10 de agosto de 1979

"Mi poder en la Constitución y mi corazón en el pueblo ecuatoriano"

Jaime Roldos Aguilera, ex presidente de la República del Ecuador, en 1979. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Jaime Roldos Aguilera, ex presidente de la República del Ecuador, en 1979. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Jaime Roldós Aguilera
Quito

Saber comprender la historia y seguir el mandato de ella, ¡cuánto importa! Inmersos en la vorágine de la existencia no atinamos, en la más de las veces, a tener la noción del hoy y la perspectiva del mañana. Preguntémonos ecuatorianos, preguntémonos latinoamericanos, preguntémonos ilustres visitantes, el significado que tiene, aquí en el Ecuador, esta mañana de agosto de 1979.


La historia de los pueblos es historia de libertad. La historia presente de América Latina es de búsqueda angustiada pero consciente de formas democráticas de existir, donde la dignidad humana no sea pasto del totalitarismo, ni nuestras riquezas naturales alimento para la voracidad del saqueo de propios y extraños.

¿Para quién hablo? ¿Para quién debo hablar? Y me he contestado: Para hoy y sin exclusión de nadie. Hablo para esos humildes hermanos ecuatorianos que a la vera de los caminos esperaban largas horas el paso del compañero Roldós. Hablo para los centenares de miles de indios, para mis hermanos indígenas ecuatorianos, recordados en los discursos, protagonistas de la novela, materias de poesía, objeto permanente de explotación social y preteridos en las obras. Para ellos, la historia se quedó en la colonia.

Kuman punchaka, mana iankalla ñaupa uata shina pushaita japinchik. Kunanka, tukui runajuna pushaita japinchikmi. Uakin millai runaku-namanta y pushaita japishpa, tukui makipura ima-tapish rurashpa kausakrinchikmi.

¿Kunanka, pikunaman rimani? ¿Mishuku-namanlla?
¿lachakkunamanlla? Mana… Nukaka, tukui kai llaktapi kausak runakunamanmi rimani. Inti llukshina llaktapi kausak runakuna-man: shuara, uaukrani, sikuja, siuna, kuphan-man, tukui urkupi kausak runakunaman; inti chinkana llaktapi kausak runakunaman; puka, kaiapaman; tukui kastillakunaman; tukui uaranka uaranka runakuna, ñukanchik Mana llaktapi kausakukkunaman: iurak runakunaman, iana runakunaman, karu llaktamanta shamushka runakunamanpish.

Tukuipura ianapanakushpa, ñaupakman rishunchik. Mana shimiuanlla ianka uairaman rimashpa, imatapisa, iuiashkata ruraiuan paktashunchik, uakchakunapak llakikunata allichinkakaman.

Shina rurashpa, kishpirinata maskashunchikmi.

Hablo para los montubios, para los negros del Chota y de Esmeraldas; para los cofanes, los aucas, los shuaras, los jíbaros y más parcialidades; para aquellos que en la selva oriental hacen afirmación de patria; para los colonos de Galápagos; para los pescadores de nuestras costas; para los cientos de miles de habitantes suburbanos, que por una volqueta de cascajo o un tanque de agua sufren penas indecibles.

Hablo para la juventud ecuatoriana, uno de los pilares de mi triunfo, en la conciencia de que soy la desesperanza trocada en esperanza de una generación; hablo para las mujeres, participantes como nunca, con su capacidad y entereza, con decisión indesmayable en la Fuerza del Cambio. Hablo para los maestros, trabajadores y campesinos; para los industriales, comerciantes y agricultores.

Hablo a los artesanos y profesionales. Hablo a mis compañeros cefepistas y a los de la Democracia Popular-Unión Demócrata Cristiana; hablo para los civiles y para las Fuerzas Armadas. Hablo para decirles que es hora de que no nos quedemos en palabras sino que traduzcamos en actos la afirmación soberana y democrática que el Ecuador anhela. Hablo para los distinguidos visitantes y todo el pueblo, para decirles que el sol de la libertad que nace hoy sólo podrá tener ocaso al precio de nuestras propias existencias.

