1 de December de 2010 00:00

Desencanto

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Manuel Terán

Cuando uno transita por los países de la región, mira los reportes televisivos, lee las páginas de sus periódicos y llega a la lamentable conclusión de que algo no se encuentra funcionando. Escándalos, violencia, corrupción, desamparo y pobreza se palpan por doquier. Estados sumidos en casi verdaderas guerras civiles donde los violentos hacen de las suyas y pretenden imponer su propia ley se ven superados sin que las fuerzas del orden puedan reponer la normalidad. Fuerzas Armadas y policías la mayoría de veces están en inferioridad de condiciones ante delincuentes que cuentan con lo último en armamento y aparatos de comunicación. A más de eso, como si fuera poco, las fuerzas del orden muchas veces están socavadas por las pugnas internas y la falta de liderazgo que mina su moral sin mencionar que su tropa en el día a día tiene dificultades para atender las necesidades de sus familias. Sus salarios son bajos y, por ende, la tentación está latente.

En el campo meramente político la corrupción y los intereses no tienen bandera ni ideología. Hemos presenciado una y otra vez cómo gobiernos de todas las tendencias se hunden en el lodazal de los negociados y en las historias de las coimas. Pocos son los que se libran. Precisamente, esos países que poseen mejores índices de transparencia son los que tienen sus economías abiertas a la competencia e instituciones que trabajan con independencia y autonomía de los intereses del poder político.

Mientras mayores libertades existen y se respeta a quienes hacen su trabajo periodístico permitiendo que todos los temas se ventilen a la luz y bajo la observación de la opinión pública se pueden evitar los favoritismos y componendas. De allí que cuando a algunos gobernantes les empiezan a salpicar algunos escándalos comienzan a atacar el trabajo periodístico endilgándoles un activismo político del que la prensa honesta carece.

Sumidos en estas batallas que desgastan la democracia, que la corroen porque los esfuerzos principales no están orientados a lo básico: servir a la comunidad y sus habitantes, el sistema se erosiona. Ahí aparecen voces que empiezan a atacarla porque de una u otra manera afectan a sus intereses. Nada mejor que combatir toda esa tendencia perniciosa con más democracia, sociedades más abiertas e instituciones fuertes que garanticen el imperio de las normas. Los países que progresan demuestran que esas son condiciones fundamentales para crear sociedades más justas e incluyentes. Quizás la tarea con las actuales generaciones se encuentre perdida. Eso hace apuntar a que la tarea fundamental es trabajar con los niños inculcándoles valores para que cuando lleguen a adultos no repitan las conductas de sus mayores que no supieron construir sociedades en las que los beneficios lleguen a las mayorías. Solo así se avanzará sin permanecer indolentes ante una realidad que se resiste al cambio.

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