30 de junio de 2014 20:03

Guayaquil insular busca tener mejores días, a través del turismo

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Juan C. Mestanza. Coordinador 

jcmestanza@elcomercio.com 
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Hace ocho décadas, el escritor guayaquileño Demetrio Aguilera Malta escribió su famosa obra ‘Don Goyo’, una novela que giró en torno a la tala de manglar en el sector de Cerrito de los Morreños.

Lo particular de la obra es que el personaje y el escenario fueron reales. Don Goyo Quimí falleció en 1983 y el pequeño poblado se ubica en una de las islas que se encuentran en el Golfo de Guayaquil.

Llegar al pueblo, situado en la isla Chupadores Chico, es como observar una postal. Se encuentra a orillas del estuario y en la falda de un cerro, cuya cima carece de vegetación. Allí residen unas 900 personas. Se llega tras un viaje de hora y media en lancha, desde Guayaquil. Como relata la novela, el manglar caracteriza a esa zona. Pero a todas esas islas pobladas las identifican también otros rasgos comunes: la pobreza, la falta de servicios básicos, la desatención, el vivir de lo que la naturaleza les provee. Pero también se han convertido en puntos de turismo ecológico.

Este es el Guayaquil insular, del que muy poco se habla o se conoce. La única forma de acceder es por vía fluvial. Nace frente a la ciudad, con la isla Santay, pese a que esta pertenece a Durán, y culmina en el Pacífico, en la isla Puná.

Estas dos islas no son solo las más grandes, sino también las más privilegiadas, porque han ganado espacio como puntos de interés turístico.

En Santay se inauguró en junio un puente peatonal, para apuntalar su desarrollo y la isla Puná continúa creciendo en servicios turísticos que aumentan el atractivo de sus playas.

Según datos del Ministerio Coordinador de Desarrollo Social , a través de las brigadas del Ministerio de Salud, se ha contabilizado a unos 4 000 habitantes en por lo menos 13 pequeñas islas. Un 55% son niños y adolescentes, un 35% adultos y un 10% adultos mayores.

En la mayoría de estos sitios, la gente se provee de electricidad a través de paneles solares y plantas dotadas por el Municipio de Guayaquil o por el Gobierno. Incluso en muchos poblados, los postes de alumbrado público no funcionan.

Y si se habla de agua potable, la situación es más crítica pues solo dependen de la llegada de un barco tanquero.

En Cerrito de los Morreños el agua es bombeada desde un barco hasta reservorios plásticos. Las personas se abastecen a través de piletas comunitarias.

En otro punto, en Puerto Roma, a 20 millas de Guayaquil, viven 270 familias. No hay sistema de agua, por lo que cada semana compran tanques a un costo de USD 2,50. No tienen centro de salud y un médico atiende en casa de un morador.

Pero Yadira Flores, habitante, cree que un relleno es prioritario. “Cuando es invierno o hay aguajes nos llenamos de lodo. Por ello es que dentro del pueblo hay puentes de caña”.

En Buena Vista, hacia el sur, viven unas 100 personas. Un solo profesor da clases a 25 alumnos. Cuando un morador se enferma, debe ser llevado en lancha a Guayaquil o a Puná.

En Puerto la Cruz, el muelle de madera está a punto de caer. No cuenta con centro médico y ante la falta de opciones para el tratamiento de la basura, esta es quemada junto a las casas.

Guayaquil

Estos puntos, al igual que El Conchal, que tiene 200 habitantes, están en la isla Mondragón. Se ubica frente a Puná, parroquia rural de Guayaquil, de la que forma parte este conjunto de pequeños islotes.

En Santa Rosa, en la isla Escalante, viven unas 400 personas. La escuela fue construida hace ocho años por la Armada.

La situación de carencias es parecida a otros pequeños poblados como Masa I (28 casas), Masa II (15), Tres Ratones (6), Puerto Tamarindo, Puerto Salinas, Puerto Arturo, San Lorenzo, Santo Domingo, Los Ceibos, Aguas Vivas, Puerto Libertad...

También tienen en común su actividad de subsistencia: un 90% de los moradores de estos caseríos vive de la captura del cangrejo, de la pesca del bagre, corvina, róbalo, camarón; o del trabajo en las camaroneras que predominan en el Golfo.

En todo este sector, la Armada ejerce un control. Cristian Macas, del Cuerpo de Guardacostas, explica que entre las actividades acuáticas está la navegación de buques mercantes que viajan por el río Guayas hacia el canal de acceso a los puertos públicos y privados.

También están la actividad hidracarburífera con el transporte de combustible hacia la Terminal Salitral, la navegación de cabotaje a los diversos poblados y las actividades marítimas de turismo hacia Santay, Puerto el Morro y Puná.

“Son tareas a las que debemos darles la debida seguridad para que se desarrollen de manera correcta. En toda esta zona hay gente que vive de la pesca. En Puná y Posorja se mueve mucho pescado y camarón, está la actividad de las camaroneras”, acotó Macas.

A través del Ministerio del Ambiente se desarrolla la concesión de 10 869 hectáreas de manglares conservados por 10 comunidades el estuario interior central del Golfo.

Este proceso tiene en Gerónimo Vera, presidente de Cerrito Los Morreños, a su líder. Él considera que las comunas deben tener más atención de las autoridades y poder satisfacer sus urgentes necesidades.

También, la semana anterior, la Prefectura del Guayas y el Ministerio de Turismo lanzaron un programa que se implementará entre el 2015 y el 2017, con una inversión de
USD 26,5 millones con la promoción de 12 rutas turísticas. Tres tienen que ver con el Golfo desde Guayaquil a Cerrito de los Morreños, a El Morro y a Puná.

Los comuneros de estas islas ven en el turismo la actividad que los ayudará a salir a futuro del anonimato y el abandono.

En contexto

El Golfo de Guayaquil es la entrante de agua más grande del Océano Pacífico en Sudamérica. En el lado ecuatoriano se encuentran varias islas y algunos islotes. En esta zona converge el estero Salado -que atraviesa a la ciudad- con las aguas del río Guayas.

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