18 de febrero de 2018 00:05

Dar la contra es estar alerta

Cristina Burneo, sentada en las gradas del edificio Eugenio Espejo de la Universidad Andina Simón Bolívar, donde da clases en el Área de Letras y Estudios Culturales.

Cristina Burneo, sentada en las gradas del edificio Eugenio Espejo de la Universidad Andina Simón Bolívar, donde da clases en el Área de Letras y Estudios Culturales. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán
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Cristina Burneo es una peleadora. O sea, alguien que pelea por lo que cree. En ese sentido, puede resultar una presencia incómoda, sobre todo para quienes prefieren que ninguna pregunta sea añadida; ni ninguna respuesta, cambiada. Acostumbrada a dar la contra a varios de los ‘ismos’ imperantes, Cristina me recibe en su oficina para hablar, precisamente, de esa tarea que lleva adelante con energía incombustible.

¿Por qué es necesario dar la contra?

Pienso si es dar la contra o tener una disposición crítica siempre. Que también significa suscitar perplejidad, estar en un estado de vigilancia de lo que significa el poder, la política. Y a partir de ahí, si articulas algo o si haces cosas que te ponen en estado de vigilancia y que quieren suscitar preguntas, sí se necesita una posición crítica, para no conformarte con las fórmulas que están circulando en la política siempre.

Sería algo así como revivir al personaje del inconformista, que estuvo muy presente en los círculos intelectuales de buena parte del siglo XX, ¿no?

Claro, es no estar conforme justamente. No queremos estar conformes ni con las fórmulas de la política ni con el confort de lo que el mercado te dice que es la verdad o con el estado de las cosas. Estás siempre un poquito afuera del estado de las cosas, alerta.

¿Cuál dirías que es el motor de estos inconformistas: la valentía, la persistencia o la agudeza?

Las tres, yo creo. ¡Ojalá! Porque necesitas un poco de todo eso para remover un poquito las fórmulas con las que vivimos. Vivimos en fórmulas, el lenguaje se petrifica a veces, y sacarlo de esa estabilidad es ­interesante, es darte a esa ­tarea de pensar.

Los catalogados, o autocatalogados, como intelectuales, ¿serían los contreras del mundo de las ideas?

Sí, ¿no? Normalmente yo no me conformo con lo que me dicen. Si me dicen que la Tierra es plana, por lo menos voy a tener una disposición crítica, ¿verdad? Y también algo que es muy bonito, que dice (Jean-Luc) Nancy es esto de estar ‘in-quietos’, que él pone con un guion en el medio; es decir, no quedarnos quietas respecto de las ideas y respecto de lo que nos dicen que es verdad.

E incluso con lo que uno mismo piensa, ¿no? Porque tal vez es fácil dar la contra a lo que te dicen, pero no es tan fácil cuestionarse a uno mismo, en sus convicciones. ¿Qué piensas de esto?

Claro; no es fácil comprobar que estamos equivocadas, por ejemplo. Pero creo que esa es una modulación permanente de lo que hacemos. Quisiera pensar que siempre estoy tratando de modular mis propios errores. La grieta, la duda, la incertidumbre son las que te hacen pensar, también respecto de ti misma, ¿no es cierto?

Porque estar convencido a veces es peligroso, ¿o no?

(Risas) Es superpeligroso. Si no dudas, me parece que no estás pensando. Creo que la duda y el error son dos de las cosas más productivas que tenemos para pensar.

¿Crees que se puede vivir dando la contra o inconforme todo el tiempo? ¿O crees que también hay que dar y aceptar treguas en algún momento?

Hay una frase bien bonita de (Edward W.) Said, que es un autor que me gusta mucho, que dice: ‘Siempre la persona que se está dando a la tarea intelectual, que cumple la función de intelectual, está en una cuerda floja entre la soledad y el alineamiento. Hay momentos en que sientes soledad, cuando estás practicando la inconformidad, si quieres, y momentos en que estás encontrando quizás consensos temporales’.

¿Qué es lo mejor de dar la contra?

