cultivan coles, lechugas, remolachas, coliflores, fréjol, arvejas, ajo, papas…

En ese mismo sitio depositan allí todas las cortezas, cáscaras y las sobras orgánicas que genera su hogar. Las recogen en un recipiente y cada dos o tres días las entierran en alguna parte del pequeño huerto.

Ellos están convencidos de que el cambio de actitud de una persona puede influir positivamente en los demás. Por eso su estilo de vida se fundamenta en tradiciones poco convencionales, como transportarse en bicicleta, meditar todos los días al aire libre a las 06:00 para recargarse de energía solar o encerar sus pisos con aceite de linaza para evitar el uso de productos químicos.

De todas sus tradiciones quizá la más curiosa es la práctica de lo que ellos conocen como alimentación macrobiótica. Esta consiste en comer el 50% de sus alimentos crudos y el resto apenas cocinado. La idea es que la comida no pierda sus nutrientes. Hasta hace un año el 90% de su dieta era cruda.

Wreen cree que uno de los sitios más sagrados de una casa es la cocina y por eso la alimentación es clave si se quiere tener una vida sana. Las reglas son simples: nada de carne o alimentos procesados. Y se cumplen a rajatabla, ni siquiera consumen azúcar… endulzan sus jugos con guineo y sus postres con miel de abeja, de caña o panela.

La receta parece efectiva y se evidencia en su vitalidad. García es jugador de basquetbol y profesor de educación física, su apariencia oculta sin dificultad sus 51 años. Algo similar ocurre con su esposa, aunque ella prefiere usar su tiempo en investigar una técnica que se llama Libertad Emocional y es similar a la acupuntura, pero en lugar de emplear agujas usa solo la energía de las manos. La pareja se diferencia  de miles de ecuatorianos que aún no asumen actitudes verdes.

Para Andrés Seminario, activista y presidente ejecutivo de la agencia de publicidad Actúa Verde, la explicación de este comportamiento es que no hay una retroalimentación inmediata de los beneficios de optar por una vida verde. “Es como hacer dieta o dejar algún vicio. Usted sabe que empieza hoy, mañana baja muchas libras y eso lo motiva para seguir. Pero hay que ser constante para ver resultados a largo plazo”.

Esa constancia la tiene el guayaquileño  Xavier Flores Aguirre. “Soy un ciclista urbano”, dice con vehemencia el abogado de 32 años que hace siete dejó de conducir un automóvil para movilizarse en bicicleta. Desde aquella época en la que aún estudiaba Leyes en la Universidad Católica ya se transportaba en la herencia de su madre: una bicicleta de carreras comprada en 1975. 

La usa siempre en su rutina diaria.  “Es parte de mi compromiso de respetar al medioambiente y de disminuir la contaminación”, asegura convencido de que eso no hará un gran cambio pero sí aliviará en algo la afectación actual del planeta. Por ello trata además de utilizar mejor los recursos y ahorrar energía.

“Pedalear te da una manera diferente de disfrutar la ciudad, además te hace más respetuoso y solidario. También da una carga de energía distinta”, dice. Flores quien es crítico de las políticas ambientales del Municipio y de la falta de ciclovías en Guayaquil. Por eso espera impulsar un proyecto que incentive las ciclovías porque considera que la mentalidad ecológica no solo mejora el ecosistema sino la actitud de las personas para con la sociedad.

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