14 de November de 2009 00:00

Diplomático en Bogotá

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José Ayala Lasso

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Cuando los Cancilleres del Ecuador y de Colombia, reunidos hace poco, acordaron designar a los Encargados de Negocios de sus respectivos países en Bogotá y Quito, nos hicieron saber que habían llegado a un entendimiento para restablecer las relaciones rotas desde marzo de 2008.

La noticia era buena porque significaba que los dos países habían resuelto acudir a la metodología apropiada, es decir a los canales diplomáticos para negociar la solución de sus desacuerdos. El procedimiento para acercar las posiciones se había abierto.

El Gobierno del Ecuador debe proceder con acierto en la designación de quien desempeñe el cargo en Bogotá. Los intereses de todo el país están en sus manos.

Ese funcionario debe defender los puntos de vista nacionales frente a Colombia en todos los ámbitos de su competencia -político, jurídico, económico, cultural, etc.- y debe hacerlo con claridad, tino y eficacia. Su voz tendrá que ser confiable y suficiente y hará innecesario que otros niveles de representación del Estado ecuatoriano estén  haciendo uso del micrófono. Lo que él diga deberá, por supuesto, corresponder a los puntos de vista oficiales.

Pero habrá de tener también suficiente madurez de criterio para transmitir a nuestro Gobierno análisis objetivos y serios de la realidad colombiana y del posible desenvolvimiento de los hechos. No será entonces un simple ejecutor de instrucciones sino un profundo analista de las consecuencias que  pudieran derivarse. Sus méritos personales deberán dar autoridad a sus opiniones críticas. 

En pocas palabras, el Encargado de Negocios en Bogotá debe ser un diplomático profesional, de sólida contextura ética, con amplia experiencia, de reconocidos méritos, de categoría acorde a la importancia y delicadeza de su misión. Puede tener incluso el rango profesional de Embajador, aunque se le acredite  con una jerarquía menor. No pocos países han optado por este procedimiento en casos de especial dificultad diplomática.

Ojalá la Cancillería demuestre objetividad y acierto en la selección, dejando de lado motivaciones políticas o ideológicas. Que presente a consideración del Jefe de Estado personas con suficientes méritos profesionales, dignas honorables y sapientes, con reconocidas habilidades para la negociación y probada eficacia en la obtención de resultados.

Y ojalá se  piense  exclusivamente en el país, en la invariable realidad de una geografía que no puede cambiar y que es el marco en el que Quito y Bogotá tejieron su hermandad -no sin problemas- a lo largo de la historia. 

Si Colombia procede de igual manera, podremos mirar con optimismo hacia una relación bilateral que multiplique los beneficios mutuos, basada en la estricta observancia del Derecho Internacional, en el mutuo respeto y en la buena fe.

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