24 de junio de 2017 15:00

Los ecuatorianos deportados piden ayuda al Gobierno

El viernes se esperaba que 50 compatriotas, de entre 20 y 40 años de edad, llegaran a Guayaquil.

El viernes se esperaba que 50 compatriotas, de entre 20 y 40 años de edad, llegaran a Guayaquil. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Redacción Guayaquil
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Decepcionado, sin saber qué hacer, desanimado… Así resume Luis Sánchez el estado de su primo Cristian Orellana, parte del grupo de ecuatorianos deportados desde Estados Unidos, que llegó el pasado viernes 23 de junio de 2017 a Guayaquil.

“Llegó sin nada. Le mandaron sin dinero, maltratado y con hambre. Ayer él solo quería llegar pronto a la casa”, relató Sánchez.
Orellana, de 34 años, arribó a las 16:00 al aeropuerto José Joaquín de Olmedo. En la sala de arribo le esperaban su primo y una hermana. Él apenas llegó con una pequeña maleta.

El pasado 9 de marzo cometió una infracción de tránsito en Connecticut, donde residía desde hace 12 años y donde trabajaba en el área de construcción. Desde entonces siguió un juicio, pero en una de sus visitas a la corte fue detenido.

El viernes, poco antes del sorpresivo viaje en un vuelo directo, sus familiares en Ecuador recibieron una llamada. Les pedían que lo recibieran y que lo llevaran hasta su natal Gualaquiza, en Morona Santiago.

“Estuvo en un centro de detención en Nueva York. Y en el avión de regreso hasta los traían con cadenas en los pies”, relata Sánchez. El viernes, en el aeropuerto, el rostro del quiteño César Puente reflejaba tristeza, incertidumbre e indignación. “Nos trataron como si fuésemos criminales. Todo el tiempo nos mantuvieron encadenados de pies y manos. Allá nos mezclan con los delincuentes de América, con drogadictos, violadores, con falsificadores…”.

Él vivió durante 14 años en Estados Unidos. Residía en Maryland, donde existen varias ciudades santuario o localidades que protegen a los indocumentados pese a la fuerte política inmigratoria del actual gobierno estadounidense.

Pero por su oficio de conductor, Puente fue retenido en una ruta de Kentucky, presuntamente, por manejar a exceso de velocidad. Y fue trasladado a una cárcel. “Hablé con el Consulado. Ellos tramitaron rápido mi pasaporte y pude salir. Si no, me iban a tener de seis a ocho meses”, relató el ecuatoriano de 43 años.

El viernes se esperaba que 50 compatriotas, de entre 20 y 40 años de edad, llegaran a Guayaquil. Fueron retenidos en Dallas, Chicago, Newark, Houston, Boston y otras localidades. Tuvieron un viaje directo desde Nueva York, pasaron rápidamente por el control de migración, se reencontraron con sus familias y salieron rápidamente.

Cinco mujeres venían en ese vuelo. Sylvia, de 30 años, fue sorprendida en la frontera entre México y Estados Unidos. Su viaje desde Ambato comenzó hace nueve meses, pero no logró cumplir su sueño. “La migra me cogió cruzando el río. Estaba peleando mi caso para poder quedarme allá, pero no se pudo”, contó un poco asustada frente a las cámaras que coparon la sala de espera de la terminal aérea.

Otros ciudadanos se lamentaban por quienes dejaron atrás. “No pude ver a mis hijos”, fue lo poco que pudo decir Alberto, de Cuenca. Sus dos hijos se quedaron en Nevada, en el estado de Texas.

En su portal, la Cancillería de Ecuador expone un plan para migrantes retornados. El plazo mínimo de residencia en el exterior debe ser de dos años para acceder a beneficios como línea de crédito y fondo de garantía, programas de educación superior y vinculación laboral a través de una red de empleo.

Sánchez no sabe si su primo Cristian podrá acceder a alguno de esos beneficios. Al menos el viernes, según explica, ningún funcionario se les acercó para ofrecerles ayuda. “Ahora está acá, pero no le han ofrecido ningún tipo de ayuda. Él está mal. Sicológicamente está mal por el maltrato que ha recibido y la discriminación”.

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