Más de un millón de electores; dos de cada tres votantes, se decidieron por el cambio, por un cambio prudentemente audaz, sin estridencias ni mentira. Cambio en orden quizás lento para algunos y demasiado rápido para otros, en todo caso seguro y por cierto sin sacrificio de las libertades.

Y el cambio se impone, porque el más somero análisis determinará que nuestra situación nacional se caracteriza por la presencia y oposición de dos tendencias fundamentales: una, que preconiza el cambio, que propone y busca una solución histórica, que trata de agrupar a todas las fuerzas sociales capaces de garantizar el progreso y la independencia nacional y que considera al ser humano protagonista y destinatario del desarrollo.

Y otra, que pretende mantener intacto el actual sistema de atraso económico e injusticia social, responsable de la estructura socio-económica caduca, la dominación oligárquica, la dependencia, la violación de los derechos del hombre y la debilidad del régimen democrático. Para avanzar por el camino del cambio posible y necesario hay que tener en cuenta la base social mínima que sirva de sustento a la gestión del gobierno. Por ello no ofrecí milagros, no ofrezco milagros, no espere el país milagros.

El milagrerismo paternalista es una forma de demagogia, y de las más indignas, incompatible con la seriedad del gobierno popular que hoy se inicia. Espere, eso sí, el país un cambio justo y democrático, en el que la participación popular no puede limitarse a depositar el voto el día de las elecciones, sino a movilizar conciencias y voluntades para generar el viraje cualitativo propuesto.

El pueblo ecuatoriano debe estar consciente de que su función en el proceso de cambio no es pasiva sino activa. La carrera de transformar el Ecuador en un país de economía moderna y democracia participativa, justicia integral y conciencia solidaria, no sólo será el resultado de la gestión del gobierno sino de la participación organizada de vastos sectores del país.

Queremos, por tanto, una democracia dinámica encarnada en el alma de los ecuatorianos. Más que una democracia de representación, que la queremos, anhelamos también una democracia de participación: Participación en los bienes y servicios de la sociedad moderna, participación en las decisiones que comprometan el destino individual y colectivo.

La identidad ideológica, la coherencia programática y la consecuencia política serán puntales sobre los que descansará la fuerza orgánica y unitaria del cambio y que harán nacer en el país una conciencia humanística solidaria y democrática, siendo las grandes paralelas socio-políticas que guiarán la acción del gobierno popular: el desarrollo económico y la justicia social. El equilibrio entre ella permitirá al país superar en conjunto el atraso y la injusticia.

El país puede estar seguro de que en ningún momento, aún bajo las circunstancias más adversas, transigiremos o renunciaremos a estos dos grandes principios rectores, pues ello equivaldría a frustrar la aspiración nacional del cambio.

El desarrollo económico sin justicia social –desarrollismo puro- que beneficia a pocos en perjuicio de muchos está lejos del programa por el que se pronunció el pueblo ecuatoriano. Y la justicia social alejada del desarrollo económico, que satisface demagógicamente ambiciones y apetencias contingentes en perjuicio de todo el progreso material, nada tiene en común con la urgencia real del país. El desarrollismo injusto aumenta la brecha social y el reformismo puramente demagógico consolida el atraso económico.

Buscamos, por tanto, una democracia integral y pluralista, donde el quehacer del hombre y de las comunidades se realice en un ambiente de respeto y libertad. Que nadie sea perseguido por sus creencias o favorecido ilegítimamente por su adhesión. Una democracia pluralista supone una rica controversia, orientada a la realización del bien común, que no sólo defina grandes principios sino que realice acciones concretas.

¿Frente a la ortodoxia caduca que pretende asignar al Estado una función contemplativa ante los problemas socio-económicos, por un lado, y a la tendencia que busca hacerlo todo bajo su tutela absoluta, por otro, declaro sin equívocos que mi gobierno actuará responsablemente en el marco señalado por la Constitución, y que no participo del criterio del Estado omnipotente y tampoco del Estado irresponsable.

