24 de septiembre de 2015 00:00

Las cruces perduran en la zona rural de Azuay

Segundo Fernández colocó una cruz en una casa de la parroquia cuencana de Tarqui. Estos elementos son elaborados en hierro forjado, mármol o piedra. Foto: Lineida Castillo/EL COMERCIO.

Segundo Fernández colocó una cruz en una casa de la parroquia cuencana de Tarqui. Estos elementos son elaborados en hierro forjado, mármol o piedra. Foto: Lineida Castillo/EL COMERCIO.

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Jackeline Beltrán
(F-Contenido Intercultural)

Sobre los tejados de las viviendas de adobe o cemento, de sectores rurales de Azuay, hay un símbolo que a sus propietarios les recuerda la fe que tienen en un ser todopoderoso. Es la cruz, que se coloca en la parte más alta para proteger a la familia.

Cuando se estrena una vivienda hay una celebración pomposa que se denomina ‘huasipichai’ con comida abundante, baile y compadrazgo. Es una tradición que perdura y los indígenas y campesinos confían que esa cruz, que se ubica en esa ocasión, les librará de todo mal. Es decir, desde robos hasta desastres naturales.

Eso le enseñaron a María Campoverde desde su infancia. Por ello hace dos meses cuando terminó de construir su casa en la parroquia Sidcay, visitó a su hermano René con una bandeja de cuy con papas para pedir que “dé entechando la casa”. Él aceptó y mandó a elaborar una cruz de hierro para bautizarla.

Ella, por su parte, se encargó de preparar el ‘huasipichai’, que en su familia es tan importante como la construcción de la vivienda. “La casita tenía que estar bendecida como lo hemos hecho siempre en la familia”, dice Campoverde.

La fiesta fue un domingo, pero desde la tarde del sábado, las ollas de barro cocían el maíz pelado. Hubo caldo de gallina, cerdo hornado y dulce de higo con queso. El ‘huasipichai’ de Campoverde y su esposo Juan Solís reunió a la familia, que hace tiempo no participaba en una celebración de este tipo.

Primero acudieron a una misa en la iglesia parroquial y luego se dirigieron a la nueva casa con la cruz ya bendecida. El compadre, René Campoverde, se encargó de colocarla en la parte más alta del tejado.

Segundo Fernández colocó una cruz en una casa de la parroquia cuencana de Tarqui. Estos elementos son elaborados en hierro forjado, mármol o piedra. Foto: Xavier Caivinagua/EL COMERCIO.

Desde allí lanzó los capillos: USD 10 en monedas de centavos o 1. La idea fue cumplir todos los ritos de la fiesta.

Las cruces son elaboradas en hierro, mármol o piedra. Aunque las creencias varían, todas están relacionadas con la fe. “Hay gente que piensa que la cruz atrae a los rayos y la ponen para evitar que caigan sobre las personas. Eso dijeron los españoles cuando trajeron la religión”, dice el artesano Jorge Gutiérrez, quien elabora estos objetos en el barrio El Vado.

Él cuenta que por esa razón las cruces antiguas tenían oro, plata y bronce en cada uno de sus tres extremos, a excepción de la parte inferior porque solo sirve para ajustarla al techo. “Los antepasados decían que los metales atraen al rayo, pero ahora ya no se piensa así”, añade Gutiérrez.

Para los cristianos, la cruz es un símbolo de consagración a Dios, dice el historiador cuencano Juan Cordero. Una devoción que llegó a la ciudad con los españoles, quienes colocaban cruces en los límites de la urbe, mientras que el ‘huasipichai’ es aborigen. Es una palabra kichwa que significa “barrer la casa” o “ceremonia para estrenar la casa”.

Antes esas celebraciones se realizaban de acuerdo con las posibilidades económicas de la familia. Es decir, desde ceremonias íntimas con parientes cercanas hasta fiestas acaudaladas en las que se acostumbraba a regar licor, arroz y dar importantes sumas de dinero.

Los capillos son un símbolo con el que se pretende buena fortuna para la vivienda. Aunque la costumbre de entechar las casas y celebrar el ‘huasipichai’ ha disminuido, Cordero asegura que la tradición se mantiene en la zona rural.

Segundo Fernández colocó una cruz en una casa de la parroquia cuencana de Tarqui. Estos elementos son elaborados en hierro forjado, mármol o piedra. Foto: Xavier Caivinagua/EL COMERCIO.

Él considera que en la ciudad esta práctica mermó por la forma en la que ahora se construyen las casas. “Otra forma de arquitectura está de moda y en los edificios de varios pisos ya no se puede colocar la cruz”.

El ‘huasipichai’ es una celebración más frecuente entre los campesinos, coincide una investigación de la historiadora Gloria Pesántez, sobre el uso de las cruces en el Azuay. Ella señala que existe otro acto común en los hogares cuencanos, que es colocar una cruz pequeña tras la puerta principal para que proteja al hogar.

Las cruces son obras de arte y tienen una variada decoración. Estos objetos se decoran con motivos religiosos como gallos, que representa la negación de Pedro a Jesús, escenas de la pasión de Cristo, el corazón de Jesús, entre otras representaciones. También hay aves como gorriones o palomas e, incluso, diseños libres u hojas.

En contexto

Por la creencia religiosa, los indígenas y campesinos colocan las cruces en el techo en la celebración de inauguración de las viviendas. La intención es que este símbolo proteja a la familia de robos, desastres naturales, rayos... Se elaboran en piedra, hierro o mármol.

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