17 de July de 2009 00:00

En Cumandá hubo nostalgia en el trasteo

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Redacción Quito

Los gritos de los oficiales llamando por pasajeros y las voces de niños se confundían con el fuerte estruendo de taladros y martillazos en la terminal de Cumandá, en el Centro.

A las 22:00 del miércoles, el flujo de pasajeros en la estación fue normal. Pero los comerciantes vivieron una situación distinta. Fue la última noche que trabajaron en la estación. La mudanza hacia las nuevas terminales de Quitumbe y Carcelén al fin se concretó y pusieron fin a 23 años de operación. 



172 locales
tenía Cumandá. Los comerciantes fueron a las nuevas terminales. Damaris P. ayudaba a su madre, Dolores Piedra, comerciante de la terminal terrestre, a apilar varias cajas de cartón y madera vacías. Ambas desmontaban un quiosco de confites, en el primer piso de la estación. 

Damaris se encargaba de bajar las fundas de caramelos de las estanterías de madera. Un poncho azul y rayas blancas y un gorro rosado de lana la protegían  del frío, mientras realizaba el trasteo. Piedra tomó un descanso. El ajetreo de acomodar los dulces, chocolates, botellas de agua, colas... en más de 20 cajas de cartón la agotaron. 

El cansancio por el traslado y el bullicio también afectaron a Teresa Ruiloba. La mujer trabajó durante 22 años en la estación. “Aquí nacieron mis siete hijos. Con mi trabajo les eduqué y ahora tenemos que irnos”. La insuficiencia renal que padece la limitó en el trasteo. Sentada en una silla de madera roja, observaba y dirigía la mudanza. Su hija menor la ayudaba. 

Marco Padilla también miraba cómo su hijo desmontaba la estantería de madera de su tienda de abastos. Fueron necesarios varios martillazos y fuerza para desbaratar la repisa.

A las 10:30, al hombre de cabellera blanca y lentes solo hacía falta cargar la mercadería en una camioneta. “Todavía no iré a Quitumbe. Ni siquiera conozco el local que me asignaron. Todo irá hacia mi casa”.

A diferencia de Padilla, Tania Morales, otra comerciante, llevó esa misma noche toda su mercadería hacia la estación del sur. A las 23:00 los productos estaban empacados y la basura apilada frente al negocio. Sus dos hijos Shantal de 12  y Santiago de 10 la ayudaron en el traslado.

Ellos arrastraban las cajas vacías como juego. Lo hacían con otros cinco niños. Morales no dejó de vender a los pocos pasajeros que todavía llegaban;  cigarrillos y caramelos se ofertaban. “Espero que Dios nos ayude y nos vaya bien en Carcelén”.

A las 23:15, Rodrigo Rosero despachó la última unidad de la operadora Expreso Tulcán. En las paredes llenas de polvo y esmog de la boletería  solo colgaba un calendario. “En Carcelén trabajaremos en peores condiciones. Pero si ya nos mandan  ¡qué podemos hacer sino resignarnos! Extrañaré este lugar”.

Pero Katy Ruales, una de las últimas usuarias del Cumandá, señaló que no extrañará el lugar. “Siempre fue peligroso. No se podía caminar tranquila por miedo a que nos asalten”.

Los gritos de los oficiales de los buses mermaron. Pero el bullicio del trasteo y los gritos de los niños perduraron hasta entrada la medianoche. A esa hora, en la terminal de Quitumbe, el ambiente fue más tranquilo. 

Algunos comerciantes se instalaron, sin mucho estruendo y con más calma. Miriam Cabezas, de 50 años, instalaba las estanterías de madera en el nuevo local. “Aquí nos quedamos hasta dejar todo listo. Porque abrimos apenas amanezca”.

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