13 de November de 2009 00:00

Desastre y espectáculo: el mundo llega a su fin

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Pablo Fiallos.  Redactor
 cine@elcomercio.com

Para Stanley Kubrick en ‘2001’, el alineamiento de los planetas implicó un complejo y profundo ejercicio de reflexión sobre la esencia universal del hombre.

En ‘2012’, Roland Emmerich reduce este suceso cósmico al mito maya del fin del mundo. Y en este contexto fatalista, el director de ‘Godzilla’ y ‘El día después de mañana’  realiza quizás la  muestra más grande de cine apocalíptico que se haya hecho en la historia.

Sin embargo, esta definición de grandeza se desarrolla exclusivamente dentro de la dimensión espacial. Emmerich comprende a la perfección la extraña fascinación que siente el espectador por presenciar la destrucción del planeta y, bajo esta premisa, el realizador muestra durante más de dos horas y media el fin de la Tierra desde el punto de vista del espectáculo.

En una historia que mezcla referencias mitológicas con explicaciones científicas, Emmerich repite sin cansancio el mecanismo básico del cine desastre: ubicar un conflicto dramático personal en medio de acción y catástrofes rimbombantes.
 
Un esposo divorciado quiere recuperar a su familia, un joven científico se enamora de una idealista, el presidente de EE.UU. se sacrifica en nombre de la libertad y la justicia... lugares comunes que pretenden ubicar el drama individual, en un escenario sorprendente.

En ‘2012’, una vez más se ubica al individuo frente al universo, en un escenario grandilocuente donde los conflictos emocionales, la acción y la posibilidad de romance brillan, en medio de la histeria colectiva, la destrucción y el caos.

‘2012’  entretiene y alucina, por su impresionante forma visual  y sus efectos. Y, además, tiene un par de pasajes, como la crítica a Arnold Schwarzenegger, que conectan con  los conflictos de la actualidad, con las  referencias religiosas (como el arca como símbolo de salvación) y con ligeros ataques al poder. Pero, al final, Emmerich no alcanza a sobrepasar el estereotipo y la fórmula que hacen  que este inmenso espectáculo no sea más que un ‘gran’  show previsible y repetido.

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