28 de abril del 2015 00:00

El cultivo de coca atrae a más campesinos del lado ecuatoriano

Siembra coca

Familias enteras de la frontera norte viven de la siembra de hojas de coca. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

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Diego Bravo
Redactor
dbravo@elcomercio.com (I)

La vieja lancha de madera y fibra de vidrio navega por el San Miguel, un río que marca la frontera entre Ecuador y Colombia, en la Amazonía. Desde allí se observan las hectáreas de plantaciones de hoja de coca que nacen desde las faldas de pequeñas montañas colombianas y llegan hasta las orillas.

Eran las 10:00 del jueves y ya había pasado una hora y media desde que la embarcación zarpó desde puerto General Farfán, en Sucumbíos, hasta llegar a Puerto Mestanza, el segundo poblado ecuatoriano de la frontera, a donde se llega en lancha.

Al frente, del lado colombiano, se levantan pequeños caseríos con viviendas de madera en las que aparecen leyendas a favor de las FARC. Las frases, pintadas con espray en las paredes, dan mensajes como este: “FARC EP, Ejército del Pueblo”, “La lucha continúa”. Dos kilómetros más abajo se levantó un letrero de cuatro metros que luce descolorido, con las fotos de los comandantes de la guerrilla y la leyenda: “Antes vencimos y siempre venceremos”.

En esa zona opera el frente 48 de las FARC y el mapa de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc) ha identificado que en el departamento del Putumayo (en el vecino país), el cultivo de la hoja de coca es la principal actividad, que, pese a ser ilegal, capta a los campesinos.

Datos levantados por la Unión de Comunidades de la Frontera Norte Viva del Ecuador refieren que el 70% de la gente que incluso vive en el lado ecuatoriano se dedica a esa actividad. Y advierte que lo hacen por subsistencia.

Virginia es unas de las personas que trabaja en esas plantaciones. La mujer de 44 años vive en el sitio desde 1995 y ese jueves barría su casa de madera. Al principio se mostró nerviosa, pero luego comenzó a detallar qué hace en los sembradíos. Trabaja como cocinera, desde las 08:00 hasta las 15:00, de lunes a sábado.

Por esa tarea gana 20 000 pesos diarios (USD 8,88), que le alcanza solo para la comida de sus cuatro hijos. De lo que recibe por cada jornada, tiene que pagar USD 2 de transporte desde su casa hasta Colombia.

Su esposo falleció el año pasado en el vecino país, luego de recibir disparos cuando se fue a trabajar como peón en otro sembradío. Él se encargaba de limpiar las hojas de coca, poner fertilizantes, remover la tierra y sacar maleza. También era raspachín, es decir, recolector. Por esta tarea le pagaban 2 000 pesos al día y los invertía en víveres para su casa, aunque los precios se duplican en la frontera.

Por ejemplo, un litro de aceite que en la ciudad cuesta USD 4,77 en la frontera alcanza los USD 8,44. Lo mismo pasa con los enlatados, agua, fideos, etc.

Pero, ¿qué se hace con las hojas de coca recolectadas que salen de los sembradíos? En las investigaciones de Naciones Unidas se estableció que, tras la aparición de tres nuevas especies de hoja, como la Pringa María, Amarga o Caturra, cada arroba puede valer USD 26.

El procesamiento de la hoja

En un cuarto de paredes blancas, un alto oficial de la Policía colombiana muestra un mapa que está sobre su escritorio y detalla que en los puntos fronterizos de Colombia se siembra la hoja de coca, la comercializan y es llevada a los laboratorios de procesamiento. La cosecha se vende a bandas del narcotráfico o a la guerrilla.

Luego de que las hojas de coca son procesadas en los laboratorios y se convierten en droga, las mafias cruzan la frontera -añade el uniformado- para trasladarla a Ecuador. Luego, esta pasa a los puertos para que la embarquen con dirección a México o Estados Unidos.

La gente de los puertos ecuatorianos y colombianos ubicados en las orillas del río San Miguel saben que los laboratorios de procesamiento están en el vecino país, instalados en las faldas de las montañas. Algunos incluso se ubican junto a las plantaciones de hoja de coca.

Prefieren no hablar sobre el tema y admiten que viven como raspachines. Uno de ellos es Octavio, tiene 18 años, y es hijo de Virginia.

El joven sabe que es ilegal colaborar en los sembradíos de hoja de coca, pero asegura que no hay otra actividad para sobrevivir. “Desde que se dieron las fumigaciones con glifosato, la producción de yuca, plátano y maíz no es la misma. Tenemos que ganar algo para vivir”. Se queja que el ganado se enferma o muere por los químicos.

En los dedos de su mano se pone taipe, para no lastimarse mientras saca las hojas.

Un viejo teléfono celular del que suenan vallenatos lo acompaña mientras trabaja como jornalero. Cuando hay trabajo, pasa la mañana y tarde en las plantaciones del lado colombiano, pero la semana pasada se quedó en la casa junto a su madre. Quiere conseguir trabajo rápido para viajar a Lago Agrio para comprarse ropa, utensilios de aseo, comida...

Junto a su casa fue construida la vivienda de sus vecinos. En las paredes de la nueva edificación aparece un mensaje de la guerrilla: “El reclutamiento de los jóvenes es voluntario”.

Dos chicos decidieron irse por su cuenta y después desertaron porque no les gustó la vida militar. Ahora se dedican a recolectar hoja de coca en plantaciones que pagan por el peso del producto recogido. Por cada arroba les pagan 5 000 pesos (USD 2,20). “Un buen cosechero alcanza las 20 arrobas en un día y obtiene USD 44,40”, cuenta uno de ellos.

En contexto


En este momento, Colombia y las FARC están en plena negociación, en Cuba. Este proceso se alteró luego del asesinato de 11 militares. Sin embargo, después los acercamientos continuaron. En las poblaciones fronterizas hay temor de que vuelvan los fuertes bombardeos de los guerrilleros.

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