12 de February de 2012 00:05

Las lavanderas en Santo Domingo sufren secuelas en su salud

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Al final de su jornada de trabajo siente que no puede moverse. El dolor cala en sus huesos y espalda. Las manos se le acalambran.

Intenta aliviar el dolor arropándose con gruesos sacos y cobijas. La noche es la mejor parte de su jornada, porque puede descansar. A las 06:00, Delia María Gordillo está otra vez de pie, lista para ganarse la vida como lavandera. La piedra de lavar ha sido su sitio de trabajo desde hace 24 años. Ahora tiene 58. Conoce el oficio.

Toma un recipiente con agua y la dejar caer como un chorro sobre la ropa húmeda. El jabón tiñe momentáneamente de color celeste un pantalón blanco. Lo cepilla una y otra vez hasta que recupera su coloración original.

Tiene una pila de ropa por lavar. La mira; elige la prenda y sigue con su trabajo. Recuerda que comenzó en este oficio cuando su padre, Hugo Gordillo, enfrentó una crisis grave de salud. La familia necesitaba dinero urgente y ella probó con el oficio. Desde entonces no ha parado.

Gordillo se da un respiro solo para abrir la puerta de su casa y atender a los clientes que le llevan la ropa. Lourdes Torres es una de ellas. Asegura que existen ventajas cuando se lava a mano. “La ropa no se daña, como ocurre con las lavadoras. Tampoco se arruga demasiado, lo que hace más complicado planchar”.

Gordillo vive en una vivienda de construcción mixta (bloque y madera), en el Barrio Santa Rosa. El sector está en la orilla del río Pove, que cruza por el centro de la ciudad de Santo Domingo.

Antes, el afluente era utilizado por las lavanderas de la ciudad, que proliferaban. Pero la contaminación del río, la instalación de modernas lavanderías y el surgimiento de las lavadoras domésticas minó el negocio de las lavanderas tradicionales.

Por eso no es una actividad bien remunerada. A María Iza, otra lavandera, le pagan USD 1 por la docena. Al día lava hasta siete docenas. Lleva 20 años en el oficio. No le alcanza para acudir al médico y tratar sus enfermedades. Constantemente siente dolor en la espalda y brazos, que intenta controlar con una crema natural que le recomendaron.

El agua de manzanilla también ayuda por las noches para poder descansar. “No tengo otra opción de empleo que me permita estar en la casa; cuidar a mis hijos y ganar algo de dinero”.

La mayoría de la gente prefiere utilizar la lavadora, por comodidad y eso ha afectado más los ingresos de las lavanderas. “Antes no había tiempo ni para comer con tanto trabajo. Mis hijos me traían el plato a la lavandería”, comenta Gordillo. “Estoy consciente de que llegará un día en que las enfermedades no me permitirán trabajar, pero hoy no será”.

Marina Ruiz, de 60 años, vivió personalmente lo que el oficio puede hacer con la salud. Dice que llegó un punto en que el dinero que percibía le resultaba insuficiente para comprar medicinas para tratar su presión alta y dolores musculares. “Empecé a tener sangrados de la nariz, incluso fui internada en una casa de salud de Quito, desde entonces dejé de lavar. Hoy solo me dedico a la casa”.

Gordillo asegura que todavía se siente con fuerzas para seguir trabajando y que lo hará hasta que “Dios disponga otra cosa”. Ella percibe USD 1,25 por cada docena de prendas que lava. Al día consigue unos USD 10.

“Alcanza para pagar el agua , la luz y algo queda para los víveres”. Lo justo para sobrevivir.

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