6 de April de 2011 00:00

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No hay duda que vientos de intolerancia soplan por Latinoamérica, con una corriente que con su avenimiento al poder busca convertir a la prensa en su mayor enemiga. Los ataques son innumerables: cierres de canales de televisión o no renovación de las frecuencias, intenciones de controlar empresas que proporcionan materia prima como el papel, formación de procesos administrativos por nimiedades que no ameritan ni ser tomadas en cuenta, retiro de la propaganda oficial de los medios que no son adeptos de las políticas de los distintos regímenes, cercos u hostigamientos en las instalaciones de los medios de parte de los adherentes a los gobiernos, juicios, demandas, escraches contra los que hacen opinión; en fin, innumerables mecanismos que tienden a un único objetivo: doblegar al periodismo crítico e imponer un solo punto de vista a la sociedad. No se han ahorrado adjetivaciones ni insultos. Lo grave es que estos ataques provienen de regímenes que se califican de demócratas, pero que en la práctica desdicen lo que eran sus postulados o los principios que juraban defender antes de alcanzar el poder.

Estos grupos instalados en gobiernos de América Latina llegaron al poder precisamente por el apoyo que encontraron a sus tesis en los medios, que a su momento fueron sus aliados o, los periodistas ahora vilipendiados, sus simpatizantes. Pero todo cambió cuando arribaron al control del estado. En ese momento han buscado eliminar la disidencia, la crítica, han renegado que en los medios aparezcan opiniones de sus opositores, como que con su llegada al poder el fin de la historia se materializa.

Para sustentar sus dichos reclaman que casi no hay programas o columnas de opinión de personas afines con estos regímenes. Mencionan que habiendo respaldo popular a esos gobiernos, esa composición debería reflejarse en los programas de críticas o en los espacios de la prensa escrita. Lo que no dicen es que la gran mayoría de quienes desde espacios de opinión han sido sus aliados hoy forman parte de sus gobiernos, en cargos ministeriales o en el servicio exterior. Ese sector militante y comprometido de la prensa ha sido coherente: ahora engrosan las filas de los gobiernos y les son funcionales.

Ese hecho no significa que los que no tienen otro punto de vista que reflejar sino lo que les dicta su conciencia, estén ligados con otros intereses, peor aún, de orden político.

Tampoco los diarios pueden cerrar las puertas a personajes que anteriormente han trabajado en otros gobiernos. ¿Por qué se les tendría que negar la posibilidad de expresar sus opiniones?

Fernando Enrique Cardoso, Sergio Ramírez, Julio María Sanguinetti, Fidel Castro, ya no deberían opinar. Estas actitudes no se compadecen con un verdadero sistema de libertades, el que hay que defenderlo con la única herramienta válida: la palabra.

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