29 de November de 2009 00:00

La dicha de aceptar el odio

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Generación tras generación, la humanidad ha transmitido a sus sucesores  un consejo que aparentemente brilla como el oro pero que podría estar hecho de bambalina:  ‘Entierra todas las emociones negativas, maquíllalas con una sonrisa y reprímelas para siempre’.



Tenga en cuenta

Ignorar no es curar. Como explica la terapeuta sistémica Veva Yépez, no existen emociones positivas o negativas. Las mal llamadas ‘emociones negativas’ no son más que indicadores de   alguna situación externa que transgrede nuestra dignidad. Son como el dolor de muela o una fiebre: avisos de alguna infección, peligro o herida que debe ser atendida.  

Reprimir el dolor, físico o emocional, equivale a matar al mensajero pero no al mensaje, como lo explicó el psicólogo John Grinder. Hasta que no se  atienda el dolor (que es el mensaje interno de una situación danina), la persona seguirá recibiendo la visita de mil y más carteros. 

Las emociones   y sentimientos surgen frente a algo que hizo o dijo alguien, pero no son causados por terceros. No se debe culpar a nadie.Sin embargo, nuevas perspectivas e investigaciones  han empezado a revelar   que las mal llamadas ‘emociones negativas’ serían más útiles y positivas de lo que jamás se pensó.
“Ningún  sentimiento hace daño si lo sabemos aprovechar fructíferamente”,  explica la psicóloga personal Sigrid Lange, autora del texto ‘El libro de las emociones. Siento... luego existo’.

Como ella señala,   el  cuerpo emocional  (“el conjunto de herramientas energéticas que posee cada uno para relacionarse óptimamente con la realidad que vive en cada momento”) es una guía que cada persona debe saber leer, aceptar y comprender para poder vivir una vida sana y feliz.  “Permitiéndonos sentir y expresar cada sentimiento con autenticidad, se enriquecen y se mantienen transparentes nuestras relaciones”, comenta la autora, recalcando que todos los sentimientos y todas las emociones tienen una razón de ser.  

La rabia, por ejemplo, advierte sobre una persona o situación que está traspasando los límites personales y debe detenerse; la tristeza, por su parte, señala que  se ha perdido (o se está  perdiendo) algo de mucho valor y  es necesario llevar un duelo; la desesperación, en cambio, alerta sobre una situación asfixiante y dañina  que requiere de toda la  habilidad e inteligencia para escapar de ella. Así, todas las sensaciones aparentemente desagradables advierten sobre situaciones que necesitan una atención inmediata por parte de la persona que las está viviendo. Si se las acepta, serán procesadas internamente y ayudarán a  comprender la realidad, permitiendo tomar decisiones acertadas que ayuden a  cambiarla. Los verdaderos problemas se inician, sin embargo,  cuando se opta por reprimir las emociones.

“En nuestra cultura occidental (...) se abusa del mecanismo de protección emocional para reprimir una gran cantidad de nuestros sentimientos, solo porque son desagradables y/o ‘no sociables’ y/o ‘antiespirituales”, comenta Lange, refiriéndose a la capacidad innata del ser humano para controlar y guardar alguna emoción que, si se expresa en ese instante, puede acarraer consecuencias negativas, pero que igual debe ser reconocida aunque no verbalizada en ese momento.  Sin embargo, cuando se elige reprimir constantemente  las emociones perturbadoras, el ser humano crea  “una carga emocional tan grande que envenará sus relaciones y le dará una imagen falsa de la realidad”, como explica Lange. “Al conocer nuestro cuerpo emocional en su funcionamiento sano”, añade, “comenzamos a comprendernos como seres emocionales aceptándonos de corazón, tal como somos en cada momento. El autorreconocimiento y la total aceptación son las claves de la curación emocional”.  

 Los resultados de una investigación  de la Escuela de Medicina de Harvard, que inició en 1965  y concluyó a comienzos de este año, comprueban la certeza de estos planteamientos. Tras seguir el desempeño laboral de 824 hombres y mujeres, el estudio descubrió que aquellos que optaron por reprimir su ira, enojo y frustración en el ambiente laboral, “eran tres veces más proclives a admitir que habían llegado al tope de sus carreras y  a aceptar que estaban desilusionados con su vida personal”, como señala la nota ‘Enójese, es bueno para su trabajo’, de la  BBC. “Los experimentos cuidadosos como el nuestro han documentado que las emociones negativas limitan y enfocan nuestra atención, de manera que podamos concentrarnos en los árboles en lugar del bosque", explicó el psicólogo encargado del estudio, el profesor George Vaillant. Esto no otorga, sin embargo, luz verde para convertir en agresión física al enojo sino todo lo contrario. En la opinión de Vaillant, tomada del  artículo de la BBC,  “los individuos que aprenden a expresar esta emoción y al mismo tiempo pueden evitar las consecuencias explosivas y autodestructivas de la furia desenfrenada, pueden lograr algo increíblemente poderoso en términos de crecimiento emocional  y salud mental".

Como indica la terapeuta sistémica Veva Yépez, el secreto radica en permitirse sentir la emoción sin prejuicios, reconociendo que no es mala sino únicamente  una alerta sobre  situaciones externas,  que están traspasando nuestros límites o irrespetando nuestra integridad. El milagro que se produce cuando cada individuo se da permiso de sentir sus emociones,  es que estas se procesan y desaparecen, dejando tras de sí una clara y exacta noción de por qué surgió en primer lugar. Con este entendimiento, la persona puede verbalizar su emoción y darla a conocer sin recurrir a insultos o violencia. (G.L.S)

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