4 de December de 2009 00:00

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María Cárdenas R.

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Escribo con la mente en blanco, alejada de las fiestas de la ciudad que tanto gusto como disgusto causan y, de las cuales este año me alejo decidida. El tráfico está imposible, desorden incrementado por los cortes de luz y poca efectividad de la Policía. El ruido insoportable, bandas y conciertos, peligrosas pero folclóricas chivas. La afición taurina en su elemento disfrutando minuto a minuto el festejo preferido, los olés, el eco de los triunfos de toreros nacionales y extranjeros. Antitaurinos enfurecidos. Las avenidas elegantes, flamean banderas y coloridas festejan los cientos de actos a lo largo y a lo ancho de la urbe. Todos contrastes a ser tolerados, mientras unos escapan y, otros sin saberlo, viven la fiesta de nuestra identidad.

Miro, al ritmo del tránsito vehicular, la ciudad querida, donde nací y a la que orgullosa sirviendo desde mis actividades privadas. Me declaro su amante enamorada. Edificios modernos, invitadores, otros, copias de arquitecturas incrustadas que no respetan la identidad, algunos simplemente feos. Barrios espectaculares, como La Mariscal y la Floresta, desordenados, incontrolables y sin control municipal construyen otra identidad, mientras pierden la clásica.

Barrios periféricos que son muestrarios de cemento y mal gusto por su nula arquitectura, diseñados por el modelo mundial de la necesidad de construir lo que reciben en envíos de familiares desde el extranjero. Polvorientos, sin parques ni planificación, contraste de los pueblos, hoy ciudad, que orgullosos han sido renovados. Ante todo, llenos de vida importada de otras regiones del país.

Es verdad, junto al centro colonial, la ciudad moderna pierde sus propiedades, se confunde con cualquiera en el mundo. Los barrios dormitorio al sur y al norte, por qué negarlo, son feos, festejan el cemento y demuestran falta de arte. La pérdida de cientos de casas memorables cambiadas por cuadrados para ser habitados por muchos, humanos uno encima de otro, mientras la ciudad en realidad parece intentar tocar el cielo. Entre fea y bonita, todos podrán discutir, pero me niego a aceptar que no es el reflejo de cada uno de nosotros, de las influencias mundiales, del paso del tiempo, de nuestra  unicidad y por lo tanto llena de identidad.

Entiendo que, incluso autoridades, la puedan llamar  ciudad sin identidad, pero me niego a hacerlo. Una identidad que evoluciona porque es ciudad viva, pero es nuestra y  refleja nuestra identidad. Identidad que se basa en contrastes históricos, sociales, políticos y económicos, que nos han cambiado como sociedad. Quito seguirá siendo la maravillosa urbe productora de libertad, receptora de micro identidades sociales, fuente de cultura y gastronomía. Urbe de evolución y revolución, unión de contrastes que como resultado brindan identidad: Quito, la única.

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