4 de May de 2011 00:00

Conocí a Juan Pablo

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No hay personaje más importante que haya visitado el Ecuador como el Papa Juan Pablo II: por su jerarquía máxima de jefe de los católicos de todo el mundo; por la irradiante evidencia de su carisma y por las profundas huellas que dejara a lo largo de su trayectoria.

De ahí que cuando se anunciara oficialmente la decisión pontificia de incluir a nuestro país dentro de su próxima gira, comenzar de manera febril los preparativos del caso poco después de iniciado el gobierno del ingeniero León Febres Cordero, para el magno acontecimiento que, al mismo tiempo, implicaba máxima responsabilidad de todo el Régimen.

Por iniciativa del canciller de entonces, el doctor Édgar Terán – y la colaboración y auspicio de los personeros de la Corporación Financiera Nacional, Eduardo Villaquirán y Teodoro Arízaga Vega –se editó un libro bajo el título de ‘Teología de la bendición’, dedicado a “dejar grabados, junto con fragmentos lúcidos de la sabiduría del Pontífice, imágenes que ilustran la comunión producida entre Juan Pablo II y el pueblo ecuatoriano”, durante los cuatro días de la visita, es decir, desde el 29 de enero hasta el 1 de febrero de 1985.

Con notable poder de síntesis, el canciller Terán escribió en la presentación: “La paz, valor sin fronteras; una comunidad internacional más unida, que no es precisamente un sueño; la lucha contra la injusticia a base de verdad y no de violencia; el llamado para que los jóvenes sean los mejores y no se contenten con la mediocridad. Esas fueron las enseñanzas vertebrales”. En las imágenes del volumen constan las respuestas: miradas, gestos, sonrisas, lágrimas; manos que se extienden; brazos que estrechan; labios que cantan, ojos que brillan de fe”. Son las pruebas de que nada será como antes; de que el Papa con su alegría, su bondad, su don de comunicación, dejó prendida en la fertilidad de una tierra abierta a la esperanza, la sabiduría del verdadero amor”.

Personalmente fueron experiencias muy estremecedoras, las ocasiones de saludar al Papa, que tuve no obstante la brevedad de ellas: cuando la recepción del gabinete ampliado -yo me desempeñaba entonces como Secretario de Información-; el evento realizado en la iglesia de La Compañía donde Juan Pablo se reunió con intelectuales y obsequió una medalla conmemorativa; la inauguración de los estudios de la Radio Católica, en el antiguo edificio de la Nunciatura y el encuentro del Pontífice con los indígenas, cerca de Latacunga.

Ahora, beatificado ya, me ha rondado muchas veces la memoria, ese pensamiento de Toynbee -“La civilización puesta a prueba”- : “este mundo es una parcela del Reino de Dios, talvez no la más importante, pero parcela al fin”, y he creído que el nuevo beato labró esa parcela incansable, valeros, definida y amorosamente a lo largo de toda la existencia terrenal del Pontífice.

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