14 de December de 2010 00:00

Saraguros, shuar y mestizos conviven en Zamora Chinchipe

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Redacción Loja

María Lozano y Luis Anguash se casaron hace 29 años en la comunidad San Vicente de Caney, a dos horas al noroccidente de Zamora. Ella es saraguro y él, shuar.

“Fue amor a primera vista”, dice riéndose Lozano. Ella y Anguash se conocieron en Yantzaza, donde la gente del campo se pasea los domingos. Ella vestía anaco, camisa blanca con puños bordados, bayeta, sombrero negro... Él no lucía la vestimenta típica shuar.

“A él le gustaban más el pescado y la carne de animales de selva, a mí el mote, queso, papa, fideo...”. Al año, cuando se casaron, ella ya aprendió a preparar guatusa, yamala, pescado' y él ya accedía a comer la sopa de fideo o el mote.

En San Vicente de Caney los bosques rodean a los potreros y huertas de yuca, plátano, maíz, caña' Las viviendas son de madera, hormigón, teja y zinc. Viven 200 familias, incluidas las de caseríos como La Unión, Plateado, La Libertad, Cucush y Anguash.

La mayoría de pobladores son saraguros, esta etnia llegó hace 55 años desde Loja. En menor cantidad hay shuar y mestizos.

En el resto de Zamora Chinchipe, estos grupos aprendieron a convivir. Marco León es oriundo de Chimborazo y llegó hace 30 años para vender ropa en Nambija por el ‘boom’ minero. Se radicó en Namírez, la entrada a ese asentamiento minero.

Junto con él vive una docena de familias de la Sierra norte. Para mantener vigentes sus costumbres tienen un grupo de danza y una organización para reunirse.

Al cantón Yantzaza llegó Leonardo Cedeño hace 15 años desde Esmeraldas. Ahora tiene 33 años. “Vine con un tío que vendía comida costeña y me quedé”. Ahora es comerciante y está casado con una zamorana.

En Yantzaza y Zamora hay familias esmeraldeñas como los Caicedo, Valencia... y están casados con mestizos. Estos grupos étnicos, a través de la autogestión y con ayuda de instituciones, mantienen organizaciones donde promueven su actividad cultural.

El respaldo de las instituciones públicas para la integración de las etnias mejoró la convivencia y motivó el intercambio de costumbres. Por ejemplo, los shuar de San Vicente de Caney saben preparar y beber la chicha de jora que ofrecen los saraguros.

Estos últimos también aprendieron a elaborar la chicha de chonta y a pescar en los ríos utilizando el barbasco, dice Lozano.

Según Lozano, la familiaridad mejoró con la participación de ambas comunidades en sus fiestas. Por ejemplo, los saraguros llevan su danza y su chicha a las fiestas de la Chonta (febrero). Y los shuar participan con sus candidatas a reina en la celebración de San Vicente (abril).

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