20 de July de 2009 00:00

Desocupación

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Enrique Echeverría G.

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El Seguro Social, en la práctica, resulta una bomba aspirante del dinero de empleadores y empleados; los primeros, como obligados a pagar aportes mensuales y fondos de reserva; los segundos, porque del pago total de aportes, un 11% de su sueldo va para esa entidad.

Esta realidad es más dura para el empleador si es que, por sentido social, cubre no solo el aporte patronal sino también el individual de su empleado. Veamos, en números, lo que acontecerá en agosto de 2009, con un empleador que tiene secretaria. Y dos empleados de servicio doméstico a quienes, por solidaridad, no es posible despedirlos por su edad. En cifras: secretaria, sueldo mensual, 218 dólares; aporte mensual, 46 dólares; fondo de reserva, 209 dólares; decimocuarto sueldo, 218 dólares. Total: 691 dólares.

Los otros dos empleados: sueldo mensual 400 dólares; aporte mensual, 82 dólares; fondos de reserva, 370 dólares; decimocuarto sueldo 400 dólares. Total parcial: 1 252 dólares. Gran total: 1 943 dólares, en solo un mes.

Entonces, el empleador deberá llevar toda esta cantidad probablemente en una carretilla; y el IESS dispondrá de nuevos millones para sus gastos; y, una parte, para conceder otro préstamo al Gobierno de turno.

Una declaración pública sobre la penosa situación económica de una parte importante de la población ecuatoriana es la que se difundió el martes 14 de julio indicando que recibirán el Bono de Solidaridad (de pobreza, lo llamaron antes) nada menos que 1 570 000 personas.

Y mientras los neopolíticos, igual que los antiguos, ocupan la mente de las personas con discursos, denuncias, adjetivos y diatribas, el bravo Ministerio del Trabajo registró 3 000 despidos, en el primer trimestre del año; y, hasta junio, 7 000 en total.

Es común la llamada telefónica de un ama de casa a otra pidiéndole ayuda para que alguien ocupe a una doméstica que ha sido despedida, porque su empleador ya no puede pagarle. Igual sucede con empleados de almacenes pequeños y restaurantes que han disminuido sus ventas. Los empleados que quedan deben trabajar jornadas de esclavitud. Una ingeniera comercial de 27 años de edad se queja públicamente que carece de empleo desde enero; y un ciudadano de 40 años revela que ha asistido a 20 entrevistas de trabajo, sin resultado, porque “todos me dicen que 40 años es tarde para empezar en una empresa”. En el suelo y en el subsuelo de la sociedad ecuatoriana, la gente vive dramas de pobreza intensa. Por el lado de los empleadores, las cifras de gastos son mayores que las del ejemplo, porque en realidad nadie percibe aquellos salarios básicos, sino más altos; y sin embargo al trabajador tampoco le alcanza su sueldo y vive  en estado de pobreza y necesidad constante. ¿Cambiará esta  realidad? ¿Cambiará la palabrería por resultados?

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