2 de December de 2009 00:00

Danbury, donde los inmigrantes alivian la nostalgia con el fútbol

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Olga Imbaquingo, Corresponsal en New York

Miles de ecuatorianos, más de unos 5 000, que viven en la ciudad tienen a sus hijos e hijas, sus esposas o hermanas, tíos, sobrinos y padres jugando fútbol con la camiseta Gañansol, Principal, Santa Isabel o Guapán.

Esos son los pueblos de donde vienen para trabajar en la construcción, en los restaurantes o acicalando jardines de los adinerados de la zona. Después del trabajo o tras los interminables días de desempleo es en el fútbol donde encuentran un refugio en estos tiempos de crisis económica.

Hay más de 100 equipos y los organizadores de los campeonatos de verano e invierno no saben qué hacer para incluir a más conjuntos en el apretado calendario de torneos.

“La gran demanda y la falta de canchas nos obligó a poner en el reglamento que los nuevos equipos deben esperar un año y participar como socios en actividades cívicas y en los festivales de la ciudad antes de entrar al campeonato”, dice Eugenio Zhiñin.

Zhiñin, coordinador de deportes del Comité Cívico Ecuatoriano, hace de mago para lograr que los 51 equipos (20 de jóvenes, 11 sub 38, 10 de mujeres, siete de niños y tres de niñas) que juegan bajo el respaldo del Comité tengan cancha segura.

Además de los ecuatorianos, los mexicanos, brasileños y portugueses quieren participar en los torneos, pero el reglamento permite que solo haya dos extranjeros por equipo.

Son las 17:00 del tercer sábado de noviembre en el Jean Pierre Memorial Field. Es noche de indorfútbol del campeonato de invierno del Club Gañansol, que reúne a unos 46 equipos. Hay alegría, olor a fritada y guatita, que esa noche se vende y todo lo que se gane es para ayudar a una pareja de ancianos en calamidad.

Salen los primeros rivales. El partido dura 40 minutos y esto es como un horno de hacer pan: una tras otra desfilan las horneadas de futbolistas listos para el siguiente partido.

A las 21:00 no hay donde sentarse en los graderíos. El rostro de la hinchada cambia con cada partido. Las barras las integran las esposas, los hijos, amigos y vecinos. Entre ellos está Alicia Galarza, vino a ver a su hermano.

“Así nos sacamos el estrés. En el austro trabajábamos en el campo y nunca faltaba que hacer. Aquí es del trabajo a la casa y a veces esa rutina nos enloquece. Al menos aquí nos encontramos con los amigos”, es la respuesta de Galarza y en ella se encierra el sentir de más de una docena de ecuatorianos con los que habló este Diario.

Galarza cuenta que dos de sus hermanas juegan en un equipo femenino del torneo del Club Gañansol. “Yo todavía no me animo en serio, pero cuando armamos un equipo en casa sí juego y cada vez me está gustando más”.

Lourdes Córdova está avivando a su esposo que juega en el Barcelona. “Mi hermano es ciego y es dueño del equipo, mi tío, mi primo también juegan en este conjunto”, dice.

Cuando son las 23:00 la pasarela de fútbol sigue sacando equipos y marcando goles. “No podemos perder tiempo, porque son muchos equipos y pagamos 125 dólares la hora por ocupar éstas instalaciones”, cuenta Ángel Vargas, socio del Club Gañansol.

A esa misma hora en otra cancha, la del YMCA, avanza el torneo de infantil. Se  disputan la copa del Future Championship League, con 23 equipos, entre los ocho y 15 años.

Jaime Peláez del Principal Sporting Club organiza ese campeonato. “Vamos por el segundo año y tenemos 250 niños. Aceptamos de todas las nacionalidades, pero la mayoría son hijos de ecuatorianos”.

La meta es alejarlos de las drogas, la televisión y los juegos electrónicos. Si no fuera por el fútbol, Lenin Galarza de 10 años a esa hora estaría en la computadora, a cambio tuvo un día de gloria: “ésta noche ganamos 5-4, pero con el equipo que jugué la mañana metí dos goles”.

Los inmigrantes cuando se van del Ecuador se llevan su amor por el fútbol. Los hijos de la primera oleada que llegaron a Danbury están en colegio y también patean la pelota.

José Galarza lo ve así: “con el ejemplo les hemos pasado ésta herencia. Hablan inglés y español, comen mote y hamburguesas, pero solo juegan un deporte, el fútbol”. Y así hasta la media noche cuando termina el último partido y se apaga la luz.

Al día siguiente, la fábrica de fútbol de Dánbury volverá, como cada fin de semana hasta mayo, cuando dará comienzo el campeonato de verano y dejarán los coliseos para volver a las canchas al ire libre.

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