La democracia depende del gobierno que iniciamos, de la conducta y del tino de los mandatarios ejecutivos, de la Cámara Nacional de Representantes, de la Función Jurisdisccional, de las Fuerzas Armadas, de los Partidos Políticos, de la opinión pública, del pueblo. Nada es primero. Todo es primero.

Unidad en la decisión política y descentralización en la administración del servicio serán normas supremas del Estado. A través de la primera, lograremos coherencia en la gestión del gobierno en todas las áreas de la vida nacional; y, mediante la segunda, conseguiremos eficacia en los trámites y la igualdad de regiones y provincias, frecuentemente postergadas y castigadas por el abandono y la hegemonía. Combatir el centralismo y el regionalismo es obra común de todos los ecuatorianos. Defender la unidad nacional sobre las bases de la igualdad y la justicia es tarea ineludible de quienes aspiramos a una patria armónica, democrática, justa y soberana.

Al restaurarse hoy la democracia en todos los ámbitos del convivir nacional, también renace el principio de la división e independencia de las funciones del Estado.

Estoy convencido de que la Cámara Nacional de Representantes tiene clara conciencia de la responsabilidad compartida de garantizar una democracia real y estable. El Pueblo ecuatoriano, que nos ha entregado el deber histórico de dirigir el Estado, espera que seamos leales a su aspiración de cambio.

Necesitamos leyes ágiles, oportunas, objetivas y adecuadas, para instrumentar las reformas: administrativa, agraria, social, educacional, tributaria y económica. Pero legislemos con sensatez. Bien vale entonces recordar a Olmedo, en la conclusión de su célebre discurso ante las Cortes de Cádiz: “Solo son buenas las leyes que hacen felices a los pueblos”. Doloroso afirmar que la quiebra de la justicia se ha venido institucionalizando cada vez más en el Ecuador.

A la justicia se le ha puesto precio; para unos dinero, para otros lágrimas e impotencia.

Las Fuerzas Armadas son parte de la Nación y de la estructura del Estado. Están llamadas a defender la soberanía nacional y a sostener la democracia y la legitimidad. Las relaciones del gobierno con las Fuerzas Armadas Nacionales se basarán en el estricto cumplimiento de las normas jurídicas. Comprendiendo, como el que más, que hoy en día las Fuerzas Armadas son parte del quehacer nacional, al retornar a sus funciones específicas, quiero expresarles mi reconocimiento por su lealtad al compromiso de retorno al régimen de derecho que hizo honor a la palabra empeñada.

Buena parte de la aurora que hoy renace en el horizonte la debemos a la opinión pública del país y con ella a los medios de comunicación social. Por principio, antes que por reconocimiento, que también lo consigno, ratifico mi determinación de respetar la libertad de prensa en los términos que democráticamente debe ser respetada toda libertad. Aliento por cierto la urgencia de la responsabilidad compartida en la que la comunicación y la publicidad proyecten la afirmación de valores sustanciales, proscribiendo los que llevan al egoísmo, la superficialidad, el despilfarro y la mediocridad.

Debemos estar muy conscientes de que no hay pueblo más fuerte que un pueblo informado y orientado y que un gobierno democrático depende, entre otros factores, de la prensa, pero la prensa no puede depender del gobierno.

Sin estas premisas no podrá darse la justicia social ni la democracia participativa.

Es el aspecto económico mi gobierno emprenderá la ardua tarea de modernizar el aparato productivo del país, a fin de volverlo coherente con el fulgurante impulso de la ciencia y la técnica del siglo XX. Convoco a todos los ecuatorianos a romper las cadenas del atraso y la corrupción, cadenas que mantienen al país anclado en formas productivas superadas por la historia.

La Constitución señala la existencia de cuatro áreas económicas: estatal, privada, comunitaria y mixta. En la medida que las iniciativas de estas áreas tengan éxito estaremos logrando crecimiento económico y justicia social. Los empresarios actuando en el marco de la ley, nada deben temer del nuevo gobierno.

