13 de May de 2013 13:09

En Chimborazo, 45 escuelas se cerraron por falta de niños

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Las puertas de la Escuela Otto Arosemena Tola están cerradas. La yerba alcanza 20 centímetros de alto y la pintura de las paredes de las cuatro aulas comenzó a desprenderse.

El techo de zinc y los juegos infantiles están oxidados. Este establecimiento se levanta en la comuna Lupaxi Chico San Antonio del cantón Colta (Chimborazo). Dejó de funcionar en el 2010 por la falta de estudiantes.

El comunero Rafael Mayanza comenta que las familias jóvenes se marcharon a las ciudades para  buscar empleo y mejor educación para los hijos. “Antes aquí vivían 200 familias, ahora quedan 65 que están compuestas por adultos de entre 35 y 65 años”.

Los ocho hijos de este agricultor de 55 años también se fueron. Con sus esposas e hijos viajaron a Guayaquil, Quito y Riobamba. “Antes que se vayan mis nietos asistían a la escuela, pero luego se los llevaron”, dice entristecido Mayanza, que solo ve a sus chicos en Carnaval.

Según las estadísticas de las direcciones de Educación Hispana y Bilingüe, en los últimos dos años 45 centros educativos se cerraron en esta provincia. La principal causa fue la migración de los jóvenes a las grandes ciudades en busca de trabajo, mejorar sus estudios o abrirse un negocio.

Esto preocupa a Tránsito Mullo, directora de Educación Bilingüe. “En la provincia se cerraron 12 de estas escuelas y otras se fusionaron con las de las comunas cercanas”.

Cuenta que el éxodo se acentuó en los últimos tres años por la falta de incentivos en la agricultura. Los jóvenes que salen prefieren el comercio, la albañilería y la venta ambulante en otros lados.

“Hay que incentivar para que la juventud retorne al campo, ni los créditos 555 (del Banco de Fomento) ayudaron, porque exigen mucho papeleo”, indica Mullo.

El cierre del centro educativo Otto Arosemena Tola perjudicó a María Rosa Cepeda. Esta mujer, de 20 años, es madre soltera y trabaja en Riobamba comercializando joyas. A diario emprende el viaje a las 05:30 a la capital provincial con su hijo Lenin, de 6 años.

El niño estudia en la Escuela Leonidas García. “Es un sacrificio ir y venir, pero debo hacerlo. Aquí no hay una escuela cercana. Eso me obligó a tomar esta decisión”.

Labora de 08:00 a 13:00 en el mercado Lizarzaburu. Luego retira a su hijo y retornan a las 15:30.

Manuel Cepeda, vecino del sector, explica que Lenin es el único niño en el pueblo, pues los demás se fueron. Ahora una de las aulas es usada para educar a 15 adultos de martes a viernes. “Estamos aprendiendo a leer y a escribir”,  comenta Cepeda, de 45 años.

A 25 kilómetros de distancia está la comunidad Shamanga del cantón Penipe. Allí funciona la Escuela Provincia de Bolívar.  Para este año lectivo se matricularon nueve niños, pero uno se retiró el año pasado. Sus padres se mudaron a Riobamba.

La profesora Rosa Chiluiza se lamenta. Recuerda que, a pesar de la actividad del volcán Tungurahua, 50 niños asistían regularmente a clases. Pero en los últimos  tres años el número de estudiantes se redujo. Esto porque las familias abandonaron el campo.

Jackeline Guevara, de 6 años, cursa el segundo año de básica. Atiende detenidamente las indicaciones de su maestra. Con pausa lee un texto. ¡Mi mamá me ama! repite una y otra vez. Chiluiza dice que la niña poco a poco está mejorando en la lectura. “Pero hay incertidumbre sobre si volverá o no el próximo año lectivo”.

Según Mario Cantuña, jefe del Departamento de División de Planeamiento de la Dirección de Educación Hispana de Chimborazo, en dos años dejaron de funcionar 33 escuelas en los 10 cantones de la provincia por causa de la migración de las familias.


Testimonio

María Guamán, Vecina de la comuna Lupaxi Chico

‘La profesora se llevó las tres computadoras de la escuela’

Tengo 9 hijos, solo tres están conmigo. Estudian en un colegio de Colta. Los demás se fueron con sus esposas e hijos a otras ciudades.

El pueblo se quedó triste sin el bullicio de los niños. Ahora aquí vive solo gente adulta. Los pupitres aún están allí.

Es lamentable lo que ocurre en el pueblo por la falta de incentivos para la agricultura. Cuando se cerró la escuelita Otto Arosemena Tola, la maestra se llevó las tres computadoras que había.

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