Suscitar preguntas, eso es muy bonito. Ver que alguien tiene una pregunta a partir de algo; ver que la escucha produce preguntas, que la escucha abierta produce inquietudes, perplejidad. En clases es muy bonito ver eso también, a partir de algo que tú dices y no quedarte en lo mismo sino ver que eres capaz de suscitar una pregunta.

O cuando un estudiante o un colega te lleva la contraria y te plantea algo totalmente distinto y te descoloca, es interesante, ¿no?

Sí, porque las personas inconformes, o como tú dices, las que llevamos la contra, no queremos fabricar consensos; no es nuestro papel. Sino más bien hacer del disenso algo productivo; por eso, más bien cuando los estudiantes o los colegas vienen y te dicen cosas y se dan estos disensos me parece productivo, siempre que la escucha sea atenta y el disenso sea horizontal. Porque otra cosa es imponer jerarquías o visiones hegemónicas.

¿Y qué es lo peor de dar la contra?

Renunciar al argumento. Y eso pasa todo el tiempo. Ahora que todo el mundo habla de posverdad es muy fácil ver que emociones muy inmediatas o lugares comunes se disfrazan de argumento. Todo eso pasa cuando estás pensando a través de prejuicios; inmovilizas tus verdades en función de tus privilegios.

También es natural, incluso por supervivencia y quizá tiene que ver algo con la biología, que busquemos el confort, en ­todos los sentidos, no solo físico.

Claro. Pero para mí la comodidad es estar en la inquietud justamente. Si no, dejamos de pensar. Paradójicamente creo que el lugar de la inquietud es mucho más confortable que el lugar del argumento muerto, ¿no? Me da un poco de miedo dejar de pensar, de cuestionarme, de ser inventiva en mi trabajo.

¿Crees que ‘contreras’ se nace o se hace?

Te haces, ¿no? Como en todo.

¿No crees que hay temperamentos que están más dispuestos a esa forma de pensar?

No sé. Quizás, ¿no? Quizás tú también te vas haciendo o vas modulando tu temperamento, el que tengas. Porque hay ‘contreras’ o gente que da la contra más encendida, más apasionada, y otra es muy serena y sin embargo está siempre en esa disposición. Entonces, creo más bien que no depende del temperamento sino de la modulación que tú le des a tu temperamento para ponerte en ese lugar de la crítica permanente en el sentido positivo.

¿Qué crees que le va mejor a una actitud contreras: la bronca, el humor, el cinismo?

Todo, ¿no? O sea, la risa es una forma de la crítica bellísima y la bronca también es necesaria, sobre todo en tiempos de corrección política, donde ya no nos peleamos y no nos tocamos. La confrontación a mí me gusta mucho.

En tu experiencia, ¿qué surte más efecto en una situación de confrontación: el humor o la bronca?

La bronca no suele funcionar. Pero yo creo que la confrontación franca funciona, debería funcionar. Mi experiencia es que en las confrontaciones más fuertes que tenemos siempre, en estos últimos años, y que son las más francas, se dan dentro del movimiento de mujeres. Mujeres muy fuertes, muy duras, con posiciones muy claras, y no siempre estamos de acuerdo. Para mí ese es un aprendizaje sin par. Igual, la vocación pedagógica hace que aprendas a modular la bronca; digamos, a aprovechar el disenso, las emociones, la rabia, la indignación, la frustración.

¿Por qué llegamos al punto en el que ser feminista es ser contreras?

Vivimos en un clima con tan pocos argumentos y con los privilegios tan asegurados que muchas personas no quieren renunciar ni a sus privilegios ni a sus prejuicios, porque eso les obligaría a pensar. Y yo creo que si algo hace el feminismo es hacerte pensar, te incomoda un montón, porque tienes que pensar en tus propias circunstancias, en tu propio cuerpo, en tus propios esquemas de afecto y creo que por eso hay tanta resistencia.

¿Cómo llamarías a quienes dan la contra a los contreras?

(Se ríe) No sé… Porque luego me van a decir: “¡Solo tú tienes la razón! ¿Cierto?”. No sé: obcecados, reaccionarios. Los que no quieren moverse, los que no quieren nuevas preguntas.

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