Desarrollo económico y justicia social hemos sostenido. Nuestro gran compromiso es con los explotados, con los humildes, con los marginados. Gobierno del pueblo por elección es el mío. Gobierno para el pueblo, por acción, será el mío. La política de bienestar social y promoción popular tendrá prioridad en nuestra acción. Abandonaremos el paternalismo.

Nuestra política interior se caracterizará por el diálogo y la firmeza. No caeremos en la revancha, la arrogancia, ni el abuso, y tampoco lo permitiremos a nadie. La oposición ponderada y constructiva merecerá nuestro crédito.

La política internacional del país se basará en los principios de no intervención; autodeterminación; igualdad jurídica de los estados; defensa de los derechos humanos; respeto al pluralismo ideológico; apertura de relaciones con todos los países; el repudio a toda forma de agresión e intervención y al uso de la fuerza; repudio al colonialismo y neo-colonialismo; defenderemos el principio de la solución pacífica de las controversias. Mi gobierno dinamizará su política exterior como instrumento eficaz y coadyuvante del desarrollo interno y luchará en el marco de los organismos e instrumentos por la aplicación de la justicia y la libertad.

Creo firmemente que el mundo es uno solo y debemos aceptar la posibilidad de que Estados con distintos sistemas económicos, sociales y políticos, puedan convivir bajo un mismo sol y sobre una misma tierra.

Admitiendo las diferencias fundamentales que puedan separarnos, mi gobierno se propone establecer y robustecer las relaciones con todos los países del mundo, pues aprender a coexistir entre países diferentes y a descubrir en ella elementos beneficiosos de progreso, cooperación y amistad, representa comprensión de la problemática internacional.

Presentes en este salón se encuentran los representantes del gobierno y pueblo de Nicaragua. El fraterno país centroamericano, que durante cuatro décadas soportó la violencia institucionalizada de la dinastía Somoza, acaba de incorporarse al campo de la democracia latinoamericana. Este es un gran acontecimiento que llena de regocijo a los Pueblos del mundo y una advertencia a las tiranías que amasan el sueño de la dictadura perpetua. Tras enormes padecimientos y sacrificios, el pueblo de Nicaragua logró derrocar el régimen de Somoza y restaurar la institucionalidad republicana.

Yo quiero rendir aquí –como lo hice en la propia tierra de Sandino-, mi homenaje de respeto, admiración y solidaridad a su prolongada lucha. Y reiterarles a sus ilustres representantes, que la identidad de destino de nuestros dos países, nacida desde Alfaro, será ampliamente robustecida con acciones y programas de cooperación recíproca.

Buscamos solución pacífica de las controversias y nos atenderemos única y exclusivamente al derecho, por ello es imperativo de Patria alzar nuestra voz ecuatoriana para hacer presente la exigencia de justicia por la imposición del Protocolo de Río de Janeiro.

Quienes ofrecen lo imposible y quienes esperan milagros, se engañan mutuamente. Fomentar espejismos para explotar frustraciones, equivale a traicionar la más honda esperanza del pueblo. La independencia nacional y el progreso social nunca han sido el fruto de la acción aislada de ningún gobierno, sino el resultado de la firmeza teórica, la honradez política y la perseverancia sacrificada de toda la comunidad. El destino no está hecho; se labra todos los días, sin odio, sin venganza, sin renunciamientos. Juntos debemos trabajar por construir un nuevo tiempo histórico, donde el pueblo no sólo conserve su irrenunciable derecho a autodeterminación, sino también a ejercer su función protagónica en el ejercicio de una auténtica democracia.

Concluyo: Lo dije en la campaña y esta mañana con toda fuerza se encarna. Mi poder en la Constitución y mi corazón en el pueblo ecuatoriano.

¡Que Dios guíe nuestro camino! ¡Vamos a hacer historia!

Gracias

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