15 de agosto de 2016 11:11

Ecuador reporta 11 casos de agresiones sexuales cada día

Jeaneth Cañizares dice que ahora está más tranquila. En casa hay varias fotos de su hija. Foto: Cristina Márquez / EL COMERCIO

Jeaneth Cañizares dice que ahora está más tranquila. En casa hay varias fotos de su hija. Foto: Cristina Márquez / EL COMERCIO

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Javier Ortega

Ya no quiero ser bonita. Ya no quiero ser bonita. Miriam repetía esa frase cuando llegó a la Fiscalía de Pichincha con el vestido roto, su pie fracturado y en ‘shock’. No olvida la voz del agresor. El sospechoso le susurraba al oído que era hermosa, 
mientras la agredía sexualmente en un parque de Quito

Sofía, otra víctima, ya no sale de casa. Tampoco permite que ningún hombre se acerque o la abrace. Han pasado tres meses del abuso perpetrado por un desconocido. Desde entonces, tiene pesadillas y ya no come.


Llanto excesivo, insomnio, ansiedad, depresión, estrés postraumático, falta de apetito o sentimientos de culpa son algunos síntomas que experimentan las víctimas de ataques sexuales, advierte un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS).


Esto lo corrobora Anabel Jácome, psicóloga y perita de la Fiscalía de Pichincha. Hace una semana, la especialista atendió a una chica de 21 años, violentada por un amigo.


La joven apareció en la unidad judicial con la nariz rota, ropa que no era suya y con golpes. Ahí relató que escapó de la casa del agresor, luego de permanecer 12 horas cautiva.


El sospechoso ató sus brazos 
y piernas, y la amenazó con matarla mientras la ultrajaba. La 
experta la calmó y llamó a sus padres; quedaron en ‘shock’.


Los familiares de las víctimas también están expuestos a secuelas emocionales.
 Luz, por ejemplo, ya no es la misma de antes. La agresión y muerte de su hija de 4 años le dejó heridas difíciles de sanar.

Incluso se recrimina por lo que pasó. “Me confié demasiado”, repite, a modo de culpa. 
Se refiere a la confianza que le dio a Daniel, el hombre que agredió y asesinó a Pamela la noche del 28 de septiembre del 2015, en el sur de Quito.


El sospechoso vivía frente a la familia; siempre que podía regalaba golosinas a la pequeña, jugaba con ella o le invitaba a ver películas en casa.


Luz no desconfió. En la vivienda de su vecino siempre estaba la esposa. “No se preo­cupe. Déjeles no más. Van a ver la TV”, le decía la mujer cuando la niña pedía permiso.


El padre de Pamela también cambió. Por las noches se despierta y llora desconsoladamente hasta que vuelve a quedarse dormido. La pareja ha pasado cuatro meses en terapia, 
pero sabe que el dolor no desa­parecerá en tan poco tiempo.


Los ataques sexuales son recurrentes en el país. Cada día se registran al menos 11 denuncias por estos hechos. Solo entre enero y julio del 2016, el Ministerio de Seguridad contabilizó 2 368 casos a escala nacional. Y en el mismo período del 2015 hubo 2 803.

En la región, en promedio, la Organización Panamericana de Salud revela que hay unas 500 violaciones diarias.


Perú es el país con la mayor cantidad de denuncias que se reportan en América Latina. Allí, 90 de cada 100 embarazos de niñas menores de 15 años se deben al incesto, según un informe de Planned Parenthood.


Mayra Soria es fiscal de la unidad que investiga delitos sexuales en Pichincha. La agente revela que atiende entre cinco y seis víctimas cada día, en su oficina. En mayo, a esa dependencia llegaron dos británicas agredidas en Montañita.


Soria dice que todas las víctimas son mujeres, sobre todo menores. De hecho, las secuelas psicológicas en los niños son más severas. Los pequeños tienden a retraerse y pueden callar los abusos por años, debido a las amenazas del agresor.


A Andrea, de 12 años, su profesor de educación física le amenazaba con reprobarla si no accedía a estar con él. El sospechoso la llevaba a la bodega de la escuela y ahí la acariciaba. 
Eso se repitió más de una vez. Incluso la obligó a ir a su casa; ahí además la ultrajó.


Ahora la menor tiene sentimientos de culpa por no haber alertado a tiempo esos episodios a su madre. Además, padece ansiedad, dolores de cabeza, taquicardias y miedo.


El cambio en su personalidad fue drástico: dejó de jugar, de sonreír y bajó el promedio de sus calificaciones. Se aisló.


La psicóloga que trató a la menor recomendó terapias con un psiquiatra dos veces por semana y por un período de al menos 12 meses.


El hermano de Pamela, la niña agredida en el sur de Quito, también se ensimismó y bajó sus notas. Ya no juega con sus amigos. Prefiere encerrarse en su habitación y dormir. 


La psicóloga aconsejó a los padres que lo mantengan en tratamiento. “A veces me dice: mami, le soñé a la Pame. Pero nada más. No llora”, dice Luz.


El apoyo de la familia y de especialistas es clave para mitigar las secuelas de las víctimas.


Elsa Ortega, perita en la Fiscalía de Pichincha, recomienda a los padres de chicos abusados sexualmente que “estén alerta a los cambios de conducta o estados emocionales”, para evitar posibles suicidios.


Esta es una consecuencia latente en personas abusadas, según los informes de la OMS.


Una investigación de la Facultad de Psicología de la Universidad del País Vasco de España incluso advierte que al menos el 30% de las víctimas de delitos sexuales tiene consecuencias en el largo plazo. 


En los hombres, es probable que aparezcan episodios de ira, que lo exteriorizan hacia terceros. En las mujeres, en cambio, pueden ocurrir conductas autodestructivas.


Gabriela tenía 19 años cuando una tarde de abril del 2014 se quitó la vida. El estrés postraumático y la depresión que padeció tras la violación le llevaron a tomar esa decisión.


“Mami, te amo. Haz que paguen lo que me hicieron. Que Dios me perdone por hacer esto, pero ya no aguanto más. Ya no tengo fuerzas. Por lo que me hicieron, nunca podré vivir en paz”, escribió en una carta.


Jeaneth Cañizares, madre de la universitaria, ahora dice que está algo más tranquila. El mes pasado, la Corte Nacional de Justicia aumentó de 16 a 25 años la pena de cárcel para los dos autores de la agresión. El deseo de su hija se cumplió...

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