17 de May de 2010 00:00

Huayrapongo: la gente aún cuida sus casas

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Washington Paspuel

El sol de la mañana se mezcla con la espesa neblina. Cubre a la parroquia Huertas, en el occidente de Zaruma (El Oro).

El conjunto de casas de los 1 600 habitantes aparece oculto entre las colinas de la pequeña cordillera de Zaruma.A las 06:00, del jueves último, un suave olor a canela inunda los corredores de la escuela 12 de Octubre. En un aula, Alba Aguilar prepara una colada en dos pailas de bronce. “Es para el desayuno de los niños”. Más tarde, 22 escolares se sirven una taza de colada, una porción de galletas, un trozo de guineo y una manzana.

Desde el pasado 16 de abril, la escuela es el refugio de varias familias que fueron intempestivamente evacuadas de Huayrapongo. Este pequeño caserío, a 16 kilómetros al occidente de Zaruma, sufrió los estragos del hundimiento de una parte del cerro donde se asientan las casas.

Las 150 viviendas levantadas en la ladera se agrietaron. Por el temor del colapso, los organismos de socorro evacuaron a 86 familias a cuatro albergues en la parroquia Huertas, a 2 kilómetros del sitio del desastre. Otras pocas familias se alojaron en casas de familiares.

De las 48 familias que llegaron al refugio quedan 14.

Dos horas más tarde, Eva Tinoco revisa y separa los productos que el Ministerio de Inclusión Social reparte cada miércoles. Tinoco, de 42 años y madre de cinco pequeños, administra las labores del albergue. Al ver las fundas de fideos se molesta.“Nosotros, los mayores, podemos acostumbrarnos, pero los niños se aburren de comer solo sopa de fideo”. Para variar, ponen una cuota y compran más alimentos.

Desde que salieron de Huayrapongo, los refugiados realizan un éxodo diario entre el poblado y los albergues. “Los hombres salen antes del amanecer a cuidar las chacras o a trabajar en las minas. Nosotras, a veces, les acompañamos o nos quedamos a cuidar a los niños”, dice Tinoco.

En Huayrapongo hay calma. A un costado del camino que conduce al caserío, Juan Apolo ensilla su viejo caballo y se alista para recorrer su plantación de caña y guineo. Poco antes alimentó a los animales del corral y limpió la casa.

El comunero de 52 años habitó los últimos ocho en una solariega casona de ladrillo y madera. Desde hace un mes regresa a cuidarla. “Vengo todos los días, a las 04:00, limpio la chacra y regreso al albergue al atardecer”.

En Huayrapongo ya no se escucha el bullicio de los niños. La única tienda de abarrotes, donde los comuneros solían juntarse por las tardes a jugar a los naipes, está cerrada con un pequeño candado.

La desolación se repite en la iglesia, la estructura más pintoresca del poblado. Una cinta plástica amarilla en la entrada advierte del riesgo de ingresar. Construida a fuerza de mingas, la edificación de bloques presenta daños irreparables: siete enormes grietas en paredes y columnas. Desde su cierre, las misas dominicales se celebran en el albergue.

Pese al riesgo, un puñado de comuneros se niega a salir.

El sol acentúa el verdor de las colinas que rodean el caserío. A las 11:00, Alegría Ochoa, de 86 años, alimenta a las gallinas en el corral de su casa. No quiere ser evacuada porque teme perder sus tierras. “Me dijeron que van a tumbar las casitas y que nos van a quitar los terrenos”. Ella vive en una casa de cemento que levantó con el Bono de Vivienda, el año pasado. “Mi casa es nueva, está sanita, no tiene ni una sola grieta”.

Otras 12 familias del caserío y sus alrededores no quieren salir. En algunas casas aún se escucha música. Pero si aparecen visitantes prefieren no salir. Es mediodía. Alba Aguilar termina de preparar el almuerzo y su compañera en la cocina, Eva Tinoco, llama a los comensales a la mesa. El menú del día es sopa de arveja y arroz con sardina' y otra taza de colada.

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