1 de mayo de 2016 16:53

Las demoliciones traen desesperanza en Pedernales

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Sara Ortiz (I)

Hay palabras que se volvieron parte de la cotidianidad de los habitantes de Pedernales. Oruga es una de ellas. No se refieren a la larva, sino a las retroexcavadoras, más concretamente a los anillos que forman una banda metálica y que al dar la vuelta permiten que estas máquinas se movilicen sobre las polvorientas calles de la cuidad manabita.

15 días después del terremoto que destruyera el 90% de la infraestructura de la ciudad, el sonido de las orugas es el sonido de la desesperanza.

"No hemos encontrado ni humanos y mucho menos personas con vida", aseguraba la tarde de este 30 de abril del 2016, Reinaldo Lanchingre, director del Cuerpo de Bomberos de Pedernales.

Las retroexcavadoras que operan en la ciudad, unas 18, se deslizan entre edificios y casas reducidos en pedazos de concreto, de acero y vidrios. Con cada paso se escucha como un grito, un crujir intenso y agudo que es el resultado de la fricción entre la oruga y el acero retorcido.

Rafael Barreño pasó la tarde de este sábado al frente de lo que queda del hotel de cuatro pisos de su padre. Tres retroexcavadoras y una volqueta trabajaron todo el día para derribarlo. Pero no lo lograron. "Es como una lenta agonía ver que los 10 años de trabajo se terminan así", dijo.

El oficial Gonzalo Cordero, del Cuerpo de Ingenieros del Ejercito, detalla que en esta primera fase de derrocamiento se han identificado 29 estructuras que por su grave daño necesitan ser derrocadas de inmediato. Pero en toda la ciudad hay 1 158 inmuebles destruidos y que el único fin es convertirse en escombros.

En el edificio de la familia de Rafael, ubicado en las calles Eloy Alfaro y Simón Palacios, todavía hay cosas que se pueden salvar. Pero ya es tarde, los brazos metálicos, más palabras que ahora conocen los damnificados, golpeaban con fuerza las columnas, techos y paredes de los tres pisos que siguen de pie (el primero se desplomó).

Hacían que la estructura tambaleara, pero nada más. Los operarios aumentaron la fuerza e incluso con cada golpe al edificio, las máquinas se levantaban unos centímetros del suelo.

En toda la ciudad, como ruido de fondo, se escuchaban las demoliciones, el olor en el ambiente correspondía a aguas empozadas y a pescado podrido.

Un grupo de personas reunidas en frente del hotel esperaba que ya por fin caiga todo el edificio. "Ya van seis horas de trabajo. Pero el Todopoderoso solo tardó 48 segundos", comentaba un hombre.

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