8 de enero de 2017 19:40

La crisis de representación en la política

Sirios votan para elegir al Consejo de Administración de Damasco, en 2011.

Sirios votan para elegir al Consejo de Administración de Damasco, en 2011. Foto: Archivo

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Jaime Durán Barba
y Santiago Nieto (O)
Directores de Informe Confidencial
y profesores de George Washington University

En la visión tradicional de la política, el candidato era quien ganaba las elecciones a otros candidatos. El foco estaba en lo que hacían los políticos, los dirigentes, los periodistas, el sujeto de la comunicación era el círculo rojo.

Los avances en la psicología y otras ciencias permiten conocer otros elementos. Cuando un candidato pronuncia un discurso analiza los textos que pronuncia, y es bueno que lo haga. A los consultores nos interesa más lo que entenderán los electores, que tienen sus propios códigos de comunicación. Si alguien escucha un discurso, solamente el 20% de la información que recibe es denotativa, tiene que ver con el contenido del discurso. Cuatro quintas partes vienen de la forma y el contexto en que se pronuncia.

Cuando se comunica un mensaje, los ciudadanos no analizan racionalmente las palabras sino que “sienten” los significados. En la conducta, la esfera afectiva es más importante que la lógico-verbal. Las palabras y los razonamientos tienen menos fuerza que las imágenes para movernos a hacer algo. Cuando sentimos que debemos votar por alguien, no cambiamos de actitud porque alguien nos demuestra algo. Los primates no desarrollamos nuestro cerebro para descubrir la verdad, sino para sobrevivir. Siempre hemos hecho simplemente lo que sentíamos que debíamos hacer.

Algunos políticos tradicionales conservan un concepto arcaico del liderazgo y creen que lo saben todo. Esto en realidad tiene que ver con la ignorancia: lo que no saben es que todo es más complejo de lo que parece, que en la última década se desarrollaron todas las ciencias y cada día está más claro que nadie puede saber todo. La omnisciencia les lleva a una visión vertical de la vida. Creen que la gente común es ignorante y que busca líderes infalibles. Esto tal vez tuvo vigencia hasta hace unos 20 años, pero ahora no tiene sentido.

La comunicación política era vertical. El líder conducía multitudes que le obedecían. El candidato pronunciaba discursos, los periódicos los publicaban, las radios los leían y la gente conversaba sobre lo que oía. Los dirigentes de los partidos mantenían discusiones, aprobaban manifiestos, programas de gobierno, movilizaban a dirigentes provinciales y locales para que hagan la campaña y la mayoría aceptaba su papel de espectador.

Con los medios electrónicos la comunicación política se volvió horizontal. El mensaje procede de multitudes de ciudadanos y se dirige a todos los demás. Millones de emisores independientes se conectan por diversos medios y crean redes dinámicas de interacciones, en donde se construye y reconstruye permanentemente el discurso político, mezclado con todo tipo de mensajes. El problema central de la comunicación política contemporánea es entender la dinámica de este fenómeno y comunicar su mensaje de forma que interese a la gente.

La gente es pragmática, quiere mejorar sus condiciones de vida y las de su familia, no se interesa en teorías. Algunos sienten una añoranza romántica por un mundo que nunca existió, en el que los electores vivían de ideas, luchaban por principios y no defendían intereses. Dicen que con la posmodernidad los ciudadanos se transformaron en personas burdas, sin inquietudes intelectuales, movidas solamente por un pragmatismo mediocre. Todo eso es falso. En la vieja política había también intereses, solo que eran más primarios porque la gente estaba menos informada.

La confianza en el candidato es el elemento más importante en la campaña, pero la confianza no se puede demostrar. No se confía en alguien por argumentos racionales. Nadie dice “pienso que confío en alguien”, sino “siento que confío en alguien”. Normalmente la confianza nace por la información que el cerebro recoge sobre la otra persona en un proceso inconsciente. En principio, la gente confía más en quien siente más cercano, en quien más se le parece. Por eso ahora, cuando otros elementos de identidad política se licuaron, son más importantes la cercanía y la confianza.

Nuestros antepasados fueron primates agresivos que vivían en grupos. En la manada, el poder nacía del enfrentamiento físico entre machos. La violencia y el machismo estuvieron presentes en la disputa por el poder, desde ese entonces hasta hace pocos años. La política era un enfrentamiento entre líderes que parecían representar ideologías o ideales trascendentes. Actualmente la gente común no quiere asistir a discusiones personalistas. Pretende que la nueva agenda política privilegie sus problemas concretos sobre las teorías y las disputas de egos. La mayoría de los políticos, sin embargo, sigue creyendo que su discurso, mientras más negativo, es más eficiente. La investigación empírica realizada en varios países dice que esto no es así, que la nueva política pasa por dejar de lado el culto a la personalidad.

En definitiva, parecería que Occidente transita de una política de confrontación entre seres que se creen excepcionales, a otra, en la que la gente quiere mandatarios que solucionen sus problemas. Se dio una revolución copernicana. Los procesos electorales no giran en torno al gran orador, sino que los líderes son quienes deben girar en torno a las necesidades y los sueños de ciudadanos comunes.

Los votantes no son de nadie. Hay una crisis de representación: los electores no obedecen a la Iglesia, a los sindicatos, a los partidos, a sus padres, a sus maestros. El nuevo elector no obedece a nadie, quiere decidir su voto por sí mismo, rodeado de aquellos que le son más cercanos.

Finalmente, algunos creen que los ciudadanos solo piensan en política, viven para la política y que todo lo que hacen tiene alguna intencionalidad en la lucha por el poder. La verdad es la gente hace otras cosas, tiene sus propios intereses y busca la felicidad a su manera. Cerca de un 70% de los electores dice que se interesa poco o nada en la política. Solo discuten sobre política ocasionalmente y no tienen interés en estudiar sus temas. Sin embargo, con poca o mucha información todos votan el día de las elecciones y mientras menos informados son, están indecisos, no tienen posiciones rígidas y son finalmente los que resuelven quién será el próximo Presidente.

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