3 de julio de 2014 20:06

Los alumnos aún consiguen licor en las tiendas

Eduardo terán / EL COMERCIO

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Sara Ortiz.  Redactora

ortizs@elcomercio.com

En apariencia, todo se ve tranquilo. Los estudiantes salen en grupos, compran helados, hamburguesas, papas y pinchos, suben a los buses y se van. No hay ninguna cantina ni licorería alrededor de una universidad, en el norte de Quito. Ninguna a simple vista.

Esto no es un impedimento para que los jóvenes consuman alcohol en los alrededores. Pero ahora lo compran de forma oculta, casi clandestina.

“¿Dónde encuentro un bar abierto ahora? No hay, pero si quieres tomar puedes ir a la (calle) Ulloa, a la vuelta de la facultad”, dice un joven.

Es viernes. 12:30. En las calles aledañas a ese plantel hay cientos de jóvenes. En un local un hombre prepara filetes de carne, que emanan un olor inten­so a curry. En el único anuncio
que tiene este negocio se ofrecen shawarma y pipas de sabores. Adentro, el escenario es distinto. Hay 15 mesas y en ninguna hay comida, solo botellas de cervezas y estudiantes riéndose escandalosamente.

El lugar carece de ventanas y de una salida de emergencia.
La única puerta es la de entrada, en donde vigila el hombre que asa la carne.

“Claro que hay consumo alrededor de las instituciones educativas, pero ahora es más camuflado”, indica Edwin Castelo, intendente de la Policía de Quito. Según la Ordenanza Municipal 308, los bares, discotecas y licorerías deben estar a una distancia no menor de 200 metros de un plantel educativo.

“El punto más conflictivo de venta de alcohol alrededor de instituciones es en una universidad, pese a que hemos limpiado el área”, indica Castelo. El Intendente explica que si bien ya no hay bares, prostíbulos, cantinas ni licorerías a la vista, en este sector existen tiendas de víveres, moteles, locales de comida rápida y “en cada uno de estos lugares la gente se queda horas libando”.

Pero la presencia de estos negocios se repite en otros sitios de Quito y operan cerca de colegios y otras universidades.

En el colegio de Sergio (nombre ficticio) tampoco hay bares visibles, solo tiendas de víveres. Las tres cervezas que el pasado miércoles se acabó con sus amigos las compró en una panadería. “La señora ya es vecina y nos vende sin problemas”, dice un amigo de Sergio.


Ellos tienen la precaución de caminar casi 2 kilómetros hasta llegar a un parque y, recién ahí, sacan las botellas.
Pese a que en su colegio sí han recibido charlas sobre las drogas, incluido el alcohol y el tabaco, no saben por qué les prohíben. “No somos borrachos ni delincuentes”, aseguran.

Los 1,5 millones de estudiantes que existen en el país tienen en el Plan Nacional de Prevención de Drogas el manual principal para evitar el consumo de estas sustancias. Se trata de un informe presentado el 2004, que se reeditó en el 2012 y que aún está vigente. Sin embargo, en el mismo informe se explica que “las acciones de prevención (contra el alcohol y las drogas) se han centrado en la difusión de información a través de campañas que inciden tan solo en la sensibilización del individuo”.

En una ciudadela del sur de Quito, los estudiantes también beben en los parques, sobre todo en uno que limita con la quebrada del río Machángara.

“Si quieren tomar que lo hagan en sus casas, el problema es que en las tiendas les venden licor como si fuera leche chocolatada”, dice Ernesto Bustillos, jefe policial en el sur.

Con su dedo señala una tienda esquinera de víveres. “La señora nos odia porque le llevamos presa”. Según el oficial, la mujer vendía alcohol a los alumnos de un colegio. “A pesar del cierre, los adolescentes siguen consumiendo alcohol”.

Según el Ministerio de Salud -que realiza el control sanitario para el funcionamiento de los locales- los dueños deben obtener una razón social. El documento determina qué productos puede vender una tienda o una farmacia, por ejemplo.

Castelo señala que las tiendas que están autorizadas para comercializar bebidas alcohólicas pueden vender licor hasta en un 5% de todo lo que tienen.

En la avenida Teniente Hugo Ortiz, también en el sur, hay un almacén pequeño de víveres.

Cada día abre a las 08:00. Cerca también hay una licorería, pero esta atiende desde las 12:00 hasta las 22:00.

Por la tarde, desde las 17:00, jóvenes convierten la tienda en un bar. Detrás de un frigorífico, en un cuarto de la dueña, hay una mesa de comedor y otra de plástico. Es todo el mobiliario.

La habitación conserva la decoración de un hogar: retratos familiares en las paredes. Sobre las mesas hay vasos con cervezas, los clientes, jóvenes de unos 20 años, conversan y ríen.

“(Los policías) están más preocupados de evitar que tomemos que en coger delincuentes”, se queja un universitario de 21 años.
¿Por qué hay tanto control al consumo de bebidas? “El alcohol trae “mucho problemas” en el barrio: riñas en las calles”, indica Bustillos. La noche del sábado, él realizaba un operativo de control de libadores.

Precisamente, el Gobierno asocia el uso nocivo del licor con las muertes violentas, la accidentalidad vial, los abusos sexuales y las riñas. En noviembre pasado, el Ministerio de Seguridad indicó que “a pesar de tener indicadores favorables en la disminución de homicidios en los tres últimos años, en el 2013, el 6% estuvo relacionado con el consumo de licor”.

En un estudio sobre mortalidad por consumo de drogas, que fue presentado por el Consep en diciembre del 2012, se señala al alcohol como la principal droga de muerte por intoxicación desde el 2007 hasta el 2010. Ahí se dice que la tendencia es al incremento.

De 2 138 muertes atribuidas a las drogas -del 2007 al 2010- el 97,43% está relacionado con el consumo de alcohol”. La cirrosis hepática es una secuela.

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