20 de July de 2010 00:00

El Guayaquil de antes sigue vivo

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Mabel Velástegui. R. Guayaquil

Las calles Panamá e Imbabura, en el centro de Guayaquil, aún conservan el aroma de inicios del siglo XX. En esa época, a lo largo de estas vías, los comerciantes tendían en las aceras los granos de cacao y café para secarlos al sol.

Los sacos llegaban en barcos hasta el muelle de la ciudad, ahora Malecón 2000. En la actualidad solo queda un depósito de cacao en la calle Panamá.

fakeFCKRemoveSu nombre es El Cafetal, debido a que también expende café molido. A diario llegan a su bodega, por vía terrestre, máximo seis quintales de cacao. En sus mejores tiempos El Cafetal tuvo rumas de 200 sacos del producto, cada uno con 150 libras.

La cuadrilla de cargadores se redujo de 12 en los años 70, a 2 en la actualidad. Los años pintaron de plata los cabellos de estos hombres que siguen vinculados al negocio. Sus cuerpos, cansados de mover el cacao a pleno sol, ahora descansan.

Ya no tienen el ajetreo de antes, porque el cacao se seca bajo el techo del local. La ‘regeneración urbana’ prohibió sacar el producto a las veredas.

Su actual administradora, Johanna Yance, de 25 años, es nieta de los fundadores. De niña jugaba a zambullirse en las montañas de cacao del negocio de sus abuelos. Es ese recuerdo que mantiene vivo a El Cafetal, una bodega con poca luz, con techo de madera, balanzas antiguas de metal y teléfono de disco.

Carlos Fuente, responsable de El Cafetal, recuerda con nostalgia los años 70. Fue la mejor época para el local, dice. En aquel entonces él era vendedor.

Su compañero de oficina, Luis Lamilla, abrió su propio establecimiento de venta de café molido en 1995. A la vuelta de la esquina, en la calle Imbabura, junto a las discotecas de la llamada Zona Rosa. En el día, el aroma que emana el café molido cautiva el olfato de los transeúntes.

Sus clientes no compran solo para el consumo personal, algunos llevan sacos para la reventa. Lamilla cuenta que la acogida de su café se debe a que “el grano molido no hace daño”.

De las seis cuadras que en los años 70 emanaban el aroma del cacao y el café, ahora solo queda una. El pegajoso olor solo traspasa el umbral de las puertas y se queda en ese reducido espacio de casas antiguas. Una muralla de modernos edificios separa a estos negocios del Malecón que, desde 1999, tiene nueva cara.

Tradicionales edificaciones como el ex Mercado del Sur, construido en 1907, tuvieron importantes cambios. Se lo bautizó como Palacio de Cristal.

De las calles sucias y la aglomeración de vendedores en los exteriores del mercado, solo quedan las fotos del recuerdo. En la calle Eloy Alfaro, a una cuadra del Palacio de Cristal, Jorge Godoy rememora esos tiempos.

La gran afluencia de comerciantes y consumidores le permitía tener clientela segura para sus artículos típicos de una urbe costera. Antes, podía exhibir la mercadería en la vereda, ahora no. Pero reconoce que con el cambio, esta parte de la ciudad esta más ordenada y más limpia.

Los artículos que vende en el local son los mismos que comercializaba su padre hace 25 años, cuando lo inauguró. Las tradicionales hamacas de la Costa, los sombreros de paja toquilla, las canastas de mimbre para las compras del mercado, las cucharas de palo, los filtros para pasar el café, los pájaros australianos y las jaulas son una muestra de la variedad de su negocio.

“Las ventas han bajado, no hay circulante de moneda. Y como no son cosas de primera necesidad”, dice Jorge Godoy, con resignación y melancolía. En esta calle, el canto de las aves y el olor de la madera son parte de la identidad de este sector.

La música identifica a otros puntos de la ciudad. Por las noches, las canciones populares se instalan en la esquina de Esmeraldas y Gómez Rendón. Ahí quedaba “El Capitán”, bar en el que Julio Jaramillo cantaba para su público. También el espacio de los músicos de serenata.

La voz del ‘Ruiseñor de América’, como se conocía a JJ, se apagó hace 32 años y aquel bar cerró, pero los ‘lagarteros’ continúan en esa esquina. Llegan todos los días con sus guitarras, a partir de las 21:00, a la espera de los románticos que los contraten.

Tocan boleros y pasillos. Para soportar las noches de verano toman café. Afinan sus guitarras con Guayaquil de mis amores, para estar acorde con las fiestas.

José Rodríguez cuenta que para estas fechas el alcalde Jaime Nebot suele contratarlos para que toquen en algunos barrios, pero este año no los ha llamado. “Parece que está chiro”.

Estos artistas han sido testigos de un sinnúmero de historias, principalmente de amor. Sus clientes cada vez son más escasos, pero eso no les quita el sueño. Son vestigios de las tradiciones del Guayaquil antiguo.

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