20 de septiembre de 2014 21:36

En Dicaro se lucha por mantener la tradición

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Diego Bravo.  Redactor
dbravo@elcomercio.com (I)

Los guerreros waorani se alistan para la cacería. Preparan tres lanzas de madera que miden 3 metros y medio de largo cada una y cerbatanas hechas de pambil. Afilan finísimos dardos envenenados en las puntas, que guardan dentro de una caña guadúa negra. Su objetivo es matar monos, sajinos, guantas y huanganas para que sus esposas e hijos se alimenten.

Las armas son conservadas por los ancianos y otros waorani de Dicaro, ubicada en plena selva amazónica ecuatoriana, a seis horas de El Coca, capital de Orellana. El lugar está dentro del campo petrolero adjudicado a la compañía Repsol YPF. De allí provienen los cinco indígenas detenidos hace 10 meses por la masacre a un clan taromenane en marzo del 2013 (en total eran 17 procesados).

La historia de ese lugar vive en las mentes de Cabari Tocari, Guewa Wareca, Awanca Caiga Meñewa Boya y Yatora Omaca, quienes son los más longevos.

Nadie conoce con certeza cuántos años tienen ellos, pero su promedio aproximado de edad es de 83 años.

Es la primera vez que permiten el acceso a su pueblo luego de que el ingreso fuera restringido tras la tragedia de marzo del año pasado. En sus onkos (casas tradicionales), junto a sus hamacas, tienen hasta cuatro lanzas para protegerse. Su grosor es como el de tres dedos pulgares juntos.

Se sienten guerreros y fuertes, pues crecieron en la selva y su vida fue dedicada a la caza, pesca y agricultura en chacras. En sus casas de piso de tierra con techo de hojas de pambil, tienen un fogón con una parrilla para preparar la comida. Allí, cabezas de sajinos y canastos con frutas cuelgan de piolas como despensa de alimentos.

Awanca Caiga es uno de los ancianos de Dicaro que conoce la historia de su pueblo y conserva las tradiciones ancestrales. Foto El Comercio

Awanca Caiga es uno de los ancianos de Dicaro que conoce la historia de su pueblo y conserva las tradiciones ancestrales. Foto El Comercio

Su forma de cocinar cambió. Hace 40 años, ellos solo hervían la carne en agua para comer. Ahora usan aliños, aceite.

Al jaguar lo respetan. Es considerado su animal sagrado y nunca lo cazan. Los viejos cuentan que los waorani descienden de la unión de este felino con un águila. El sajino es emblemático como fuente de fuerza para vivir en la selva. Es parte de su alimentación cotidiana y el sabor de su carne se parece al del cerdo que se consume en las ciudades.

Awanca y su esposa, Yatora, estuvieron en la fiesta ancestral de bienvenida para los cinco indígenas. Desde los parlantes de un viejo discomóvil, sonaban las canciones de Gerardo Morán a todo volumen y la gente de Dicaro tomaba cerveza o chicha de yuca.

Tipaa  Baiwua es esposa de Meñewa Boya,  uno de los ancianos de Dicaro. Asa dos cabezas de sajino en una parrilla. Foto El Comercio

Tipaa Baiwua es esposa de Meñewa Boya, uno de los ancianos de Dicaro. Asa dos cabezas de sajino en una parrilla. Foto El Comercio


El sonido ensordecedor de la música no impidió que contara su historia. “Ella es de la última familia de los tagaeri. Puede ser tío o hermanos. Son gente bravos”, cuenta el traductor que habla con Yatora que solamente se expresa en su idioma nativo wao tedeno. Cuando tenía 8 años -dice- se la llevaron en un combate con los waorani y de joven se casó con Awanca.

Para las batallas o ataques contra los taromenane colocan sobre sus armas una pluma roja que significa la vida y el presente. “Para matar gente tienen una pluma de águila, un pelo de guangana y una de papagayo rojo que identifica el sangre brota”, traduce el wao Nikimo tras escuchar el relato de su padre, Meñewa Boya.

Los cinco ancianos tienen grandes perforaciones en los oídos, las cuales los identifican como los mejores guerreros. Ya no andan desnudos en la selva como hace 30 años; ahora llevan pantalonetas de marcas como Adidas o Nike. Las mujeres utilizan ropa interior.

Las mujeres y niñas del pueblo se pintaron la cara para dar la bienvenida a los  waorani que estuvieron detenidos. Foto: El Comercio

Las mujeres y niñas del pueblo se pintaron la cara para dar la bienvenida a los waorani que estuvieron detenidos. Foto: El Comercio


Mega Baiwa viste gorra y camisetas de fútbol. En Dicaro lo conocen como el mayor fabricante de cerbatanas para la cacería. Con la ayuda de otro traductor, explica que en las nuevas generaciones se pierden las tradiciones wao.

Antes de la llegada de las petroleras, la vida era más tranquila, pero ya se ha acostumbrado al ruido y a la presencia de vehículos. Cuenta que antes la caza y pesca era abundantes, pero ahora han mermado.

Dicaro significa –según relatan los ancianos de la comunidad- río de piedras y fue fundada en 1992 por los indígenas que vivían en esa zona luego de que una petrolera estadounidense se instalara allí.

Al principio vivían en onkos de madera y pambil levantados en medio de frondosos árboles que medían hasta 40 metros. Pero, con la ayuda de las petroleras introdujeron en volquetas cemento, ripio y otros materiales para la construcción de sus viviendas. Otros se quedaron con sus casas tradicionales.

Al contrario de sus abuelos que recuerdan las épocas de caza y pesca, los jóvenes de la comunidad ahora prefieren hacerse fotos con sus celulares para luego colgarlas en Facebook cuando utilizan el servicio de Internet de la escuela.

También llevan peinados modernos y algunos no saben cazar. Para los longevos, sus pasiones son seguir preparando las lanzas y afilando dardos...

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