4 de May de 2015 19:49

La discapacidad no frenó el gusto de Arcensio Guancha por conquistar los páramos a caballo

Arcensio Guancha, jinete de Urcuquí, no tiene movilidad en sus extremidades inferiores. Foto: José Mafla/ EL COMERCIO

Arcensio Guancha, jinete de Urcuquí, no tiene movilidad en sus extremidades inferiores. Foto: José Mafla/ EL COMERCIO

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Washington Benalcázar

El viento es implacable en los páramos del cantón Urcuquí, provincia de Imbabura, en el norte de Ecuador. En esa geografía áspera de pastizales verdes, pajonales dorados y árboles centenarios de pumamaquis, en donde crecen libre el ganado vacuno es común ver a los chagras, que como verdaderos centauros, recorren días enteros los valles y las cimas de las montañas.

En el páramo de Guanibuela, perteneciente a la parroquia de Cahuasquí, es conocido el nombre de Guancha, uno de esos hombres rudos del campo. Como todos viste un sombrero y botas desgastadas de cuero, zamarro de piel de chivo que cubre sus piernas, poncho y bufanda de lana de oveja, para soportar el frío de los Andes.

Sin embargo, este jinete tiene una particularidad. No puede mover las extremidades inferiores. Una accidente laboral, que ocurrió hace 17 años, le confinó a una silla de ruedas. Pero, pudo más su espíritu aventurero que le impulsó a cabalgar.

“Los caballos son mis piernas”, asegura mientras avanza al galope. Sus manos gruesas sujetan con fuerza las riendas de los animales criollos, que muerden inquietos los frenos de hierro. No tiene una silla especial. Solo buen equilibrio.

Su amor por el campo y las faenas ganaderas surgió cuando era niño. Así rememora este hombre de 37 años, de ojos color café, como la tierra del páramo, y piel canela, curtida por el sol y el viento gélido de la montaña.

Ese gusto por las cabalgatas le permite iniciar, cada vez que puede, una nueva aventura. “Sale casi todos los días. Pero lo que más me asusta es que pueda caerse del caballo, resultar herido y morir solo en el páramo”, comenta preocupada Miriam Gualagango, su esposa. Es por ello que procura que vaya acompañado.

Su hijastro, Geovanny Yacelga, de 15 años, le ayuda a subir a los animales. También le coloca las espuelas plateadas, en las que se refleja los rayos del sol de la mañana. Sin embargo, Arcensio Guancha, aclara que es un lujo que completa la vestimenta típica del chagra de la serranía ecuatoriana, pues utiliza un pequeño látigo para impulsar al jamelgo.

Geovanny Yacelga, de 15 años,  hijastro de Arcensio Guancha le ayuda a subir a los animales. También le coloca las espuelas plateadas. Foto: EL COMERCIO

Geovanny Yacelga, de 15 años, hijastro de Arcensio Guancha le ayuda a subir a los animales. También le coloca las espuelas plateadas. Foto: EL COMERCIO

Su amor por los caballos le permitió organizar, hace cuatro años, el Grupo de Chagras Sierra Norte. “Nos han invitado a cabalgatas en Tulcán, Machachi, San José de Minas, Quiroga, Otavalo…”, relata Joselo Peñafiel, uno de los cuatro integrantes de esta agrupación.

La última vez, el 26 de abril del 2015, demostraron su arte en las calles de Ibarra, en la Cabalgata de El Retorno, que rememoró el regreso de los ibarreños cuatro años después del terremoto de 1868, que destruyó totalmente la ciudad. Ahí Guancha mostró la obediencia de su fiel compañero. Un caballo de pelaje color chocolate con blanco, llamado Pinto.

“El verdadero jinete teje una relación especial con sus animales”, explica este chagra de Urcuquí. Es más al resto de sus rocines también les ha puesto nombres. Los otros se llaman: Joaquín, Chavo y Princesa.

Los caballos le permiten recorrer largas distancias desde que se fracturó la columna, al caer de un segundo piso en el antiguo hotel Nueva Colonia, que había en Ibarra, cuando intentaba ingresar por una ventana para buscar una llaves. En ese lugar trabajaba como portero.

Peñafiel comenta que el líder del conjunto, Arcensio Guancha, es uno de los jinetes más aplaudidos en los desfiles. “Es, sobre todo un ejemplo de lucha, pues el trabajo en el páramo es uno de los más duros que hay”.

Los caballos le permiten recorrer largas distancias desde que se fracturó la columna, al caer de un segundo piso en el antiguo hotel Nueva Colonia, que había en Ibarra. Foto: EL COMERCIO

Los caballos le permiten recorrer largas distancias desde que se fracturó la columna, al caer de un segundo piso en el antiguo hotel Nueva Colonia, que había en Ibarra. Foto: EL COMERCIO

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