21 de marzo de 2017 15:10

Desplazados no retornan por temor

En el recinto Luis Bermeo viven 25 familias de refugiados. Carlota camina junto a su hija y a su nieta. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

En el recinto Luis Bermeo viven 25 familias de refugiados. Carlota camina junto a su hija y a su nieta. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Fernando Medina. Redactor
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Los guerrilleros le dieron 72 horas para que abandonara su finca. “Si regresamos y siguen aquí, la matamos a usted, a su esposo y a su hijo”, le dijeron, mientras golpeaban la pared de su casa con un fusil. Olga no lo dudó. Al siguiente día colocó la ropa de su familia en un saco de yute, cerró las puertas de su tienda y salió de su natal Caquetá, un departamento del suroriente colombiano.

Viajó 12 horas en camión, cruzó la frontera y llegó a Puerto Camacho, recinto fronterizo de Ecuador, que está en las orillas del río San Miguel, en Sucumbíos. Allí vive seis años.

En este poblado de dos cuadras hay casas de madera y ladrillo. No hay alumbrado público ni alcantarillado. Tampoco hay señal de celular ni servicio de transporte. La oficina policial más cercana está a 50 minutos. Allí habitan apenas 15 familias y todas son de Colombia, pues huyeron de la guerra.

EL COMERCIO llegó a ese lugar esta semana, y además recorrió otros pueblos asentados en la franja fronteriza.

¿Qué sucede en esos sitios cuatro meses después de que se firmara la paz con las FARC? Los refugiados cuentan que no regresarán a sus pueblos, pues todavía tienen miedo de la violencia con que actuaban los armados. Eso lo corrobora el cónsul de esa nación en Lago Agrio, Jorge Cáceres.

Olga se siente más segura en Puerto Camacho, adonde se llega por el río San Miguel o por un estrecho camino de tierra y piedras que mide tres metros de ancho. Aunque es territorio ecuatoriano, su gente le ha dado un toque colombiano.

Los desplazados colombianos no contemplan regresar a su país, pese al acuerdo de paz alcanzado con la guerrilla. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

En las puertas de las pequeñas casas cuelgan sombreros adornados con su bandera.

Escuchan vallenatos y rancheras. Entrenan gallos y se movilizan en motocicletas.

Los jóvenes usan ponchos pequeños y botas de cuero. Incluso utilizan el peso colombiano; y en las casas las mujeres preparan sancocho y miran canales de TV de ese país.

Cerca de ese poblado está Luis Bermeo, otro recinto ecuatoriano donde viven 27 familias, aunque solo dos son de Ecuador y el resto de Colombia. Cerca de las 14:00, el calor es fuerte. La gente camina con sandalias y camisas flojas. La única tienda del lugar la levantó Rodrigo, un refugiado que llegó al sitio en el 2000.

En el local de madera vende galletas, colas y ‘snacks’. De eso vive. Además, tiene ocho gallinas. Cuando estaba en su pueblo era dueño de ocho hectáreas de plátano, maíz y yuca.

Todo quedó abandonado luego de que los armados lo amenazaran de muerte. Escapó en la madrugada, pues su tío, hermano y sobrino ya habían sido asesinados. A este último lo mataron los paramilitares, cuando trabajaba en el campo. Lo confundieron con un guerrillero y le dispararon en la espalda, cuello y cabeza.

Quienes llegan se dedican a sembrar limones, guayaba, yuca y maíz. Toda la mañana la dedican a la agricultura y las tardes pasan en las hamacas, fuera de las casas. Otros van a los billares. Cuando aparecen extraños entran a las viviendas o se esconden. Pocos hablan.

El miércoles, Carlota acababa de llegar del campo junto a su hija y a su nieta. Mientras camina cuenta en voz baja que arribó hace 10 años. Ella vivía en El Afilador, un poblado del Putumayo. “Me cansé de la bala”, dice mientras recuerda que cada semana se escuchaban enfrentamientos.

Recuerda que hombres vestidos de camuflaje y con fusiles entraban al pueblo y decían que venían por un ‘sapo’.

Así les decían a quienes colaboraban con los militares.
Luego se escuchaban tiros.

Si la balacera era después de las 18:00, los cuerpos permanecían tirados hasta el siguiente día, porque nadie se atrevía a salir. Por eso no dudaron en viajar a Sucumbíos, en donde el Consulado de Colombia calcula que viven 12 000 personas desplazadas.

A 20 minutos de Luis Bermeo está el recinto Corazón Orense, un sitio con calles de tierra y lastre, en donde hay solo 12 casas. En esa comunidad funciona una escuela a la que llegan niños de 10 poblados cercanos, pues hay atención desde primero hasta décimo de Básica. En sus aulas estudian 194 alumnos. El 30% de ellos es de Colombia. Rosalía estaba en ese grupo y de niña estudió en ese plantel.

Hoy tiene 19 años y el miércoles caminaba sobre un terreno pantanoso con botas de caucho. Mientras iba a la tienda a comprar una gaseosa helada para refrescarse del sol, recordó que en la escuela le enseñaron la historia del Ecuador, pero el conflicto colombiano lo conoce, porque lo vivió.

Según datos difundidos por Bogotá, entre 1958 y el 2012 se reportaron 219 094 fallecidos por los enfrentamientos internos. El 81% eran civiles. “Les confundían con ‘guerros’, con militares o con paramilitares”, cuenta Rosalía. Dos tíos y dos primos murieron así.

Hoy, ella vive con su mamá y 12 hermanos. Todos vinieron hace 10 años y no piensan volver, porque “acá es tranquilo”.

Tras los anuncios de la firma de la paz, en el 2016, el Consulado en Lago Agrio dice que apenas 15 personas han retornado a su nación. A quienes regresan, el Gobierno colombiano les ayuda con cupos educativos, trabajo y una vivienda. Pero no muchos quieren eso.
En puerto El Carmen, una localidad ubicada a cuatro horas de Lago Agrio, el 60% de los 2 200 pobladores llegó del frente. Por eso, más de uno vive allí y trabaja en Colombia.

Desde las 06:00, los botes cruzan el río San Miguel. Mireya va a su natal Ospina los domingos, pues labora en un billar. Además, aprovecha para visitar a su hermana.

En un informe de Acnur, publicado el 2016, se dice que los desplazados buscan lugares cercanos a la frontera, para
asentarse y no separarse de los familiares que se quedaron en sus tierras. Unos consiguen refugio y Sucumbíos es la segunda provincia del país que acoge a más personas en esa condición.

Pablo llegó a puerto El Carmen en el 2006. Antes de contar su historia pide a sus hijas que salgan de la habitación. Su esposa también se retira. “No pueden escuchar esto”, les dice. En voz baja cuenta que la guerrilla reclutó a su hijo.

Un día salió a trotar y no volvió. Lo buscó, pero jamás supo nada. Por eso vino acá. Ahora vende pescado y no ha regresado a su finca de 4 hectáreas, porque tiene miedo. Dice que su vida está en Ecuador.


En contexto

Actualmente, las tropas de las FARC se concentran en 26 zonas para continuar con la entrega de armas e iniciar el tránsito a la vida civil. Para eso tienen seis meses de plazo. Según el Ejército colombiano, el 5% de combatientes no acompaña este proceso.

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