1 de julio de 2015 17:15

Así conmovió Juan Pablo II a las monjas del claustro El Carmen Alto

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Betty Beltrán

Fue un encuentro inolvidable y los recuerdos aún están frescos entre las monjas de clausura que, el 30 de enero de 1985, se reunieron con el papa Juan Pablo II en la Basílica del Voto Nacional.

Aquella reunión fue multitudinaria, recuerdan las religiosas más antiguas del convento El Carmen Alto. Y dicen que -en la Basílica- “habían monjas de todas las órdenes religiosas del país, llevaban hábitos de todos los modelos y de todos los colores”.

María Elena del Corazón de Jesús, a sus 82 años de edad y 60 entregados a la vida de convento, recuerda que el Papa las invitó a consolar el corazón de Cristo, en esa ocasión.

Antes de la reunión, las monjas se habían propuesto repasar el himno compuesto para el Papa: Ecuador, Ecuador, abre las puertas al Redentor... La idea era recibir a Juan Pablo II cantando. Pero cuando ingresó a la Basílica no se cantó nada, alguien medio susurraba el tema, todas gritaban: Santidad, Santo Padre, Bienvenido, Bendíganos…

En medio de esas llamadas insistentes de las monjas, el Papa seguía caminando hacia el presbiterio. En ese sitio ya lo esperaban obispos y cardenales.

Solo cuando el Santo Padre hizo el ademán de hablar, cesaron los gritos y se hizo el silencio. En ese momento se escuchó la voz del Papa: "Las monjas han herido al Papa".

Las monjas no entendían esas palabras, pues nadie -confiesa- le pudo ni siquiera tocar. "Todas se quedaron frías". Y volvió a repetir: "Las monjas han herido al Papa". Algunas religiosas empezaron a llorar. Una tercera vez: "Las monjas han herido el corazón del Papa".

Treinta años después de aquella escena, María Elena del Corazón de Jesús todavía se estremece y siente deseos de llorar. Esa misma anécdota la recuerdan otras dos religiosas de El Carmen Alto: Verónica de la Santa Faz y Beatriz del Niño Jesús (ver video).

Aquella reunión con las religiosas del Ecuador duró unos 45 minutos. En ese tiempo las invitó a la santidad, les comprometió a orar por el mundo, a consolar el corazón de Cristo.

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