1 de marzo del 2016 00:00

La crisis alarga más la espera por un trabajo

En la avenida Amazonas y el Inca, diariamente más de 30 personas se reúnen a la espera de clientes. Foto: Evelyn Jácome / EL COMERCIO

En la avenida Amazonas y el Inca, diariamente más de 30 personas se reúnen a la espera de clientes. Foto: Evelyn Jácome / EL COMERCIO

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Evelyn Jácome
Redactora (I) 
najcome@elcomercio.com

El desempleo los obligó a convertir las veredas en su oficina. Cientos de personas se instalan en alguna esquina o redondel de Quito, cada mañana, con la esperanza de que alguien aparezca y los contrate.

Como adheridos al paisaje, se agrupan en diferentes lugares. En la entrada de Carapungo y en el puente de Chillogallo, en la esquina de la av. El Inca y la Amazonas, en la Granados y 6 de Diciembre, junto al mercado de Cotocollao, en El Triángulo, en Santa Clara, en la vía a Alóag y en el redondel de La Victoria, en el Centro.

Este es su espacio desde hace más de 40 años. Frente a la iglesia de El Carmelo (Amazonas y El Inca) se dedican a ofrecer servicios de estibadores, carga y descarga de productos y mudanzas. Aseguran que las restricciones a las importaciones y la salida del aeropuerto los afectó, pero también la llegada de mano de obra de Colombia, Cuba y Haití.

La razón para Antonio Revelo es simple: los extranjeros cobran la mitad del precio por realizar el mismo trabajo.

Por cargar la mercadería de un contenedor cobran USD 250, lo que requiere de unas cinco personas y demora alrededor de hora y media. Los extranjeros cobran USD 150.

Hoy los contratos escasean. En lo que va del mes, Revelo ha realizado solo dos salidas. El resto de días, desde hace cuatro meses, son muertos.

Permanecen allí seis, ocho y hasta 10 horas a la espera de clientes que necesiten de su oficio; sin teléfono y sin baño, sin sillas y sin sombra. Ven pasar autos, rostros, el día entero, a la espera de algún interesado que en los últimos meses llega solo esporádicamente.

La falta de clientes obliga a los trabajadores a quemar el tiempo con la baraja. Son las 09:00, y alrededor de cincuenta personas sentadas en la vereda conversan con desgano.

Es la tercera vez que Julián Quintero, de 44 años, mira su reloj. Espera desde las 06:30 y aún no han llegado clientes. De nada le sirve la experiencia de 10 años en seguridad como guardia. Estar desempleado y mantener a cuatro hijos lo impulsan a pararse en esa esquina todos los días y esperar.

Estos hombres no pertenecen a ninguna asociación. Son solo amigos, gente que llegó de Chimborazo, de Esmeraldas (como Quintero, que sigue mirando el reloj), de Imbabura...
y se unieron.

Llega un auto, todos se ponen de pie y lo rodean. “¿Qué necesita, jefe?”, “yo le cobro buen precio”, “yo le ayudo, ingeniero”, dicen, casi gritan. Se lleva solo a dos de ellos, los más altos y fuertes.

No pagan ningún valor por ocupar ese espacio público, pero permanecer allí les acarrea gastos. Reyes, por ejemplo, se alimenta a diario con un mote que cuesta USD 1 y el almuerzo vale USD 2,25. Sumando pasajes y entrecomidas gasta cerca de USD 5 al día.

En lo que va del mes no ha logrado conseguir una sola obra. Hace 10 años se reunía casi un centenar de obreros y el trabajo abundaba. Él pescaba tres obras al día.

La mayoría de personas que se ubican en esta zona tiene
más de 40 años. Luis Reyes, de 57, también espera pacientemente a que llegue otro cliente, que lo vea y lo elija, pese a su corta estatura y su edad.

Reyes dice haber visto ir y venir compañeros; morir a los más viejos, emigrar a España a otros. No han llegado nuevos trabajadores. Los hombres cuentan que hubo gente que quiso ubicarse en la esquina para conseguir trabajo, y explican que los extraños no son bienvenidos por una razón: “Ni para nosotros hay”.

El urbanista Hernán Orbea explica que el fenómeno ­ocurre porque el mejor sitio para conseguir un trabajo es donde el aspirante es visto, un lugar que sirva de vitrina. Son espacios de concentración como paradas de buses. En Quito, esos lugares aparecieron, poco a poco, desde la década de los 80.

En la esquina de las calles Ambato e Imbabura la realidad es similar. Cerca de 30 plomeros y albañiles recorren las veredas con maletas y herramientas al hombro.

Los lunes y martes llegan hasta 70 obreros. Antes, en los años 80, se ubicaban en la 24 de Mayo, pero en el 2010 fueron trasladados al redondel de La Victoria. Ángel Ramírez, de 55 años, no ha conseguido una ­labor en lo que va del mes y saber que debe mantener a sus tres hijos, la primera de ellas con cáncer, hace que la espera sea interminable.

Esa dinámica evidencia que la ciudad es un gran escenario de conflictos y uno de ellos es la ocupación de territorios, como analiza Orbea.

Ellos seguirán en su ‘oficina’ improvisada, porque están en su derecho a ocupar el espacio público, siempre que no afec­ten a la movilidad o el orden, advierte Marco Ponce, concejal de la Comisión de Territorio.

Ramírez, sentado junto a la pileta y con melancolía, recuerda la época de bonanza hace 20 años, cuando las tuberías de hierro en las casas del centro debieron ser cambiadas por plástico. Pero eso terminó, y la situación se agravó a finales del año pasado. De 10 personas solo una conseguía una obra en la semana.

En la Granados la situación es mejor. Allí se reúnen personas que se dedican a la albañilería, plomería y pintura. Luis Chango, de 43 años; Ángel Mola, de 49, y Juan Pinto, de 53, se ubican todos los días allí. Chango consigue a la semana una o dos salidas. Antes, tenía hasta siete obras al día.

Admite que a veces la Policía Metropolitana molesta, pero se niega a renunciar a su derecho a salir en busca de trabajo. Sabe que mercadería que no se anuncia, no se vende.

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