11 de March de 2010 00:00

La danza espiritual mueve el Festival 2010

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Redacción Cultura

El público, inmerso  en su   cotidianidad, ha tomado asiento. La iluminación, el color y la  música invitan a la contemplación de los movimientos que se aprecian  sobre escena. Entonces, el espacio adquiere la atmósfera de un templo, cuya solemnidad se rompe solo con el aplauso final.

El Festival Internacional Mujeres en la Danza, a más de presentar las tendencias contemporáneas de este  arte,   ha mantenido  expresiones de mística.

En ellas, los artistas invitados  ofrendan su cuerpo al ritual, y adaptan sus formas para el hecho escénico  y el goce estético de  la audiencia.

En la octava edición de este encuentro, las danzas   butoh y  sufí han vuelto a compartir cartel. Lo hacen con los recitales giratorios del turco Ziya Azazi y con los unipersonales del chileno Iko Lee Rojas y la ecuatoriana Susana Reyes, directora del Fimed.

Estas  manifestaciones culturales, que provienen desde latitudes  distantes, conjugan los recursos de la puesta en escena y el espectáculo con los valores de lo sagrado y  lo espiritual, valores que se expresan desde la tradición, el contexto social y el carácter simbólico de sus elementos.

Butoh
El butoh, una danza  para renacer en un nuevo cuerpo

Tras el bombardeo a Hiroshima y Nagasaki, en el Japón de la posguerra, se inició una de las manifestaciones artísticas más trascendentales de la isla: la danza butoh.

El choque destructivo de Occidente y Oriente motivó la reflexión sobre las relaciones entre  la  materia y el espíritu, y  para que el hombre   sobreviva fue necesario renacer   desde las tinieblas dejadas por la guerra.

Esto  conllevó a  la búsqueda de un nuevo cuerpo. “El cuerpo que nos ha sido robado”, como dijo  Tatsumi Hijitaka, maestro que junto a Kazuo Ohno,  comenzó   el butoh.  Las posibilidades de esta danza se hallan en una serie de acciones simples y naturales, pero requieren de   capacidad corporal.

 Estos son extremadamente lentos, en su desarrollo se coordinan  cabeza,  muñecas,  piernas y  tobillos. Los ojos, a menudo desorbitados, buscan mirar hacia adentro, dialogar con el interior.  Además,  el butoh propone una reflexión del cuerpo sobre el cuerpo: mediante la improvisación,  deja que él hable por sí mismo. La idea es no pensar el hecho, si no sentirlo.

Durante la búsqueda de la nueva estructura física, el bailarín deviene en distintos objetos, figuras o cuerpos, es flor, es animal, es agua o polvo, hasta que  halla su lugar en el cosmos. 

Para extraerse de elementos externos, no hay decorado o vestuario determinado; generalmente, el intérprete esta desnudo o con el cuerpo vestido o  pintado de blanco. La belleza que expresa contiene una distinción silenciosa y recatada.

El butoh llegó a Latinoamérica en los  ochenta, la mayoría de representantes está en  Argentina y Chile. La ecuatoriana Susana Reyes (fotos), lo conjugó  con  valores étnicos  andinos y propone un  butoh  andino.

Sufí
La danza sufí busca a Dios con los giros del cuerpo

Desde las arenas del norte de África y de Oriente Medio, los derviches (sufís islámicos) buscaban contactar  con su Dios. Para ello, debían  despojarse de todo lo mundano, purificarse y ascender a los cielos.

El sufismo se originó en Persia y se desarrolló con el  Islam. Dentro de sus manifestaciones místicas se incluyen la meditación, la oración, el ayuno, la música, la poesía, los cuentos y la danza. Esta última busca la comunión con la deidad a partir de giros  sobre un mismo eje y en dirección al corazón, los cuales  permiten llegar a un estado de  éxtasis. El giro también halla similitudes con el movimiento de los planetas.

La mano derecha del bailarín se coloca extendida hacia lo alto con la palma ‘mirando’ hacia el cielo, mientras que la mano izquierda se dirige hacia la tierra. De esta manera el hombre se convierte en un mediador entre ambos mundos, entre  lo infinito y lo finito, recibe bendiciones y  las reparte a sus pares. 

Para  convertirse en ese mediador, el bailarín debe vaciarse, purificarse. Por ello, lleva simbólicamente largas faldas de lino o algodón, llamadas tanuras, que llegan a pesar  13 kilos.

Estas representan a su  alma, en un inicio cargada de aspectos mundanos, pero mediante   los giros, tras  darse  golpes en el pecho y mesarse los cabellos, llega a limpiarse y a elevarse hacia los cielos. En algunas danzas también se llevan gorros cónicos que fungen de mortajas para el ego.  

La danza se practica en grupos o en solitario, sus exponentes se distribuyen en Egipto y Turquía. Ziya Azazi realiza la danza hasta con tres tanuras de diversos colores que pintan su espectáculo, juegan con el espacio escénico y  la luz.

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