7 de julio de 2014 18:56

La depresión aqueja a los niños que no llegaron a Estados Unidos

Xavier caivinagua / el comercio

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Liz Castillo. Redactora

Viajó durante dos meses a Estados Unidos. En la frontera entre México y ese país, se dejó detener por la Policía de Migración para conseguir que sus compañeras de viaje, su madre y su hermana, de 13 años, escaparan a precipitada carrera. Y lo consiguió.

Dice que solo lo llamen Joaquín. Tiene 15 años y es de una parroquia en Cañar. Esta es una de las provincias que en los últimos dos años no deja de contar por decenas el éxodo de menores hacia EE.UU., en manos de coyotes. Sin embargo, no hay datos globales de menores que salieron.

Por ejemplo, en un colegio, 460 de 820 alumnos tienen a sus padres fuera del país. En este año lectivo que está por finalizar, 40 chicos dejaron sus cuadernos para ir al encuentro de sus papás que migraron.

Los familiares cuentan que los padres financian esos viajes y hasta se contactan con los coyotes que operan desde Centroamérica y desde el Ecuador. Hay menores que llegaron luego de meses de travesías expuestos a abusos sexuales, robos, detenciones, encierros… relatan los parientes.

Otros como Joaquín fueron parados en la frontera y hay quienes murieron en el intento, como Noemí A., de 11 años, oriunda de Molino Huayco, El Tambo. Este último hecho se registró en marzo pasado.

Era su segundo intento y fue hallada muerta en un albergue de México, a donde ingresó luego que fuera encontrada en manos de un coyote.


En cambio, Joaquín emprendió el viaje en febrero pasado. Cuando Nube Chogllo, sicóloga del colegio donde estudiaba el menor, investigó la causa de su inasistencia le dijeron que había emigrado con su hermana y su madre, quien había sido deportada.

Al frustrase su viaje Joaquín regresó deportado a Ecuador e intentó reintegrarse al colegio, pero le fue difícil por su depresión, tristeza, desmotivación… “No se dejó ayudar, optó por el silencio, como lo hacen quienes sufren mucho en la travesía”, dice Chogllo.

Según la sicóloga, esas actitudes son parte de las secuelas más graves que deja esta migración. “Estos menores de edad se sienten frustrados y asumen como suya la culpa de no haber cruzado la frontera. Por eso, la mayoría saca fuerzas y vuelve a intentar”.

Para el rector del colegio Mushuk Kawsay, David Nivelo, estos pequeños no se reintegran a su vida normal, porque están a la espera de un nuevo llamado del coyote y partir. “Cambian su alegría por un silencio profundo”.

Tal vez Joaquín esté nuevamente de viaje porque eso le dijo a su maestra. “Me voy porque aquí no tengo a nadie y me interesa mi familia”. Solo unos días en mayo asistió y luego volvió a ausentarse.


Justamente, la migración de niños puso en aprietos a Estados Unidos. Su presidente Barack Obama pidió ayuda al Congreso de su nación para acelerar la deportación de niños centroamericanos no acompañados. Allí se habla de una crisis humanitaria provocada por la llegada de 52 000 menores solos a la frontera en los últimos ocho meses. Por eso, la Casa Blanca dijo que la mayoría de niños solos serán deportados a sus naciones y hoy presenta un plan.

El Instituto Nacional de Migración-México dice que el fenómeno de niños inmigrantes que viajan solos por ese país “ha aumentado de manera importante”. Y menciona a Ecuador entre 12 países de donde provienen esos menores.

En esa lista aparecen Honduras, Guatemala, El Salvador, Cuba, Nicaragua, Somalia, Siria, Colombia, República Dominicana, Belice y Japón.

En los pueblos de la provincia de Cañar ni las muertes han frenado la decisión de los padres de llevárselos de forma ilegal, dice el fiscal de Cañar, Romeo Gárate.

Sin embargo, hay niños que se resisten a irse, pero que están sometidos a una decisión de los progenitores. Por ejemplo, Cipriano Q. contó que en el primer viaje su nieta Noemí pasó dos meses encerrada en Panamá. Al regresar era una niña diferente: triste, callada, sensible y lloraba…

En más de una ocasión les dijo a sus abuelos que ya no quería ir, pero sus padres se empeñaron en llevarla. Sus amigos la recuerdan correteando por las polvorientas calles de Molino Huayco, un caserío indígena de casas pequeñas y donde quedan pocos niños y más abuelos.


María, una abuela de la comunidad, contó que cuando su nieta escucha hablar de ‘coyotes’ o que algún extraño está en el pueblo, se esconde porque cree que vienen por ella. Sus padres migraron hace seis años, cuando tenía dos, y ahora la quieren llevar para reunificar a la familia.

Casi a diario la niña le repite a su abuela: “No iré con desconocidos. Quiero que mis papás me recojan de aquí y me voy con ellos para siempre”. En Molino Huayco la gente vive intranquila porque tras la muerte de Noemí, la Policía realizó allanamientos a casas en busca de los coyotes.

Por eso, restringieron el ingreso a personas ajenas y colocaron cadenas. Lo pueden hacer con autorización de los dirigentes. José tiene 13 años y está en noveno de básica. Sus padres ya le propusieron migrar. “Un familiar murió en el viaje y por eso no quiero ir”.

Si sus padres no lo obligan a irse quiere estudiar y ser un profesional en electrónica. En cambio su amigo Raúl, de segundo de bachillerato, tiene previsto partir en estas vacaciones. “Me da nervios, pero solo le pido a Dios que me proteja en este viaje”.

En la Fiscalía de Cañar no se han registrado nuevas denuncias contra coyotes que han estafado a familias por viajes de niños. Solo se investiga el caso de Noemí, donde hay dos presuntos coyotes que fueron detenidos en Cuenca.

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