20 de May de 2010 00:00

En Tufiño son ecuatorianos desde 1916

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Miguel Castillo

Acaso pocos ecuatorianos conocen que el 15 de julio de 1916, Tufiño se anexó a Ecuador.

Fue a raíz del polémico tratado de límites Muñoz Vernaza-Suárez que se firmó con Colombia.

Esa decisión política volvió ecuatorianas a las familias Chiles, Paspuel, Paspuezán, Ipial, Perenguez, Paguay, Ruano, Tatamuez, Cuesta, Puetate, Malte y Duque.

fakeFCKRemoveDesde entonces, nietos, hermanos, primos y sobrinos viven en ambos países separados por una línea fronteriza. Esos parientes llegan en sus carros con placas colombianas que compran o venden leche para subsistir y son dueños de potreros y ganado en suelo ecuatoriano.

Saúl Paspuezán, de 48 años, visita dos veces por semana a sus primos que viven en La Calera, el par colombiano de Tufiño. Están a 200 metros, al frente. Entre toda la familia son 40 personas.

El 5 de junio de 1935, Tufiño se convirtió en parroquia y se quedó con la arquitectura de antaño, salvo el remozado parque central y el mercado.

La leche es el sustento de Tufiño que despierta temprano con el mugir del ganado, el aire frío y el trajín de cientos de comuneros por los estrechos y sinuosos caminos de tierra y piedra. A las 05:00 esta zona fronteriza del cantón Tulcán es un hervidero de vida.

Magdalena Arcos, de 56 años, no pierde el tiempo. Ordeña sus cinco vacas y traslada los 40 litros diarios. La mujer morena, de mediana estatura, lleva una gorra, una chal en la cintura y calza botas de caucho. Es una productora y comerciante de leche.

A la vera del camino del caserío Monte Lodo, a 10 minutos del centro parroquial, aguarda al camión colector. Es una rutina diaria que practican los 35 miembros de la recién creada Asociación de Pequeños Productores de Leche El Frailejón. Fue fundada para librarse de los intermediarios y recibir el precio oficial (39 centavos) por el litro. Una tarea difícil en una zona donde los dólares no abundan.

La producción lechera involucra a la mayoría de las 314 familias de la parroquia. Paradójicamente, su privilegiada belleza natural dispersa en una sucesión de potreros, colinas verdes, sembradíos, volcanes, lagunas y aguas termales no se corresponde con la escasa infraestructura de 1 690 personas, 20 km al noroccidente de Tulcán, capital del Carchi.

Las familias viven en casas o villas de ladrillo, tapial y bloque. La teja envejecida predomina.

Solo las calles que cuadriculan el centro parroquial tienen adoquín. Atraen a los 6 000 visitantes al año que llegan para caminar por los siete barrios céntricos y recrearse en las piscinas termales y el Complejo Aguas Hediondas, a 7 kilómetros de allí.

El resto de accesos es de tierra y se conecta con las comunas rurales El Consuelo, San Nicolás, Santa Bárbara de Car, Maspaz, La Concepción, El Charco y La Joya. Paspuezán tiene la pinta del ganadero común. Viste poncho o ruana, usa gorra y calza botas de caucho. Las mujeres, un chal envuelto en la cintura, botas y gorra. Como presidente del Gobierno Parroquial, desde el 2005, conoce a todos y está orgulloso de la naturaleza generosa que le rodea.

En cada mañana de sol es posible observar al ocre y majestuoso volcán Chiles de 4 768 metros de altitud o las fumarolas del volcán Cumbal, en suelo colombiano.

Al referirse a la producción lechera no esconde su desencanto. “A diario se sacan 14 000 litros. Por cada litro recibimos 32 centavos o menos. La ganancia mensual de cada uno varía entre USD 100 y 300. Nos permite sobrevivir sin ahorro ni inversión”.

Hacen proezas para sobrevivir. Marco Antonio Casanova, también ganadero, explica: “Sembramos ocas, papas, arvejas, mellocos, habas para la venta y el consumo familiar. También criamos cuyes, gallinas y chanchos”. Cuando los hijos necesitan útiles escolares o enferman -dice-, un animalito se vende en la feria de Tulcán o al otro lado de la frontera.

El río Játiva o Alumbre, que nace del deshielo del volcán Chiles, separa a Tufiño de La Calera. Las aguas termales de ambos lados son un atractivo para los turistas que llegan sábados y domingos. Entre semana pasan vacías.

La imagen del Señor del Río se destaca en la iglesia central. Es el patrono y preside las fiestas religiosas en honor a la Virgen María. En esas fechas, las familias de ambos lados comparten las misas y procesiones durante 15 días.

María Tatamuez, de 25 años, dice que la gente se queda pasmada con sus paisajes, ríos, termas y volcanes. “Necesitamos asesoría técnica para financiar proyectos de turismo comunitario. Es como estar sentados sobre una enorme vaca y no poder ordeñar”.

A las 09:30, la recolección de leche termina en Tufiño. Doña Magdalena Arcos pide que anoten los 40 litros en la libreta de la Asociación que celosamente guarda el chofer del camión Hino 350. En el cajón de madera viaja Casanova, el presidente de la organización, junto a una docena de recipientes de aluminio y enormes tanques plásticos con capacidad para 350 litros.

Casanova dicta las cantidades en voz alta al conductor para luego hacer cuentas y pagar a los comuneros. “Cobramos en dos quincenas. El dinerito se invierte en arroz, azúcar, aceite y gas”.

Las ruanas, pequeños ponchos, son usadas en ambos lados de la frontera. Los descendientes de los Paspuezán, Tatamuez y otros las llevan con orgullo, como símbolo de unión y de identidad común.

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