24 de May de 2010 00:00

Milena Erazo, el orgullo de La Rinconada

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Byron Rodríguez

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Los campos de La Rinconada adquieren matices de acuarela cuando el sol despunta. La cebada amarilla que empieza a madurar se mezcla con el verde oscuro de las plantas de papa, coronadas por la flor morada; los maizales mantienen el verde agua de esta época.

El cerro El Chochal, cubierto de prados y bosques de eucalipto y acacias, marca el límite fronterizo. Aquel cerro es el vigía de La Rinconada, un apacible pueblito de la parroquia General Urbina, con 48 familias.

Solo 10 kilómetros de camino lastrado y polvoriento le separan de la cabecera parroquial, en la cual la Virgen de las Lajas rige las vidas de los campesinos. En cada casa de Urbina velan su estampa. Lo mismo ocurre en La Rinconada, que a media mañana se ve desolado. Los niños han ido a la escuela y las figuras de los mayores se dibujan entre los cultivos.

En La Rinconada, una casa de dos pisos, de ladrillo y teja se destaca entre las demás, pequeñas de postes y zaguán. Emana un olor a leche recién ordeñada. Una camioneta se detiene. En su balde carga recipientes repletos de leche. El ruido por la descarga alerta a los habitantes de la casa y la primera en salir es Milena Erazo.

Atrás viene Benjamín Erazo, el abuelo de 78 años. Se sorprenden al vernos, pero abre sus puertas al oír el propósito de esta travesía fronteriza: marcar el pulso de su cotidianidad. “La Rinconada siente orgullo por Milena, pronto será ingeniera y hace dos años instaló Rinco Lácteos, su microempresa de quesos, es inteligente y perseverante como la gente de aquí”, dice y la nieta se sonroja.

Milena es pequeña y decidida; trigueña, de pelo negro recogido con una vincha, no deja la chalina para soportar el frío. “Sí –dice- instalé mi empresa porque siempre soñé con tener algo propio, estudio en el último año de Ingeniería Agroindustrial en la Universidad Técnica del Norte, Ibarra”.

Su tesis versa sobre la fabricación de quesos de doble crema, similares a los mozarella, espesos y sabrosos, cotizados en las pizzerías. Milena abre su laboratorio, un amplio salón donde prepara los quesos. Todo luce limpio. El piso blanco tiene pintura hipóxica, ideal para industrias alimenticias, es más higiénica.

Roberto Malte, uno de los 10 obreros, de Cumbal (Colombia), bate con fuerza la masa blanca valiéndose de una pala de plástico y mango de acero; el proceso dura 10 minutos, a ratos lanza puñados de sal y un compuesto de sodio que seca la masa y le da textura. Sobre una mesa se ven los 100 moldes de acero inoxidable, en los que deposita la masa para obtener un queso de 5 libras; hay cuatro pailas grandes para el fundido; dos tinas para cuajar la leche a 40 grados, durante 15 minutos (en 800 litros de leche incluyen dos pastillas de cuajo en polvo de 3, 2 gramos).

Con el propósito de que la leche adquiera acidez fermentan el suero, el cual sale de la leche ya cuajada. Milena señala los pasos y en el centro de su laboratorio parece una aplicada escolar que recita una lección bien aprendida.

“Luego sacamos la masa cuajada o quesillo, la sometemos a una cocción de 10 minutos y aparece el queso de doble crema, lo reconocemos por la coloración amarilla, este es el instante más feliz”.

“¿Quieren probar?” –inquiere Milena-. “Claro”, respondemos. ¡Qué rico, es un regalo al paladar.

Milena vende cada queso a USD 10. La pizzería Pin Pollo, de Tulcán, lo compra. Y en Quito, Luis Recalde y Katiuska Pazos reciben el queso para entregarlo a varias pizzerías, entre ellas a Salinerito. “Cada noche –confiesa Milena- envío 16 quesos a Quito por la compañía Velotax, que sale de la terminal de Tulcán”. Muestra una canastilla de plástico en la que acomoda los quesos.

Con seguridad, dice que todo lo hizo mediante un préstamo de USD 35 000 solicitado a Banco Pichincha, a Finca y a la Cooperativa Pablo Muñoz Vega, una de las más populares del Carchi. La palabra miedo no existe para ella. Solo la voluntad de sacar adelante a Rinco Lácteos. El crédito es para tres años al 19% de interés. “Johny Argoti, uno de mis 25 compañeros, instaló en Ibarra un pequeña industria de gelatina cuya materia prima son las patas de res; los jóvenes no queremos ser solo empleados, queremos nuestro propio negocio”.

Septiembre, octubre, noviembre y diciembre son los más febriles. La demanda crece por las fiestas. Cada día compra 9 000 litros de leche; entonces los 10 obreros, de impecable traje blanco y mandil, como el que viste Roberto Malte, trabajan sin pausa.

Luis, de 48 años, el padre de Milena, es su aliado. En su camioneta va por varias aldeas recogiendo la leche: Calle Larga, Taya, Estrellita, El Capote'

Los vecinos, como María Reina, reconocen el temple de Milena. Lo mismo dice Luz Reina, dueña de una tienda. “Aquí solo hay 15 colegiales y 10 escueleros (de escuela”, sostiene Luz; por eso, el ejemplo de Milena es grande.

Benjamín ilustra mejor la educación de la gente al explicar que sus siete hijos no fueron a la universidad por falta de recursos. Son choferes, cambistas y albañiles. Uno es licenciado, profesor en un colegio quiteño. El olor a leche recién ordeñada persiste. Milena se despide. Va a comprar más insumos en Tulcán. Sube a una camioneta que se pierde en la polvareda de La Rinconada.

Una fiesta que se perdió

“Todos mis amigos ya son difuntitos, descansan en el lindo cementerio de Tulcán, de jardines de ciprés”, afirma Benjamín Erazo. Su esposa, Carmen Suárez, una anciana de mirada tierna, asiente. Los dos, sentados en el patio cercano a la huerta, evocan tiempos inolvidables.

El abuelo sonríe al recordar una tradición perdida: en la inauguración de la casa ‘sahumeriaban’ al dueño. Valiéndose de cabestros lo colgaban de una viga de la sala y a sus pies prendían paja, cuando se ahogaba lo soltaban; el humo purificaba la casa.

“Durante la noche la gente bebía guarapito, mi papá tocaba las dulzainas de latica (flauta de lata), alguien tocaba el bombo hecho de piel de caballo y la guitarrita para bailar sanjuanitos”.

Antonio Bolaños, un agricultor de 45 años, lo escucha. “Yo también disfruté una vez de la fiesta, en mi infancia, qué pena, ya no la tenemos”. La pareja de ancianos se encamina a la huerta. Riega las plantas de papa. Mira el cerro El Chocal y suspira por los tiempos perdidos.

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