22 de enero de 2018 00:00

La desnutrición no da tregua en Santa Elena

La doctora Prim­rose Shamute y Wilson Calletano atienden a Gregory, en Pechiche. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

La doctora Prim­rose Shamute y Wilson Calletano atienden a Gregory, en Pechiche. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Elena Paucar
y El Comercio Data (I)

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Su llanto es potente, aunque no ha ganado fuerzas para empezar a caminar. Apenas sintió el frío estetoscopio en su pecho no paró de gritar, a tal punto que sus delgadas costillas se estiraron como un acordeón.

Gregory tiene 1 año y 8 meses pero su talla y peso casi no han variado desde los 6 meses. A esa edad pesaba 7 kilos y medía 70 centímetros; desde entonces ganó 0,6 kilos y 2 centímetros de estatura.

Una carpeta roja guarda la historia clínica del pequeño en el centro de salud de Pechiche, una comuna rural de la parroquia Chanduy, a unos 90 kilómetros de la cabecera cantonal de Santa Elena. El rojo identifica los casos de desnutrición y Gregory fue diagnosticado con desnutrición aguda.

“Son 5 255 niños de 11 000 menores de entre 0 y 5 años que hemos captado. El 47% tiene algún tipo de desnutrición”, explica Jorge Macías, director distrital de Salud, quien recalca que hubo una reducción del 4% en relación con el 2016.

3 347 niños del distrito Santa Elena tienen desnutrición crónica (baja talla para la edad), 1 304 padecen desnutrición global (bajo peso para la edad) y 604 sufren desnutrición aguda (bajo peso y talla). Estas son las categorías que aplica el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

En la provincia, la tasa de desnutrición alcanza el 37,3 por cada 100 infantes. Santa Elena aparece en el tercer lugar en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012-2014.

La atención de casos agudos, como el de Gregory, es la prioridad, porque son más propensos a infecciones respiratorias y estomacales. Por eso reciben consultas domiciliarias y cada 15 días pasan por un chequeo que incluye exámenes, ecografías, consejos nutricionales.

“Hay un grave déficit sociocultural, sumado a la deficiencia económica. Muchos de estos niños son hijos de padres adolescentes, que no tienen idea de una dieta adecuada y se conforman con que tengan la barriga llena con arroz o fideos”, considera Macías.

La casa de Gregory está marcada en un mapa de casos vulnerables, en el centro de salud. Por las continuas visitas, la médico general Primrose Shamute conoce al detalle su vida.

Sabe que sus padres eran adolescentes cuando él nació, que no terminaron el colegio ni trabajan, y que comparten con otros siete familiares una vivienda sin divisiones internas en el barrio Jaime Roldós.

En abril, Gregory recién aprendió a gatear. Desde entonces se arrastra por el suelo para alcanzar sus juguetes; los carros son sus favoritos.

Mariela, su mamá, cuenta que le dan coladas en el desayuno, arroz y puré de vegetales en el almuerzo, -para camuflar el sabor de los medicamentos que le recetan-; y por las noches no hay merienda. En esta casa comen con USD 2 al día.

Al pequeño le prescriben hierro, vitaminas -en especial la C, para el sistema inmunológico-, micronutrientes y sulfato ferroso -un hierro concentrado para la anemia-.

En muchos de los poblados de Santa Elena es difícil acceder a alimentos frescos y variados. Están junto al mar, pero la dieta incluye bajas porciones de pescado. Casi no hay frutas y la carne de res es escasa.

Una camioneta destartalada es el mercado ambulante que recorre las calles arenosas de Pechiche, donde viven 5 700 personas. Ofrece frutas y legumbres polvorientas.

Pocas proteínas y muchos carbohidratos predominan en la mesa de los santaelenenses, como resume la nutricionista Alexandra Díaz. “Hay un bajo consumo de frutas, vegetales y es común el caldo de pescado, con pocas proteínas”.

Para mejorar la dieta de Gregory, los médicos le aconsejaron a Mariela inscribirlo en el Centro Infantil del Buen Vivir (CIBV), de Chanduy. Allí, 18 niños reciben cuatro comidas al día y hay una dieta especial para los cinco pequeños con baja talla y peso. Los casos son detectados en los chequeos médicos de abril y octubre, que son parte de un acuerdo entre los ministerios de Salud e Inclusión Económica y Social.

María Belén Villón coordina ese CIBV y muestra las tablas de nutrición colgadas junto a la entrada. Los nombres de los niños atraviesan la mitad de una línea ascendente.

Las curvas de crecimiento son la herramienta que identifica la desnutrición. Los médicos de Santa Elena las han adaptado porque son europeas y, genéticamente, los habitantes de esta zona costera son de baja estatura. Eso es considerado en los diagnósticos.

En los CIBV (hay 90 en la provincia), los niños con déficit reciben un huevo diario, coladas y una cucharadita de aceite vegetal en el arroz.

Samira parece sumergirse en el plato de sopa que le sirvieron al mediodía. Es la más pequeña de su salón, aunque no por edad. Tiene 2 años y 10 meses y los médicos dicen que debería pesar 12 kilos y alcanzar los 85 centímetros de altura. Según la curva de crecimiento tiene 82 cm y 10 kilos.

Samira luce tímida. Mientras sus compañeros avanzan en un trencito, ella buscó un rincón.

El déficit de aprendizaje es una de las secuelas. Gregory intenta andar pero sus delgadas piernas se enredan. Quiere hablar pero solo balbucea palabras, entre ellas: “mamá”.

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