9 de April de 2010 00:00

El damnificado busca sus pertenencias

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Diego Montenegro A.
Enviado a Tena

Cuando lo encontró lo apretó contra su pecho y se desató en llanto. El oso de peluche estaba cubierto de lodo y sin ojos, pero eso no  importó a Anaís Urbina.
No quería soltarlo y parecía que en medio de la desgracia había encontrado su tesoro más preciado. Su reacción  fue la misma luego de que sus hermanos sacaron de entre la maleza varias prendas de vestir que estaban intactas y saltaron de alegría al comprobar que ya tenían con qué cambiarse.



Cinco  comedores
En Tena  se habilitaron cinco comedores comunitarios para los afectados. Unas  300 personas llegan a desayunar y a almorzar a diario en esos sitios. 
El río Tena   también destruyó la infraestructura de siete hosterías. Además, tienen afectaciones los edificios del Banco del Austro,  Ministerio de Transporte y del Servicio de Rentas Internas.
En la vía Baeza-Tena   hay constantes deslaves. Por ello, el paso  vehicular se interrumpe frecuentemente en el día.

En la madrugada del  martes, Anaís estuvo al borde de la muerte. Tiene 22 años y padece de parálisis cerebral. Su dificultad para hablar no le permite contar lo que vivió mientras el río Tena se desbordaba. Su madre Danila Ortiz  cree que fue un milagro.
 
Eran las 02:00 y el agua empezó a golpear con fuerza  las paredes de su casa, el desesperado grito de los vecinos alertó la tragedia.
 
Sus otros cuatro hijos salieron en ropa interior a la calle  y ella se quedó con Anaís suplicando ayuda. “Grité, grité y grité hasta que unos vecinos se compadecieron y entraron a la casa para ayudarme a sacar a mi hija...”.

Minutos después, la casa se fue al piso. Anaís vive en el barrio Bellavista Bajo, en Tena. Ayer, los vecinos removían el lodo que se acumuló en las calles, con el anhelo de encontrar sus pertenencias. Una tarea dura, muy dura, porque entre los escombros y la palizada solo había electrodomésticos quemados, muebles destruidos, pedazos de ropas y muñecos mutilados.

Guillermo Huiquilamba no se daba por vencido. Tenía el torso desnudo y el sudor mojaba su pecho. Se levantó a las 05:00 y con una fortaleza inquebrantable alzaba los troncos de los árboles, arrumaba las piedras y removía el lodo con una pala. Su idea era encontrar una cajita de madera en la cual tenía guardados USD 35.
 
Él vende pinchos en las calles de Tena. La correntada se llevó la  refrigeradora que estaba llena de carnes, el carrito y sus  ahorros. “Si no hallo esa plata no sé qué haré, mis hijos ya quieren comer”.

Ayer, la Defensa Civil de Napo informó que hay 1021 familias damnificadas por el desbordamiento de los ríos Tena y Pano, que afectaron a la capital provincial. Hay 111 casas destruidas y 90 personas albergadas.
 
Galo Miño, coordinador de la entidad, reconoció que esas cifras se incrementarán porque aún no se levanta la información en las comunidades asentadas en las riberas del  Napo. Este  río divide en dos a la capital provincial y los 11 barrios asentados en las orillas están  devastados (en toda la ciudad hay 64 legalizados).

El Parque Amazónico, el principal ícono turístico de la zona urbana, quedó en ruinas. Del puente que unía al malecón con el sitio quedaron solo las columnas con los hierros retorcidos. Las chozas fueron arrasadas y sin animales.
 
En el malecón aún permanecen los inmensos árboles que fueron derivados por el agua. El piso está fisurado y las barandas de protección, en pedazos.
Anaís no quiere soltar su deteriorado oso, lo acaricia, lo mira con ternura y le sonríe. Su madre dice que ese hallazgo devolvió la alegría a su hija. “El muñeco es su compañero”. Su  barrio  parecería que  alista un trasteo colectivo: muebles, enseres, ropa y electrodomésticos están en las veredas.
María  Díaz tenía en su casa decenas de pares de zapatos para venderlos. Acostumbraba a recorrer las parroquias con su esposo ofreciendo la mercadería, en un camión Daihatsun año 1982.
 
El motor del automotor está cubierto de lodo y no se enciende y los zapatos deben estar enterrados en algún lugar. Anaís también está descalza, pero no le importa caminar entre el lodo para llegar a la lavandería. Con delicadeza cepilla la felpa del oso, mientras Guillermo se pierde entre la montaña de palizada, buscando su cajita de madera.

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