30 de May de 2010 00:00

Las hortalizas perdieron peso en la zona del trasvase de Santa Elena

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Redacción Guayaquil

Hace 22 años, el manabita Elías Palemón Moreira dejó su natal Santa Ana para encontrar mejor suerte en una zona que despuntaba como próspera. Se trataba de terrenos vírgenes en Santa Elena, donde un grupo de inversionistas llegó entusiasmado para cultivar espárragos.

Era fácil dejarse contagiar del optimismo. Había pasado un año desde el inicio de la construcción del proyecto del trasvase con la ilusión de convertir a ese territorio en la ‘alacena de Ecuador’. Eran 50 000 hectáreas de tierras desérticas que recibirían agua. Finalmente fueron beneficiadas 42 804 hectáreas, según información oficial. Aunque en producción, solo están cerca de 28 000.

Elías Moreira sembró tomates, pimientos, cebollas, sandías, guayabas y melones en diferentes haciendas que se alzaban en la comuna El Azúcar. Todos eran cultivos de ciclo corto (hasta 4 meses entre siembra y cosecha). Pero algo pasó y el optimismo empezó a decaer hace cinco años y con ello la estabilidad laboral de Elías se vino a pique.

“Los dueños comenzaron a quejarse de que les costaba mucho cultivar. Luego se les caía el precio y no había dinero para pagarnos”, recuerda el hombre, de piel tostada, manos ásperas y mirada de añoranza.

Ni la decisión a fines del 2005 de Agrotrasvase, filial de Cedege (hoy en disolución) de reducir la tarifa del m³ de agua de 4 a 2 centavos, en el caso de riego presurizado; y de 3 a 1 centavo, por el canal, no frenó la decadencia de cultivos de ciclo corto.

Ahora, un nuevo mapa aún no demarcado por autoridad alguna, se dibuja en Santa Elena. Las hortalizas han sido desplazadas por sembríos perennes. Papaya, maracuyá, cacao, plátanos, ají y hasta banano reemplazan al tomate, pimiento y cebolla.

Hace tres años, Segundo Solórzano perdió los USD 3 000 que invirtió en cultivar pimientos en tres cuartos de hectárea que posee en la comuna El Azúcar. Para entonces esperaba recibir USD 16 por cada saco que enviaría a Guayaquil, pero cuando llegó la cosecha apenas ofrecían USD 2. “Siempre pasaba lo mismo, el precio caía, pero esa vez fue el colmo. Dejé perder la cosecha en el campo”.

El 2007 fue el tiempo más crítico en la zona. La sobreproducción nacional -no solo de pimientos sino de cebollas y tomates- y la falta de mercado externo liquidaron a muchos. “Se llevaban camiones de cebolla perla o pimientos para regalar o botar en otros lados”, sostiene Solórzano.

Cambió de cultivo y encontró en la papaya criolla, de consumo nacional, una buena alternativa. “Invierto USD 700 y obtengo 5 000”, calcula mentalmente. Por la docena de papayas recibe, mínimo, USD 15. Cada cosecha le arroja 4 000 unidades.

Solo quienes tienen el capital suficiente continúan con el tomate, dice Ernesto Farinango, administrador de la finca Biofuel. Son USD 10 000 que se invierten en cada hectárea y para muchos es un riesgo, porque el precio varía en el mercado.

Actualmente, por la baja competencia y la escasez de semilla calificada importada de tomate híbrido, el precio del producto repuntó. En el mercado de Transferencia de Víveres de Guayaquil, los mayoristas pagan sobre los USD 18 la caja de 25 libras.

Pero casi ya no llegan hortalizas de la zona del trasvase de Santa Elena, sino de Manabí, Taura (Guayas) y de la Sierra, según los comerciantes.

Remigio Crespo también cultiva papayas. Las criollas y las maradol, una variedad caracterizada por tener una pulpa gruesa, de sabor dulce y por ser resistente a los golpes que recibe durante su transportación. Él abastece parte de los 40 000 kilos diarios de papaya que demandan los mercados de Guayaquil. Semanalmente envía 6 000 kilos desde la finca de 5 hectáreas, que adquirió hace dos años.

Recibe 20 centavos por cada kilo de papaya maradol y 26 por la criolla. El costo de producción bordea los 15 centavos.

El maracuyá también despunta y la fe que productores como Franklin Mejillones pusieron en esta fruta exótica hizo recuperar ese optimismo que Elías Moreira tenía cuando llegó a este sector y tenía 35 años.

Ahora, a los 57 años, el manabita dice que tiene trabajo “para rato”. El dueño del cultivo gana entre USD 7 y 10 por el ciento de fruto comercializado en el cantón La Libertad (Santa Elena). Mientras, Elías Moreira consigue USD 10 diarios cultivando y sembrando maracuyá, él solo, en un predio de 3 hectáreas.

Ver cómo las plantas producen en una hectárea hasta 10 000 frutos por cosecha es la satisfacción de este hombre, quien está convencido de quedarse a cultivar las tierras de la península de Santa Elena.

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