2 de May de 2015 19:12

79 días sin saber por qué quemaron a su hijo

En el parque de Machachi, Susana Amagua pide que se aclare la muerte de su hijo y que estos hecho no vuelvan a ocurrir.
En el parque de Machachi, Susana Amagua pide que se aclare la muerte de su hijo y que estos hecho no vuelvan a ocurrir. Foto: EL COMERCIO
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Redacción Seguridad

La pequeña bicicleta de cartón y los dos ramos de flores artificiales están en la tumba de Daniel Caiza. Esos adornos fueron colocados por sus amigos de ciclismo, mientras lo sepultaban hace 79 días. Esta semana, su madre y su hermana regresaron al cementerio general de Machachi (Pichincha).

Susana Amagua acarició las puertas de vidrio del mausoleo familiar en donde están los restos de su hijo. Las lágrimas volvieron y las escenas de ese 16 de febrero también. Esa madrugada de Carnaval, cinco personas lo golpearon e incineraron. Estuvo hospitalizado y falleció cinco días después.

En todo el tiempo que ha pasado, su madre no logra entender por qué le prendieron fuego. La Fiscalía sostiene que Daniel fue golpeado por un grupo de personas en la madrugada cuando caminaba hacia su casa. Le acusaron de haber roto un vidrio, pero hasta ahora este detalle no se ha comprobado. Sin embargo, hay tres personas sospechosas del crimen. Dos se encuentran detenidas y una más guarda prisión domiciliaria porque se trata de una mujer en estado de gestación.


Antes de ser quemado, el joven había jugado dos partidos de fútbol: en Machachi y en Tambillo. Cerca de las 21:00 llamó por teléfono a su mamá y le dijo que estaba en la casa de su cuñado, con el resto del equipo. Esa fue la última vez que hablaron los dos.

En la casa donde vivía el joven, sus fotos están rodeadas de medallas.


Los logros que tuvo en el ciclismo lo llevaron a representar a la provincia de Pichincha.


Las dos bicicletas que tenía están guardadas en una esquina. Jorge Caiza recuerda que desde los 7 años se enamoró de ese deporte. Y lo costoso de los equipos no impidió que participara en más de 100 competencias en diferentes provincias. Sus papás tuvieron que hacer préstamos para comprarle su primera bicicleta rutera que costaba más de USD 2 000.


Esos detalles también quedaron en el domicilio de César Casa, su entrenador. A su vivienda la llamaba “el nido”, pues ahí se encontraban los Águilas Azules, el equipo de ciclismo al que representaba. 
En esa casa aún está el trofeo que ganaron en un competencia hace un año. En la sala están más recuerdos de todo el trabajo que se hizo para que el joven llegara a ser campeón nacional prejuvenil en el 2007.

Daniel recorría todos los días 220 kilómetros en la carretera.

Las rutas estaban trazadas con anticipación: Machachi-Pifo o Machachi-Latacunga. En las competencias siempre repetía la frase: “Yo soy Machachi, yo soy Mejía”.

Casa conoció a Daniel desde niño, cuando jugaba con sus hijos en las calles polvorientas del barrio Pinllocruz. “Aquí era su segunda casa; cuando ganaba una carrera y recibía un premio me invitaba a comer como agradecimiento”.


Horas antes de ser atacado habían hablado por teléfono con su hijo menor. “Cuidaraste” fue la última palabra que Daniel le dijo antes de colgar.


No era su fuerte, pero en el fútbol también intentaba destacarse. Todos los fines de semana jugaba en la Liga de Mejía y creó un equipo con integrantes solamente de la familia. 


Estefanía recuerda que su hermano jugaba como delantero. Después de su muerte, todos los jugadores pronuncian su nombre antes de comenzar. La cancha en la que jugaba está a tres cuadras de su casa. “Aquí jugaba mi hijo”, dice Susana.

Pero el deporte no fue su única pasión. La gastronomía era parte de su vida. Precisamente cuando falleció ya estaba en tercer semestre de la Universidad de Las Américas. Las técnicas que había aprendido las reflejaba en cada fiesta familiar. En el bautizo de su hermana menor, él fue quien cocinó.

La combinación de papas con salsa de vegetales y pollo al horno cautivó el paladar de los invitados. Todos le dijeron que le iría bien en la cocina.


“El sueño de mi hijo siempre fue ponerse un restaurante en el cantón; me decía que ya no me quería ver trabajando y por eso me iba a dar que yo administre el local”, recuerda.


De regreso, desde el cementerio, ella pasó por las calles donde hace dos años bailaron en el Paseo del Chagra. Se quedó en silencio y lloró. Estefanía tampoco podía hablar.


Se tapó la cara con las manos y se quedó parada. Poco a poco se tranquilizaron y la hermana recordó cómo era él.

"Un día nos fuimos a competir en Santo Domingo, pero no teníamos plata. Entonces me dijo: uno de los dos tiene que ganar para poder al menos comer. Entonces, él quedó en cuarto lugar y yo gané en tercer lugar. Me dieron USD 30 y con eso nos fuimos a comer pollo asado”.

10 minutos después llegaron al lugar en donde fue atacado. Lo único que dijo fue: “ahí es en donde le quemaron a mi hijito”. Esa madrugada, ella dormía y apenas escuchó que una persona le gritaba desde la calle. Estaba desesperada. “Susana despierta, despierta. A Daniel le quemaron”. Estaba asustada, despertó a su esposo y la hija y corrieron a la calle.


Eran las 03:00. El joven había alcanzado a llegar a la casa de un familiar. Cuando los papás lo vieron, el joven gritaba de dolor; tenía ampollas en todo el cuerpo. La ropa estaba destrozada. Cogieron el carro, lo subieron despacio y lo llevaron a Quito. No pudo más y murió en una cama del hospital.

En contexto

La Policía busca a dos personas sospechosas de su muerte. Ellas están prófugas de la justicia. En la investigación, testigos confirmaron que un grupo de 10 o 12 personas atacó al joven. 
 Una semana después se realizó una marcha para pedir más seguridad Machachi.

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